jueves, diciembre 8, 2022
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Crítica: BARDO, FALSA CRÓNICA DE UNAS CUANTAS VERDADES

BARDO no es una película fácil, y no es para todo público, pero sí es necesario vivir la experiencia dentro de una sala de cine, y para lograr este efecto, desconéctate del mundo exterior para sentir esta locura interna, la cual te permitirá hacer un viaje en el que experimentarás demasiadas situaciones que van desde lo cotidiano hasta lo extraño, todo teniendo como fondo una fotografía y musicalización tan exquisita en la que pasarás de la risa al llanto. Puedo decir que me brindó más de lo que me pude imaginar, es un abrazo al corazón, a los recuerdos, a tu yo interior.

No nos vamos a ir muy lejos, aun cuando la película dirigida y escrita por Alejandro González Iñárritu dura cerca de tres, fluyéndome de forma rápida; su historia es sencilla: Silverio, un reputado periodista y documentalista mexicano regresa a su país, donde atraviesa una crisis existencial mientras se enfrenta a su identidad, a sus relaciones familiares y a la locura de sus recuerdos.

La mejor manera en la que podemos definir este trabajo, que en diciembre estará disponible en Netflix, es que se trata de una comedia nostálgica en el marco de un viaje épico, donde aparecerán personajes y situaciones reconocidas de la historia de México, además de la crítica en comportamiento al hermano país vecino, Estados Unidos y su trato tan nefasto hacia los mexicanos.

En general se trata de una crónica de incertidumbres donde el protagonista, un descarnado y ausente Daniel Giménez Cacho que entrega una de sus mejores actuaciones, dista mucho se sentirse feliz, en especial por ser ese personaje reconocido que entre su labor diaria, siente la necesidad de regresar a su país para toparse con que las cosas ya no son como antes, ni sus amigos ni sus cercanos; algunos lo juzgan y no aceptan su exitoso presente, mientras que él se encuentra enfrentando un duelo que poco a poco se nos va mostrando de una manera teatral que nos hace ver que ahí dentro de esa mente un poco perdida, existe un hombre que llora la muerte de un hijo, que está viviendo situaciones raras de las que no sabe cuáles son reales y cuáles forman parte de su imaginación, y que internamente siente que no ha estado el tiempo necesario con sus hijos, con los cuales no lleva una relación del todo conectada.

Está navegando en sus memorias, el pasado y la nueva realidad de su país, y en este viaje seremos parte de dos escenas que directamente te partirán el corazón, y es que la naturalidad de ellas, que ocurren en un baño y en una habitación, nos hacen ver esa nostalgia con la que vivimos una vez que un ser cercano falta, aquel a quien quisiéremos abrazar y decirle lo mucho que nos importa y que ya ha partido del plano terrenal.

Esta película tiene un tono autobiográfico, y el director, después de 21 años, deja de lado el cine estadounidense, para trasladarnos a ese México del ayer, con su música, sus calles, su ambiente, y que aún conserva ese toque de antaño que ha quedado expuesto en este trabajo complejo no fácil de recomendar a ciertos suscriptores de la plataforma cuando esté disponible.

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