martes, junio 18, 2024
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Curso de estudio de los fundamentos de la sabiduría de la Cabalá

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Dime con Quién Andas y Te Diré Quién Eres

Los músicos callejeros, que ofrecen su mercancía musical a todo el que le interese, son un espectáculo común. Por lo general, no les prestamos atención. Raramente tiramos una moneda dentro de sus cajas como muestra de agradecimiento.

Así sucedió también en una estación de metro de Washington en una mañana de enero de 2007, cuando un joven, con una gorra de visera, se paró en la entrada de la estación y se puso a tocar el violín. Miles de personas pasaron frente a él, apurados hacia sus trabajos.

La mayoría ni siquiera le prestó atención. Muy pocos se detuvieron por un momento para escuchar atentamente los sonidos. Algunos de ellos, pusieron la mano en el bolsillo y arrojaron una moneda en el estuche abierto del violín.

Ninguna de las miles de personas que pasaron por la estación de trenes sabía que el joven que tocaba el violín era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo. Sus ingresos anuales por tocar este instrumento alcanzan varias decenas de millones de dólares.

El violín que sostenía en sus manos está cotizado en tres millones y medio de dólares. Unos días antes del “concierto” que dio en la estación del metro, se concentró gran cantidad de público en una de las salas más prestigiosas de la ciudad para escuchar a Bell. Durante el concierto, el público se puso varias veces de pie para aplaudirle largamente.

La actitud hacia Bell en la estación del metro fue totalmente diferente. Durante la hora en que Bell tocó en el metro, arrojaron en el estuche del violín 32 dólares y varios centavos. Nadie lo alentó, a pesar de que las obras ejecutadas eran las más complejas para violín.

El espectáculo de Joshua Bell en el metro, fue parte de un experimento encabezado por uno de los redactores del “Washington Post”, para demostrar hasta qué punto influye la opinión pública en nuestra actitud referente al arte prestigioso. La respuesta es clara: la influencia de la opinión pública es decisiva.

La presentación de Bell en la estación del metro, es un magnífico ejemplo para el tema que tocaremos en esta parte de la lección: la influencia del entorno sobre la persona, en relación al libre albedrío.

En la parte anterior de la lección, aprendimos que la persona es el resultado de los atributos con los que nació y del entorno en el que creció y se educó. También aprendimos, que el deseo de recibir es semejante a un programa interno, que dirige a la persona de acuerdo a un cálculo simple: máximo placer con mínimo esfuerzo.

Uno no puede elegir sus atributos; no puede elegir el entorno en el que nació; por supuesto que no puede elegir ser manejado por el deseo de recibir, el cual siempre preferirá el máximo de placer con el mínimo esfuerzo. No podemos elegir nada de eso, pero al menos, podemos decidir qué es placentero para nosotros, qué es bueno y qué es malo ¿Es ese nuestro libre albedrío?

Para recibir una respuesta, recordaremos nuevamente cómo se desarrolla un niño. Los padres lo ponen sobre el vientre para que desarrolle el tono muscular. Luego le colocan enfrente distintos juguetes para inducirlo a gatear.

Cuando se para, ellos aplauden con entusiasmo para animarlo. Los padres, todo el tiempo utilizan diferentes medios para desarrollar al niño. Sin ellos, y sin los estímulos ambientales, el niño no desarrollaría su potencial.

Los padres son quienes deciden por el niño qué es bueno y qué es malo para él. Ciertamente, el niño se esfuerza por sí mismo para gatear y él solo aprende a pararse, pero sin la intervención del entorno, sin su aliento y apoyo, no se desarrollaría adecuadamente.

¿Y cómo se desarrolla un adulto? ¿Cómo determina los valores del bien y el mal? Exactamente de la misma manera, por medio del entorno. Si el entorno considera que algo es bueno, nosotros también lo consideraremos bueno.

Y si el entorno no aprecia algo como bueno (aunque sea realmente el mismo objeto) tampoco lo haremos nosotros. Una prueba decisiva de esto, (una de muchas) es la actitud de la mayoría en la estación de metro, respecto a los acordes del violín de Joshua Bell.

Baal HaSulam explica, que la sociedad humana es para el individuo como la tierra para la semilla de trigo.

Así como la semilla contiene en su interior todas las cualidades posibles del vegetal, y la tierra que la nutre es la que determina cómo crecerá, así, la carga genética del individuo contiene todos los atributos e inclinaciones de la persona, y la sociedad, o más precisamente, la escala de valores de la sociedad, es quien determina cómo desarrollará sus atributos.

Por ejemplo, un individuo con tendencia a pintar, que nace en una sociedad que no aprecia a los pintores, probablemente no será pintor. La persona desarrolla sus inclinaciones de acuerdo a los valores del bien y el mal en la sociedad.

Siendo así, uno tampoco tiene elección en la determinación de los valores del bien y el mal. El entorno humano en el que vive el individuo es el que determina los valores del bien y del mal (ver Gráfico Nº 2). Baal HaSulam describe esto muy bien en el artículo “La Libertad”: “Yo me siento, me visto, camino, como, todo eso – no porque quiero sentarme así, y quiero vestirme de ese modo, o hablar o comer así, sino porque los demás quieren que me siente o me vista o hable o coma de ese modo.

Todo esto lo hago de acuerdo al deseo y gusto de la sociedad y no por mi libre albedrío. Es más, todo esto lo hago en contra de mi voluntad, porque me resulta más cómodo comportarme con simpleza, sin ninguna carga, pero estoy oprimido en todos mis movimientos y encadenado con grilletes de hierro, a los gustos y modales de los demás, que son la sociedad”.

Nuevas investigaciones revelan que la influencia de la sociedad sobre la persona es mucho mayor de lo que suponemos. En el libro “Conectados”, los profesores Nicholas Christakis y James Fowler, investigadores expertos de las universidades de Harvard y California, describen que existe un sistema de comunicación íntimo y extenso entre todas las personas del mundo.

Sistema que nos obliga, sin nuestro conocimiento, a comportarnos, pensar y actuar de una manera determinada.

Ambos científicos, investigaron, entre otras cosas, fenómenos relacionados con la salud y el comportamiento en las redes de comunicaciones sociales, y descubrieron, que la probabilidad de que una persona gane peso es mayor, si su amigo cercano lo hace.

Los investigadores hallaron, que la decisión de comenzar a fumar que tomó el amigo de un amigo de un amigo, es decir una persona absolutamente desconocida, aumenta por encima de un diez por ciento la posibilidad de que comencemos a fumar. Otra prueba, demostró que también la felicidad es contagiosa: cuando una persona se halla entre personas felices – sube su nivel de felicidad.

De allí, los investigadores continuaron examinando redes mayores, compuestas por millones de personas, y llegaron a una conclusión tomada del mundo animal: la humanidad, como red social, se comporta como un súper organismo, como una criatura que crece y se desarrolla, en donde diversos y distintos contenidos fluyen en su interior e influyen sobre todos los miembros de la red. Parece ser que nuestro entorno tiene una influencia decisiva sobre nuestra evolución y nuestra toma de decisiones.

Conclusión: Pareciera, que en nuestro mundo la persona no tiene elección. No elegimos los atributos con los que nacemos; ni el entorno en el que nacemos y nos educamos; no elegimos el deseo de recibir, que nos dirige internamente de acuerdo al cálculo de máximo placer con el mínimo esfuerzo (ver Gráfico Nº 2). Y si eso no fuera suficiente, tampoco elegimos los valores de lo bueno y lo malo. El entorno lo hace por nosotros.

Gráfico N° 2
Gráfico N° 2

Ironía del Destino

Antes de explicar en detalle en dónde sí hallamos el libre albedrío, aclararemos otro tema importante, concerniente a la libertad de elección en nuestro mundo la cuestión del destino.
La sensación de que todos los acontecimientos en nuestras vidas son predeterminados, acompaña a la humanidad probablemente desde los albores de la historia.

La cuestión del destino, ocupó a filósofos, pensadores y religiosos, a la ciencia y la cultura en todas las generaciones, y mucho se escribió sobre ello. Hay quienes argumentaron que el destino de cada persona está predeterminado y no puede cambiarse, y hay quienes infirieron, que le fue dada a la persona la posibilidad de determinar su destino, al menos en algunos puntos de elección.

¿Qué opina al respecto la sabiduría de la Cabalá? En grandes rasgos, siete palabras: “Todo está predeterminado y el permiso concedido”. Es cierto que, para la mayoría de nosotros, esta expresión de Rabí Akiva enfatiza la contradicción entre la predestinación y el libre albedrío, pero según lo explica la sabiduría de la Cabalá, las palabras de Rabí Akiva, colosal cabalista por sí mismo, describen exactamente la combinación correcta entre ellos.

Para comprender sobre qué estamos hablando, primero explicaremos cuál es el significado cabalístico de las palabras “Todo está predestinado” y luego, aclararemos cuál es el propósito de Rabí Akiva al decir “el permiso concedido”.

Según la sabiduría de la Cabalá, la creación completa, y en ella se incluye también nuestro mundo, está incluida en un solo pensamiento que generó la creación– el plan de beneficiar a sus creados. Cada criatura, pensamiento o acontecimiento, que sucedió, sucede o sucederá en nuestro mundo o en los mundos espirituales – todos, se desprenden y provienen del Plan de la Creación, como parte de la realización del programa.

Cada etapa del desprendimiento del deseo, desde el Plan de la Creación hasta nuestro mundo, es conocida de antemano. Todas las etapas de la evolución del deseo en nuestro mundo a lo largo de miles de millones de años, están predeterminadas, como así también, todas las etapas del ascenso de abajo hacia arriba, en la corrección de la intención hasta el final de la corrección. Es imposible omitir alguna de ellas. Es evidente, que también la meta final está predeterminada y no existe otra meta (Ver Gráfico Nº 3).

gráfico N°3
gráfico N°3

FIN

Seguimos juntos en el esfuerzo…

Equipo Bnei Baruch Veracruz                                                                

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