Ante el encarecimiento de los fertilizantes químicos, de los cuales nuestro país es dependiente en alto grado del mercado exterior y, el compromiso de mitigar el efecto de degradación del suelo con vocación agrícola, surge el poder transformador mediante el método orgánico de los nódulos bacterianos, capaces de producir nitrógeno, principal nutriente de los cultivos.
En la charla con el ingeniero Francisco Javier Ugalde Acosta, coordinador de Divulgación del Inifap, destacó el antecedente de los romanos y mayas, quienes ya estaban enterados del beneficio de sembrar frijol, habas, alfalfa con impacto de mejoramiento de cosechas del año siguiente.
El suelo recuperaba su fuerza como por arte de magia
La explicación científica la dieron en 1886 los químicos Hermann Hellriegel y Hermann Wilferth al descubrir que, a diferencia de los cereales, las leguminosas sólo acumulaban nitrógeno si crecían en suelos que contenían microorganismo vivos.
Fue el microbiólogo holandés Martinus Beijerinck quien aisló por primera vez una bacteria viva desde el interior de estos bultitos que denominó como Rhizobhium – vida en la raíz –
Fertilizante artificial o urea
Más adelante, el representante del Campo Experimental Cotaxtla perteneciente al Inifap, habló en torno a la fabricación del fertilizante artificial, conocido también como urea, mismo que genera huella grande de carbono y consume el 1 % de la energía mundial; por eso y otras razones, urge el cambio de esquema de cultivo desde el punto de vista económico y de contaminación generada.
Quienes se interesan por revertir la calidad del ambiente y garantizar la producción de alimentos orgánicos, insisten en el uso estratégico de leguminosas e inoculantes bacterianos porque permiten inyectar nitrógeno al suelo de manera 100 % biológica; lo cual no sólo abarata costo del cultivo, sino que frena la lixiviación, es decir, el lavado de nitratos hacia los mantos acuíferos y disminuye la emisión de óxido nitroso, gas de efecto invernadero 300 veces más potente y dañino que el dióxido de carbono.
Nódulos bacterianos: Dos maravillas de la naturaleza
De ese paquete transformador enunciado aquí, derivamos el imperativo de aprovechar el recurso natural, casi gratuito, para evitar el ausentismo en parcelas de pequeños agricultores de autoconsumo, surgen dos opciones de prácticas sustentables: la crotalaria juncea, la cual, a lo largo de su vida cada planta puede fijar entre 1 y 1 y medio gramos de nitrógeno, tal vez parece poco, pero en siembra de 100 mil unidades por hectárea el esfuerzo acumulado resultará importante.
De 80 a 100 kilogramos de nitrógeno por hectárea en un periodo de sólo 2 meses y con mínima inversión del productor.
Otra leguminosa aliada, la canavalia, juega una categoría superior debido al gran desarrollo de sus hojas y raíces profundas.
En siembras de entre 40 y 60 mil plantas por hectárea aporta más de 80 kilogramos de nitrógeno neto. Ahora bien, dejar esta biomasa vegetal en el suelo después de levantar cosechas equivale a la aplicación de 320 a 500 kilogramos de urea química por hectárea, también favorece mucho en momento actual por efectos del niño y niña con sequías extremas por la ventaja de sus raíces profundas.
En síntesis, el informante es un convencido y comparte su experiencia en el sentido de que la verdadera fertilidad de la tierra no se compra en la tienda de agroquímicos, sino que se cultiva en perfecta sintonía con los secretos de la naturaleza, cuyas referencias aquí se dieron.
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