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sábado, enero 23, 2021

Tanatología y Vida

La soledad de un adiós inesperado

Por: Mariana Osorio

Estamos acostumbrados a despedirnos, a escuchar esas últimas palabras, sentir un último abrazo, tener el último adiós, pero a la vez, vivimos con la falsa idea de que no tiene que ser ahora cuando salde las cuentas pendientes, cuando sea capaz de pronunciar la palabra perdón  pensando que aún no es el momento.

Para algunos es una idea fatalista el estar preparado, tener testamento, cerrar ciclos, no tener asignaturas pendientes, “¿ya te vas a morir o qué?” suelen contestar a los que te acercas con la intención de expresar lo que podría sonar como tus últimas palabras. Todos tenemos ideas, creencias y expectativas de cómo vamos a despedir a un ser querido o, incluso de cómo quisiéramos ser despedidos; jamás pasa por nuestra mente no estar junto a ellos en esos últimos momentos o pensar que se cruzará solo por una dura enfermedad; esto sería anormal e inusual en un nuestro mundo normal, pero hoy el mundo ya no es normal.

En los últimos meses hemos sido testigos de escenas llenas de dolor donde familiares de personas que han muerto reflejan enojo, coraje, frustración de no poder estar cerca, para acompañar, tomar su mano, dar palabras de aliento y no solo reconfortar al enfermo, sino también a ellos mismo, pues cómo llena ese último adiós.

Otros lloran por no tener ni la certeza de que ese cuerpo que les ha sido entregado sea el del ser querido, pues no solo no se pudieron despedir, no lo pudieron ver, solo miraron una bolsa obscura, todo lo que tienen son dudas “¿en qué momento paso?, ¿y sí abra muerto de eso?, ¿lo atendieron oportunamente?, ¿sufrió?, ¿habrá pensado que estaba solo?”… Preguntas que nunca tendrán  respuesta y solo complicarán el duelo.

Con todo esto se vislumbra que se puedan desarrollar muchos duelos patológicos. No en todos los casos, obviamente, pero sí en una buena parte, ya que esta enfermedad no está facilitando el duelo, por dos situaciones: “Que las personas no se pueden despedir de su ser querido y que no están pudiendo ni abrazarse ni consolarse mutuamente, es decir, compartir el dolor, algo fundamental para entenderlo y mitigarlo, y la razón por la que se hacen los rituales cuando una persona fallece”, explica Jesús Sánchez, psicólogo clínico del servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de Burgos.

No recordemos al ser amando por cómo fue su muerte, sino por cómo vivió, pues detrás de una vida que se va, queda una historia que contar, también en el recuerdo se sabe amar.

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