A finales del siglo XX y principios del XXI, muchas tormentas tropicales o huracanes que arrasaron con las Antillas se nombraban con el nombre del santo del día en el que sucedían; un ejemplo de ello es que el huracán en Puerto Rico en 1825 fue denominado “Santa Ana”.
Fue el meteorólogo australiano Clement Wragge, a finales del siglo XIX, el primero en utilizar un nombre propio para denominar a este fenómeno meteorológico. Al parecer, comenzó a determinarlos por orden alfabético, partiendo primero por el alfabeto griego y luego el romano. Después optó por nombres mitológicos y nombres de políticos que no le agradaban, para finalmente inclinarse por nombres femeninos.
¿Quién les pone nombre a los huracanes?

La institución responsable de asignar nombres a los huracanes y tormentas tropicales en la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que tiene su sede en Ginebra, sigue un meticuloso proceso al momento de nombrar a los fenómenos meteorológicos. La OMM elabora cada año un listado de nombres con anticipación al comienzo de la temporada de ciclones.
Existen dos listas de nombres: la del Atlántico, que cuenta con 21 nombres, y la de la cuenca del Pacífico, que tiene un total de 24 nombres. En ambas listas hay nombres masculinos y femeninos; las autoridades meteorológicas asignan los nombres de acuerdo con el orden establecido en la lista.
Siguiendo una secuencia predeterminada, dichas listas se cambian cada año y cada seis años se cumple un ciclo, en donde hay una variedad de nombres en tres idiomas: español, inglés y francés. Este modelo facilita una organización precisa y adecuada a las particularidades de cada zona geográfica.
La regla se cumple con generalidad, aunque puede haber excepciones en caso de que un huracán cause pérdidas mortales y daños significativos a lo material. Cualquier país afectado puede solicitar a la OMM que retire el nombre de la lista.
Un ejemplo de esto fue en 2014, cuando México solicitó retirar los nombres “Ingrid” y “Manuel”, debido a las grandes pérdidas causadas por dichos fenómenos en 2013, siendo reemplazados por “Imelda” y “Mario”.
¿Por qué los huracanes tienen nombre?

Que a los huracanes se les asigne un nombre no es algo superficial; todo lo contrario, dado que cumple una función esencial en la gestión de riesgos durante fenómenos meteorológicos extremos. Tener un nombre permite identificar de manera eficiente cada sistema ciclónico, facilitando la emisión de alertas, la cobertura mediática y la coordinación entre autoridades, científicos y ciudadanía.
De igual manera, si se presentan varias tormentas que coinciden en tiempo y en espacio, el uso de nombres propios evita confusiones. Por ejemplo, es más fácil referirse a “Erin” en lugar de “la tercera tormenta tropical del Atlántico”. Además de que ahorra tiempo, también mejora la respuesta ante emergencias.
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