Esta es una película que tenía muchas ganas de ver, principalmente porque el guión plantea temas espinosos, de aquellos que por lo regular afectan a la sociedad y divide opiniones, entre el rudo juego de saber cuál es la verdad y cuál es la mentira, y que eso puede herir a parte del público sobre la forma en que los personajes van aceptando o dejando de lado la realidad, todo como parte de la absorbente e inquietante provocación que utiliza la hoy llamada cultura de la cancelación como escenario de una intriga con una Roberts intensa que por completo se roba la película debido a lo vivido con los personajes que interpretan Ayo Edebiri, Andrew Garfield y Michael Stuhlbarg, los dos primeros también con sobresalientes e inquietantes actuaciones, y el último con una serie de extrañezas que van dibujando ese arco de dudas, incertidumbres, afirmaciones y negaciones.

Una profesora universitaria atraviesa una crisis personal y profesional cuando una alumna destacada acusa a uno de sus colegas de conducta inapropiada. Mientras el escándalo sacude a la institución de importante renombre, un oscuro secreto de su pasado amenaza con salir a la luz, obligándola a enfrentar sus propios errores y miedos, pero hablamos de un pasado crudo y poco imaginable para el espectador. Entre lealtades divididas, presiones académicas, secretos sentimentales y dilemas éticos, deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger su reputación, su carrera y las verdades que ha intentado ocultar, puesto que en cuestión de minutos toda su vida se puede ir a la basura.

“Cacería de brujas” es una película dirigida por Luca Guadagnino y explora las fisuras emocionales y la hipocresía en la alta sociedad a través de la historia de Alma, una profesora interpretada por Julia Roberts que te deja helado desde que la trama arranca con una avalancha psicológica e intelectual que pone en duda la posición de cada personaje, cuestionando si actúan para ser mejores personas o para salvar las apariencias, en donde la confianza será el detonante de lo que se avecina como lluvia de errores o situaciones que pondrán a más de uno en tensión, puesto que podemos estar del lado de uno o de otro y eso nos hace ver si somos buenas o malas personas aunque nos duela.

Este podríamos catalogarlo como un drama ácido que enfrenta los matices de la estructura social actual sin miedo a generar controversia, en donde Guadagnino construye una obra redonda y compleja que si bien tiene sus momentos pausados, cada que llega un nuevo giro argumental, este nos toma por sorpresa pese a lo predecible que pueda resultar, pero no, se propone y logra llevarnos más allá de lo que pensamos entre esa exploración la delgada línea entre responder por nuestros actos y la hipocresía que nos rodea, además, el estilo visual y el tono de la película son innovadores, y aunque no siempre siguen una dirección clara, esto impulsa la obra a ser una amalgama de formas y filosofías en búsqueda de su estado natural, con un aire elegante y perverso que enfrenta al espectador a un conflicto interno y lo invita a reflexionar sobre la verdadera malicia que nos rodea, ya sea de parte tuya o de aquellos que están junto a ti.

Primeros planos de manos y brazos que indican recepción a la comunicación o todo lo contrario; encuentros en pasillos donde la cámara toma el rol del receptor de una conversación a dos, siendo en este punto donde los personajes de Alma (Julia Roberts) y Hank (Andrew Garfield) hablan directamente a cámara de su desesperación e incomodidad ante la situación que están viviendo, sobre la justicia reparatoria contra la venganza vicaria, y ese impacto que te llega en todo tu ser al experimentar repentinamente aquello de lo que se acusa y que ahora vives en carne propia, y que deja al descubierto tu torcido sentimiento hacia lo prohibido.
