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jueves, octubre 29, 2020

Domingo vigésimoctavo del tiempo ordinario

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MATEO 22, 1-14.

Nos encontramos en el domingo once de octubre, vísperas del Día de la Raza, de celebrar un aniversario más del encuentro de los dos mundos, la llegada de Cristóbal Colón a América, a Santo Domingo, bien, para la Iglesia el domingo veintiocho del Tiempo Ordinario, el Evangelio Mateo en el capítulo veintidós, versículos del uno al catorce.

Todos hemos sido invitados, hemos visto como algunas personas organizan la fiesta, de manera especial una boda, hay una lista de invitados y desde luego, los invitados se sienten honrados de ser convocados a una gran fiesta o también vemos que ahorita con cuanto amor los padres de familia esperan que sus hijos asistan a una comida y cuanto duele a los padres de familia el saber que sus hijos están, disgustados por equis circunstancias y no se presentaran a la comida familiar.

Dios nos ama a todos, nos ha creado por amor y por lo tanto, Él también espera que todos sus hijos, los hombres venidos de Oriente, de Occidente, de todas las lenguas, de todas naciones, nos convoquemos un día a participar en el banquete del reino de los cielos. Jesús lo manifestó a través de sus actitudes, sentándose a comer con los pecadores, con los publicanos, con las prostitutas, con aquellos que eran totalmente excluidos de la convivencia y desde luego, del proyecto. Esta misma parábola como evangelio de los domingos anteriores, también Jesús les dice a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo.

En primer lugar veamos que, la invitación está hecha y los invitados deben sentirse honrados de ser invitados por el rey, sin embargo, unos totalmente no hacen caso, otros al contrario se ponen un tanto enfurecidos y maltratan a los enviados que llevaban la invitación y que los convocaban. El rey decide mejor, convocar en los cruces de los caminos a todos, a todos son invitados, es la actitud de Dios, a pesar de que Israel es el Pueblo Elegido y no aceptó el proyecto de salvación de Dios, como San Pablo dice: <>, a todos los pueblos, a todas las naciones, la invitación de participar en el banquete, en el Reino de Dios, del amor, de la misericordia de Dios para todos nosotros.

Nosotros también a veces decimos: <>, como estos primeros que no hicieron caso a la invitación o también matamos la invitación de Dios a través de nuestros compromisos secundarios, nuestros compromisos que no dan sentido a nuestra vida, a nuestra existencia, pero el Señor espera que nos sentemos con Él a la mesa y el sentarse a la mesa implica algo que es la segunda parábola también, este hombre que no aceptó el vestido de fiesta que le ofrecían al entrar al banquete, entró tal y como era. Ahí entra el compromiso, el vestido de fiesta que debemos llevar al banquete desde ahora en la eucaristía, es la coherencia de vida, la vivencia de la caridad, la coherencia en nuestro trabajo, en nuestra vida social de todos los días, solo así seremos verdaderamente partícipes en el reino de los cielos. El Señor nos convoca y que bueno que aceptemos la invitación, pero sobre todo, que bueno que nos preocupemos en hacer vida el Evangelio, de manera especial construyendo el reino de Dios entre nosotros.

Damos gracias a Dios porque el pasado día cuatro de octubre el Papa nos regaló una encíclica que se llama <>, en ella el Papa nos invita a optar por caminos concretos, a recorrerlos para que construyamos verdaderamente un mundo más justo, más fraterno en las relaciones cotidianas de la vida social, en la política y en todas las instituciones. Esta encíclica pretende promover una aspiración mundial a la fraternidad y a la amistad social a partir de una pertenencia común a la familia humana, el hecho de reconocernos como hermanos, porque somos hijos de un solo creador, todos en la misma barca y por tanto, necesitados de tomar conciencia de que en un mundo globalizado e interconectado, solo podemos salvarnos juntos. Tenemos que ponernos esa vestidura digna que el mismo Dios nos ofrece en su gracia.

Bonita semana para todos.

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