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viernes, marzo 5, 2021

Domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario

MATEO 18:15-20

Pues ya hemos caminado y es el día seis de septiembre, para la Iglesia el domingo veintitrés del Tiempo Ordinario. Le hemos pedido a Dios en la oración colecta de “quien nos viene la redención y a quien debemos la filiación adoptiva: protege con bondad a los hijos que tanto amas para que todos los que creemos en Cristo obtengamos la verdadera libertad y la herencia eterna”. El Evangelio en esta ocasión es Mateo en el capítulo dieciocho, versículos del quince al veinte.

Nos encontramos en el Documento del Vaticano Segundo, en la Constitución que llamamos La Iglesia en el Mundo Actual que dice, el número uno: “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad Cristiana está integrada por hombres, que reunidos en Cristo son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre. Y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”. Si, la Iglesia está compuesta por seres humanos. Cada día tenemos una infinidad de ocasiones para hacer del trato humano, una relación de amor en la que reconozcamos que Dios está en medio de nosotros; trato humano que se realiza mediante un rato de conversación, una acción de ayuda, un gesto de reconocimiento, una muestra de afecto, una palabra de agradecimiento. Y así es como vamos construyendo nuestra vida, haciendo que nuestras relaciones sociales o interpersonales expresen con sinceridad el auténtico valor que damos a cada persona.

Pues la Iglesia compuesta por personas con carácter, con temperamento, encontramos a veces dificultades, encontramos hermanos que se desvían del verdadero camino. El Papa Francisco nos dice de una manera muy coloquial: “La Iglesia es como un hospital en campaña de guerra, pero todos vamos en esa búsqueda de Dios”. Y es así como podemos entender el texto del Evangelio del día de hoy, de Mateo, es la corrección fraterna, como decíamos en la oración colecta, que verdaderamente podamos experimentar esa bondad del amor de Dios en nuestra vida para poder darla a los hermanos.

La corrección fraterna tiene que hacerse con caridad y con respeto. Si un hermano se ha equivocado, si un hermano nos ha ofendido, no tenemos por qué desbocarnos y hablar de él con el otro, fíjate que me hizo esto, fíjate que hizo esto, no, al contrario, la recomendación fraterna en la comunidad, dice Jesús, hay que ir al encuentro del hermano y corregirlo fraternalmente y si soy yo, tengo que aceptar esa corrección fraterna por mi bien y bien de la comunidad para que se desarrolle en la paz, en la armonía y seamos testigos de ese amor. Pero Jesús da la receta, si no te hace caso, hazte acompañar de dos o tres testigos; pero no testigos que hayan chismeado y que se hayan dado cuenta que hubo pleito, que este se equivocó, se desvió, no, que sean testigos de esa corrección en el amor que se hace. Y después ya, el Señor también dice y si no, apártate de él. Pero este apartarse no es como condenarlo, tenerlo como uno que apesta, sino que, sea un tiempo también de purificación para el que se ha equivocado, para que pueda corregirse, para que pueda ser mejor. Yo creo que esta receta la tenemos que poner en práctica esta Palabra de Dios, más que una receta en familia.

Los padres son muy pasivos para con sus hijos se desvíen, pero hay que corregirlos porque a veces los papas se dejan dominar en el silencio por sus hijos porque les tienen miedo y no se trata de eso, hay que tener una obligación moral de corregir al que anda mal, al que se equivoca y si no, reunirse en familia para que la corrección sea verdaderamente en el amor. No juzgando, no condenando, no señalando con el dedo índice, sino que al contrario, mostrando el amor y la caridad y sobre todo, ha de hacerse en oración; por eso Jesús también dice: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre Celestial se lo concederá”.

Pues hermanos, la oración en familia, la oración de la comunidad es importante porque será como un reflejo. Nos estamos viendo constantemente, si, ese padre con el que nos estamos relacionando, que nos trata a todos con amor, con paz, con misericordia se ve reflejado en nuestras relaciones, en nuestras actitudes unos con otros. Es bonita esta tarea, esta misión que el Evangelio nos deja, de tratarnos humanamente como hermanos en el respeto pero guiados en el mandamiento del amor que hoy San Pablo también nos dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie.

Así pues, el cumplimiento pleno de la Ley consiste en amar. Un verdadero amor entre nosotros, nos va a ayudar en esta epidemia, en medio de ese encierro que muchas veces nos sentimos desesperados, pero tratados como hermanos.

Bonita semana para todos.

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