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martes, abril 13, 2021

Domingo trigésimo segundo del tiempo ordinario

MATEO 25, 1-13.

Es ocho de noviembre, para la Iglesia en su liturgia domingo treinta y dos del Tiempo ordinario. El Evangelio Mateo veinticinco del capítulo uno al trece. Está por terminar el año litúrgico, el año en el que celebramos el misterio de Cristo el Señor. El nuevo año litúrgico va a iniciar el veintinueve de noviembre con el primer Domingo de Adviento, por lo tanto, en la liturgia se nos invita nada menos que a contemplar el misterio de Cristo, en su segunda venida, como decimos en el Credo, creemos que Jesús volverá para juzgar a vivos y muertos y esta enseñanza del Reino de Dios lo hace Jesús, utilizando como siempre, para que entendamos, un lenguaje de las parábolas.

Jesús nos exhorta a esperar, de una manera activa el Reino de Dios y lo hace con el ritual de una boda, un matrimonio donde precisamente las negociaciones entre el padre del novio y la familia de la novia, podían retrasar la llegada del novio a la casa de la novia, que en ese momento era muy esperado. Esperado por la novia que llegaría a la casa del padre de la novia y junto con sus amigas, la llevaría a la casa donde iba a vivir y en donde va a ser la fiesta, el novio demora y las jóvenes se duermen y por ahí alguien grita ¡ya viene el novio! Y resulta que las lámparas, pues de cinco, estaban totalmente bien previsoras y las otras descuidadas.

Cuantas veces nosotros no tenemos el aceite suficiente, el amor, no tenemos esa preparación en nuestra vida, nuestra fe parece que se apaga, nuestra fe parece que no tiene una lámpara así, fluorescente, fuerte, que nos invite a esperar al Señor. Pero no esperar con los brazos cruzados, sino esperar al Señor, que va a venir, pero de una manera activa estamos nosotros, porque creemos que el Reino de Dios está en medio de nosotros y nos preparamos ¿para qué? Para que se manifieste plenamente.

Esa salvación de Jesús ha venido a traernos a todos nosotros, que nos ha ganado a través de una muerte, ha pagado un precio muy alto, se realiza en la vida nueva que los justos alcanzarán después de la muerte. Así nos dice el Papa San Juan Pablo II, en el documento sobre la Misión del Redentor.

Dice el Papa: “que en los ámbitos de la economía, del trabajo, de la técnica y de la comunicación, de la sociedad, de la política, de la comunidad internacional y de las relaciones entre las culturas y los pueblos; Jesús vino a traer la salvación integral que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación Divina” Cfr RM. 11. Por lo tanto, es en nuestra vida cotidiana, en nuestra vida de todos los días, donde nosotros desarrollamos nuestra vida común, en donde tenemos que estar preparados, vigilantes a la llegada del reino de Dios, porque no vaya a ser que estemos descuidados, entretenidos en cosas pasajeras y sin hacer vida la palabra, las enseñanzas de Jesús y nos pase lo de esas jóvenes, que acompañaban a la novia pero que no fueron previsoras y escuchemos la voz del Señor que le estemos diciendo Señor, Señor, ábrenos y Él nos diga: “Yo les aseguro que no los conozco”. Por eso el Evangelio concluye diciéndonos: “estén pues preparados porque no saben ni el día ni la hora en que vendrá el Señor”.

Bonita semana para todos.

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