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Crítica: HISTORIA DE UN MATRIMONIO

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Mario E. Durán/El Dictamen

Se podría decir que toda la vida me he preguntado en realidad qué es el amor, no tanto el que se expresa entre familia y amigos, sino aquel sentimiento de pareja, seas hombre o mujer, que te motive a sentir la necesidad de dar un nuevo cambio en tu vida y formar parte de una convivencia que más adelante te lleve a contraer matrimonio, tener hijos y tratar de que aquello que un día los unió, sea algo que se fomente con el pasar de los años para que perdure.

Cada uno, como seres humanos, podemos tener diversas formas y maneras de ver y sentir el amor, ya que hablamos de dos seres totalmente desconocidos que un día se conectan y demuestran la necesidad de querer y unir esos dos corazones para hacerlo uno, ya que ambos no pueden estar separados.

Es bien sabido que el amor duele, mentira quien diga que nunca ha sufrido por este sentimiento, más que nada cuando no se es correspondido o, peor aún, cuando una ilusión se fractura y todo comienza a ser un tiempo de eterna nostalgia, dolor y desesperación.

Una ruptura de noviazgo puede aliviarse con el pasar de los días, pero sin duda, una ruptura matrimonial es un mar de sentimientos difíciles, de momentos de preguntas, de ir sintiendo como tú corazón se va haciendo pedazos sin poder tener alguna oportunidad de mejorar todo aquello que poco a poco te hace dejar de lado los momentos felices, los recuerdos, la convivencia agradable, para dar inicio al inevitable adiós.

Netflix recientemente ha apostado por un cine de calidad, presentando cintas con diversas temáticas que bien nos muestra que esta plataforma tiene varios elementos para seguir siendo la número uno al tomar el riesgo que a veces en el cine no experimentamos, y sea de paso, con la oportunidad de estar disponible para una enorme cantidad de público. Y aquí, en función especial en el cine, fue cómo vivimos ese enorme golpe que nos da “Historia de un matrimonio”, la cual nos narra la vida de Nicole (Scarlett Johansson) una actriz que dejó una prometedora carrera en el cine comercial para trabajar en la compañía teatral de su marido Charlie (Adam Driver), un director de teatro en pleno auge del que ahora se está divorciando. Con una química aplastante y un hijo en común, la historia de amor de esta pareja se romperá por completo, llegando a tener incluso que recurrir a los abogados y tribunales para zanjar una vida en común llena de heridas abiertas.

Noah Baumbach, su director, no escatima en presentarnos el dolor detalle a detalle de una pareja que de vivir un bello cuento de hadas, ahora tiene el deseo de estar separados, no llegando a un acuerdo de palabra y dando rienda suelta a lo que sus abogados les recomiendan, ocasionando una enorme catástrofe que por más que uno trate, es imposible no ponernos, como espectadores, desde ambos lados: Tanto él como ella tienen sus motivos, ambos con sus propias personalidades lucharon pero no lo lograron, el engaño, los secretos, la rebeldía interna, la falta de decisiones propias y los sinsabores estaban ahí presentes al tiempo en que no se querían, pasando del amor al odio rápidamente y permitiendo sólo un ligero instante de paz.

Las actuaciones de Adam Driver y Scarlett Johansson son totalmente brutales, firmes y creo en mucho tiempo no los volveremos a ver así, puesto que ambos dan todo en cada uno de sus diálogos, en donde a cada uno, en el rostro, se les ve el reflejo de dolor y donde nos demuestran que aquel amor que se juraban tener, ahora es un camino de derrumbe, teniendo solamente como unión un hijo, que ante la inexperiencia de su edad, también suscita varios problemas.

El resto del reparto lo completan una soberbia y por momentos odiable Laura Dern, quien se suma a los personajes secundarios que aún sin una presencia constante, son necesarios para la historia.

Sin duda podrá pasar mucho tiempo, pero ese duelo en diálogos que sostienen los protagonistas en una de las escenas, en la cual se expresan las peores cosas que uno podía imaginar, nos hará estremecer por mucho tiempo; también es correcto mencionar que debemos disfrutar esta cinta con paciencia para poder conectar con el ambiente.

Creamos en el amor, luchemos por él, dejemos de lado el orgullo, porque eso es lo que precisamente necesita este mundo descompuesto, amor puro, amor verdadero, fidelidad y respeto.

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Crítica: LAST CHRISTMAS

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Mario E. Durán/El Dictamen

En esta temporada previa a la llegada de la Navidad, el mejor regalo que podemos recibir es esa cinta que viene a cerrar el año, y que sea de paso, arriba cargada de nostalgia, ilusión y con ese toque decembrino que a todos encanta, pero además un elemento extra que resulta del agrado de todos al dejar en claro que no precisamente será una historia común y típica de amor.

Este año toca el turno de “Last Christmas”, película de la que su historia fue creada por la actriz Emma Thompson y Bryony Kimmings, misma que está inspirada en canciones de George Michael en su época de WHAM!, con temas que sin duda forman parte del gusto colectivo, en especial ese clásico navideño que da origen al título de la película que el propio cantante, en vida, apoyó su realización solo con la condición de que Thompson la escribiera.

Kate (Emilia Clarke) deambula amargada por las calles de Londres, acompañada por el continuo tintineo de los cascabeles de sus zapatos, porque trabaja como elfo en una tienda navideña que abre todo el año. Cuando Tom (Henry Golding) aparece en su vida, Kate empieza a ver las cosas de otra manera más optimista, aunque parezca demasiado idílico para ser verdad. Pero al llegar la Navidad, todo parece ponerse en contra de la pareja. Eso sí, se darán cuenta de que lo importante será escuchar a su corazón.

Tener como marco las calles de Londres es sin duda un agasajo, puesto que esos espacios siempre son sinónimo de ilusión y amor, si a esto sumamos que el trabajo dirigido por Paul Feig trae consigo también varios momentos de comedia que se sienten frescos y honestos, nos llevan a ese el elemento principal que podemos destacar, es decir lo actual de su narración (amor propio y lésbico en el contexto de una familia por momentos conservadora), lo que sin duda le da un acierto más positivo y creíble pese a que sabemos que iremos a ver romanticismo en su máxima expresión.

Emilia Clarke (nuestra querida madre de dragones de “Juego de Tronos”) luce perfecta en el papel de una chica que de ser toda una promesa desde su infancia, conforme crece, va perdiendo el rumbo al grado de ser una total catástrofe; sus amigos no la quieren y toda persona que está a su alrededor sufre los estragos del alcohol excesivo que consume y la despreocupación por la responsabilidad, sumado al alejamiento que presenta de inicio con su familia; además de su gusto por hombres pasajeros en su vida y las pocas ganas en lo que hace dentro de su trabajo donde se viste de duende, es lo que la hacen conocer un día inesperado a ese chico de nombre Tom, interpretado por un encantador Henry Golding, el cual aparece y ella lo describe como misterioso y extraño, pero del que comienza a sentir un sentimiento fuerte gracias a que éste le mostrará lo que es la humildad y el orden que su vida necesita urgentemente (la química entre ambos es creíble).

Además de tener la actuación de la propia Emma Thompson y Michelle Yeoh (que son las responsables de varios de los momentos cómicos), es imposible no salir suspirando de la sala de cine por la fuerte dosis de canciones que en más de una ocasión nos harán tener las ganas de bailar en esta cinta ideal para corazones abiertos a la inocencia de la navidad, además del tiempo en el que la protagonista abre su corazón, es lo que nos permite llegar al momento climax de la historia, ese giro que toma por sorpresa a todos y hace que la sala de quede en silencio, situación que le permite a la película destacar por completo de la gama de cintas navideñas, dándonos personajes inolvidables.

El apego hacia la persona que está a nuestro lado es bueno siempre y cuando aprendamos cosas positivas, mientras no sea del que dependa nuestra entera felicidad para el futuro, y eso es algo que queda muy en claro a Kate, quien deberá descubrir la importancia del amor propio que debe tener hacia ella, lo cual le permitirá controlar todo lo que está a punto de perder a su alrededor: personas que en realidad la quieren.

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Crítica: GUADALUPE REYES

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Por: Mario E. Durán/Cinéfilos

Puede que ya nos vayamos con la finta con películas mexicanas de este estilo, de las cuales sabemos que a veces resultan comedias muy malas que nos hacen perder nuestro tiempo y dinero, o bien puede que nos encontremos con algo sorpresivamente fresco que nos hace pasar un muy buen reto divertidos en la sala de cine, más que nada por la enorme química que tienen sus protagonistas y las locuras creíbles que viven.

Para todos aquellos que somos mexicanos, bien sabemos que los motivos para festejar nunca nos faltan y por algo nos hemos caracterizado por celebrar hasta de lo que menos podríamos imaginar, y para nuestra está el famoso “Maratón Guadalupe-Reyes”, designación que se hizo popular en la década de los 90’s que no es más que un pretexto para iniciar la ronda de fiesta, bebidas y diversión desenfrenada por un periodo que abarca del 12 de diciembre (día de la virgen de Guadalupe), al 6 de enero (día de los Reyes Magos); y es de esta desenfrenada modalidad que surgió la idea de hacer una cinta que narra la vida de dos amigos que por azares del destino se separaron e hicieron sus propias vidas.

Desde que eran adolescentes, Luis y Hugo han sido muy unidos. Han vivido todo tipo de experiencias y los más osados desafíos. Pero a raíz de que Luis se casó con Ximena, los caminos de estos dos amigos se separaron. Diez años después, se reencuentran, para darse cuenta que su amistad está fortalecida a pesar del invencible paso del tiempo y de los contratiempos que se pueden vivir de manera personal.

Aquí lo principal es quitarnos de la mente la idea de que veremos una película grotesca y forzada (si tiene sus par de desnudos pero estos pasan desapercibidos), puesto que la naturalidad de sus protagonistas Juan Pablo Medina y Martin Altomaro (aún cuando ambos ya están muy vistos), se ve reflejada de principio a fin: el primero como un cuarentón reventado que corrió con suerte de lograr tener éxito al inicio de su trabajo y que ahora se la vive de fiesta en fiesta soportando a los denominados Millennials, lo cual lo hace ver en realidad que está solo, mientras que el segundo es un auténtico Godinez que además no está a gusto con su trabajo excesivo y su matrimonio no del todo va bien; es así como la nostalgia de ambos los une y deciden aventurarse en un reto sin límites, buscando “asesoría previa” para convertirse en los únicos en lograr esa hazaña, no importando su edad (ambos sufren los achaques de los 40’s).

Con todo el humor típico mexicano, desde sus diálogos hasta los modismos, la película en ningún momento cae en lo simple y barato como normalmente ocurre; además de las actuaciones de Begoña Narváez, María de la Fuente, Guillermo Villegas, Paco Rueda y Juan Carlos Colombo (quien se podría decir es el único que realiza una escena grotesca), el director Salvador Espinosa nos regala varios tracks musicales muy típicos de esa época, destacando sin duda un clásico de Chumbawamba y la parte nostálgica con Enrique Iglesias.

Si la miras sin tantas pretensiones sin duda la disfrutarás, y más en este tiempo en el que estamos a pocos días de iniciar la famosa ronda festiva, claro con un par de amigos que más que borrachos, se respiran más humanos, además tenemos una divertida escena post créditos.

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Crítica: UN DÍA LLUVIOSO EN NUEVA YORK

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Por: Mario E. Durán/Cinéfilos

A veces creo que el mismo destino es el que nos hace realizar una serie de actividades que nos permitirá ver en qué estamos mal, qué podemos corregir y qué rumbo podemos tomar para el futuro. No importa la edad que tengas, bien puedes ser joven o adulto, la oportunidad está ahí frente a ti, solo es cuestión de que lo descubras, aceptes y continúes hacia lo que para ti sea sanamente prudente; si a esto le sumamos como ingrediente la lluvia, ésta te permite despejar toda duda que tengas en relación al amor, la familia y tu vida personal.

“Un día lluvioso en Nueva York” cuenta la historia de la pareja de universitarios Gatsby y Ashleigh, cuyos planes para un fin de semana romántico juntos en la ciudad de Nueva York se interrumpen de manera súbita. Pronto, ambos se separan y tienen una serie de reuniones casuales y aventuras cómicas mientras están solos. En el transcurso de un día de ensueño y llovizna en Nueva York, Ashleigh descubre que ella podría no ser quien creía que era y al mismo tiempo, Gatsby se da cuenta de que, si solo vive una vez, es suficiente si encuentra a la persona adecuada.

La exquisitez de esta película radica en el espíritu de antaño que se respira en ella, desde sus movimientos de cámara hasta su tipo de iluminación con luz intensa que refleja en el rostro de sus personajes destellos tan fuertes que nos hacen recordar varios de los trabajos de su director Woody Allen, que sigue conservando su estilo aún con el pasar de los años y que ahora, como atractivo, trae actores jóvenes que en la actualidad han llamado la atención por sus excelentes trabajos y su desempeño sorprendente, sobra decir lo ya logrado por Timothée Chalamet y Elle Fanning (que aquí son los protagonistas y quienes de principio me costó un poco de trabajo sentir su química, pero después entendí el por qué), además con ellos una Selena Gómez que por primera ocasión me agrada totalmente en un papel; no faltando caras conocidas en la parte adulta como Jude Law, Liev Schreiber y el mismísimo Diego Luna que destaca como buen orgullo mexicano.

Esta no es una película para todo público y en especial será disfrutable para aquellos que aman el trabajo filosófico de Allen con su enorme cantidad de diálogos y análisis en los que se invita a un pensamiento más allá de las charlas típicas, que pueden ser simples, pero analíticas y con un fin especial: el entendimiento necesario que todos buscamos en la vida.
Una chica enormemente emocionada que refleja en totalidad su juventud y su amor por lo que será su profesión, dejando de lado todo y mostrando su verdadera personalidad; un chico enamorado que de pronto se siente solo y olvidado por su novia, aquella con la que planeaba vivir una experiencia inolvidable, y que además deberá asistir a la fiesta más importante del año organizada por sus padres (para descubrir un importante secreto); un director en crisis al que no le agrada lo que hace; un actor que vive de mentiras; y una chica que va mostrando que ya no es la misma irritante de su infancia, son los personajes que aquí veremos en una cinta que nos invita a viajar a aquellas que se hacían en los años setenta, muy al estilo por sus líos de alcoba y sus notorios filtros de color, en donde su simpleza es su fuerte, inyectado con una comedia sutil del estilo del director del que o bien amas su trabajo o te es indiferente.

Esta serie de líos románticos está bien actuada y se disfruta por los recorridos que veremos en ese sitio donde no para de llover, lo cual permite mostrar el verdadero interés de sus personajes que erróneamente estaban en una zona de confort de la que les bastará un día para salir de ella.

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