Rachel aprendió a caminar casi al mismo tiempo que a bailar y a subirse al palo para hacer la danza del volador. A sus 7 años, suele ser la niña más chiquita entre las y los danzantes, en una nueva generación de mujeres que buscan preservar las tradiciones.
Hija de un caporal (los danzantes que tocan y comandan la danza), desde que nació veía los pasos tradicionales de la región y, a los tres años, ella sola decidió que quería usar el traje y subirse al palo.

“Desde que empezó mi papá, yo lo empecé a ver y me llamó mucho la atención danzar con él (…) El palo estaba bien grande, arriba ya empecé a llorar y ya me tuvieron que ayudar”, cuenta Rachel sobre aquella primera ocasión. Hoy ya es una voladora que viaja a distintos lugares para representar la tradición.
Equidad en la danza de los voladores de Papantla
Emilio Francisco Dorantes, presidente del Consejo para la Preservación de la Ceremonia Ritual de Voladores, explicó que, aunque anteriormente no se permitía a las mujeres ser parte de la danza, con el paso de los años se han abierto las puertas y cada vez es mayor el interés que tienen por participar y preservar el ritual.
Comentó que, en muchas ocasiones, como en el caso de Rachel, son los papás quienes son parte de la danza tradicional y buscan enseñar a sus hijas, mientras que en otras son las niñas quienes se acercan a buscar aprender.

“Ha salido del interés de las propias jovencitas y también de los caporales, voladores, que su primer descendiente es mujer y quiere dejar esta parte de herencia cultural, como es la ceremonia ritual, y dentro de los descendientes son puras mujeres. El caporal volador quiere dejarle algo (…) hemos adoptado, hemos tratado esa parte de la inclusión y dejar también a jovencitas que puedan ser portadoras”, dijo.
Detalló que tan solo en la zona de Papantla existen cuatro escuelas donde se enseña el baile, su significado, la tradición, el bordado y la lengua, y en las cuales hay múltiples niños y niñas que se acercan para aprender tanto la danza del volador como otras tradicionales.
Destacan el ritual ancestral de los voladores de Papantla
Yolotzin González tiene 19 años y lleva ya tres años realizando la danza del volador, motivada por la curiosidad que le provocó la Casa Escuela que está cerca de su vivienda. Aunque al inicio sus papás se negaban a que la practicara por los peligros, ella se animó a hacerlo y ahora lo hace orgullosa de sus raíces.
“Soy la primera de mi familia que la intenta (…) para mí volar es poner en alto mis raíces porque yo soy de una comunidad indígena totalmente indígena. Allá se habla el totonaco, mi abuelita hablaba el idioma, yo no aprendí el idioma, pero sí lo entiendo. Cuando voy a otros lugares trato de que la gente perciba en mí que estoy orgullosa de mis raíces y también transmitir esa cosmovisión que nosotras llevamos siempre”, contó.
Dorantes comentó que, para preservar la tradición, se han unido con otras regiones y se han implementado otras escuelas de la danza que no son exclusivas de la cultura totonaca, sino que se comparten con otras como el náhuatl y el tenek. Allí también han buscado que las mujeres se incluyan en preservar la tradición.
Kimberly Jaqueline Mancilla es de la comunidad náhuatl en Sochiapan, Puebla, y comenzó a practicar por invitación de su prima. Como danzante, le ha tocado conocer a los otros pueblos indígenas y ha aprendido los significados distintos que les brindan a cada prenda y bordado que portan, así como los pasos que realizan. También ha entendido la importancia de que cada vez más mujeres se unan para preservar la tradición milenaria.

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