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domingo, octubre 25, 2020

TANATOLOGÍA Y VIDA: Mi testamento en vida

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Tenemos una idea errónea con respecto a las herencias, pues cuando hablamos sobre esto nuestra mente inmediatamente se va a nuestro estado financiero, a la riqueza tangible, lo material, el dinero, los negocios, las propiedades, esas que algunos repartirán en vida y otros después de su muerte.

¡Para qué hacer un testamento si yo no tengo nada! Es la exclamación más común, nos sentimos pobres, sin nada que dar. Pasamos de largo que desde nuestro nacimiento poseemos caracteres fisiológicos y anatómicos que nos fueron heredados y que heredaremos, así como los rasgos morales e ideológicos; todo lo que decimos y hacemos en el día a día construye nuestro patrimonio emocional, el cual sin saber, repartimos a todos los que interactúan con nosotros en la vida diaria, largas horas que se comparten ya sea en conversación o en silencio porque a veces no hace falta pronunciar palabras, pues el espíritu no habla.

Voy reconociendo el legado de mi padre, de él aprendí a reír, el amor a mi familia y a reflexionar sobre mis actos, pues siempre tendrán consecuencias. Hoy sé que mi hijo no me va a recordar tanto por el dinero o el éxito que gane, sino por el tiempo que compartí con él. No es hablar de muerte, es hablar de vida ¡Quiero partir de este mundo dejando…! ¡Quiero dejar este mundo viviendo…! Y así con las ideas más claras, puedo comenzar la repartición  de mis alegrías, mis enseñanzas, mis virtudes, mi generosidad, mi pasión por la vida, que son mi riqueza.

Hagamos de esto, un trabajo personal que nos lleva a mirar dónde hemos estado guardando o guardaremos nuestra herencia espiritual, a quién se la compartiremos o estamos compartiendo, así como cuándo y dónde la vamos a entregar. Detente un momento y piensa: Cuando la muerte nos acaricie y nos lleve con ella, ¿cuál será nuestro legado?, ¿qué estamos dejando para la posteridad?, ¿qué estamos dando en el día a día?, porque lo único seguro es que algún día vamos a faltar.

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