domingo, junio 20, 2021

DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO DEL TIEMPO ORDINARIO

MATEO 22, 15-21.
Nos encontramos en este domingo ya, dieciocho de octubre, veintinueve del tiempo ordinario. Mateo en el capítulo veintidós, versículos del quince al veintiuno. Me permito recordar un refrán que dice: “Cuando la cólera y la venganza se casan, su hija es la crueldad”. Si, anteriormente escuchamos algunas parábolas que Jesús las decía por los fariseos, por los sumos sacerdotes, y hoy ya, Mateo dice que los fariseos se confabularon juntamente con algunos, de manera especial con los herodianos para ponerle un buscapié a Jesús y hacerlo caer. Y nada menos le preguntan sobre el impuesto, que si está bien pagarlo o no el impuesto al César. Si Jesús decía que sí, pues se hacía aliado, se declaraba colaboracionista con los romanos; contestar no, era manifestarse como rebelde y que incitaba al pueblo en contra del César. Sin embargo, ante esa pregunta: ¿Si es lícito pagarle el tributo al César? Jesús pone las cosas en su lugar: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Con esa frase, incluso, a través de la historia, a la Iglesia y de manera especial en nuestro país, se le ha querido encerrar en la sacristía.

La Iglesia nada tiene que ver en la política, y efectivamente, pero me permito, para aclarar y presentar el pensamiento de la Iglesia, lo que el “Compendio de Doctrina Social de la Iglesia” nos dice en el número cuatrocientos veinticuatro: “La Iglesia y la comunidad política, si bien se expresan ambas con estructuras organizativas visibles, son de naturaleza diferente, tanto por su configuración como por las finalidades que persiguen. El Concilio Vaticano II ha reafirmado solemnemente que « la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno ». La Iglesia se organiza con formas adecuadas para satisfacer las exigencias espirituales de sus fieles, mientras que las diversas comunidades políticas generan relaciones e instituciones al servicio de todo lo que pertenece al bien común temporal. La autonomía e independencia de las dos realidades se muestran claramente sobre todo en el orden de los fines.”

También, en este domingo la Iglesia celebra El Domingo Mundial de las Misiones. El tema que el Papa nos da lo titula “Aquí estoy, mándame”, es precisamente la respuesta a la siempre nueva pregunta del Señor, “¿A quién enviaré?” y que nos lo relata la vocación del profeta Isaías. Yo solo leeré dos párrafos de este mensaje que se me hace importante para nuestra vida de fe y más en estas circunstancias de esta epidemia.

“La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: “Aquí estoy, Señor, mándame”. Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!». Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal. La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.”

Y concluye el papa, este mensaje: “Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos”. También para ustedes, una bonita semana de mi parte.

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