miércoles, diciembre 1, 2021
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Universidad y tecnología

(Ponencia en el Foro Universitario para el Plan de Trabajo que el Dr. Jorge Manzo Denes, aspirante a la Rectoría de la UV 2021-2025, presentará ante la H. Junta de Gobierno de la UV.)

Por: Jaime Fisher

La universidad nos aparece como un gran artefacto, como un aparato convencional, como una institución; un instrumento que supone de manera sustancial, entre otras cosas, ciertas ideas de razón y racionalidad en las acciones que por su mediación han de llevarse a cabo. De ahí que la universidad pueda ser analizada desde el punto de vista de la técnica; ese conjunto de acciones humanas sistemáticas orientadas a transformar en determinado sentido algunos aspectos del mundo que nos rodea. En este caso, la acción a realizar es la educación, y, más específicamente, la educación superior. Por ello cabe preguntarse por la razón (y en su caso por la racionalidad) que subyace al funcionamiento técnico de la universidad.

Como toda convención, es decir, como toda institución, la universidad sólo puede existir con base en el acuerdo -un acuerdo nunca unánime- entre los seres humanos que la constituyen. Por ello no es posible erradicar conflictos y contradicciones que nacen de la propia naturaleza humana y de los diversos puntos de vista que los individuos sostienen a lo largo de su vida. La universidad es la unidad de lo diverso, y tal vez por ello sería más conveniente llamarla universalidad. Sin embargo, es sólo a partir de tal diversidad que se requiere y se posibilita el ejercicio de la razón y, eventualmente, se facilita la racionalidad en ese proceso que llamamos educación superior.

Está abierta a la creatividad

Una vez que tenemos el fin de la técnica (la educación superior) y el sistema técnico (la universidad), cabe preguntar por los agentes involucrados en ambos, y, en particular, indagar cómo la tecnología en general ha de impactar sobre la educación, y cómo los seres humanos así educados, a su vez, han de percibir y utilizar la tecnología.

Hay que matizar aquí que “tecnología” -como conjunto de medios y procedimientos a utilizar- no puede entenderse en el sentido de conseguir un resultado estandarizado, puesto que hablar de educación es hablar de aprender a aprender, que es un proceso de por vida; es decir, un cambio permanente cuyas formas de llevarse a cabo han de ser resueltas más por el propio educando y no por la universidad, en especial cuando el estudiante ha egresado ya de sus aulas.

En otras palabras, el sistema técnico que llamamos universidad, pensado en sus medios didácticos fundamentales, no está cerrado o acabado en sus posibilidades de utilización, sino que se encuentra abierto a la creatividad e imaginación -de docentes, investigadores, estudiantes y autoridades-, para encontrarles usos que, sin embargo y en última instancia, tienen que ver siempre con el fin de formar hombres y mujeres libres, que es en lo que consiste -o al menos debería consistir-, la educación.

Sin embargo, esto último no se logra automática o algorítmicamente con la simple incorporación de instrumentos tecnológicos más avanzados al arsenal de recursos didácticos y de investigación. Muchas veces tales recursos, utilizados acríticamente, tienen más bien un efecto adormecedor sobre las capacidades intelectuales de quienes los utilizan –autoridades, docentes, investigadores y estudiantes-. De esto último se sigue la necesidad de que la misma universidad -como sistema técnico- genere en sus educandos una actitud crítica frente a la tecnología, y sobre todo frente a sus condiciones, usos y resultados posibles; cosa que presupone que tal actitud crítica se encuentre también ya internalizada en el resto de los agentes que la conforman, a saber, autoridades, docentes e investigadores.

La universidad es un sistema técnico convencional

La universidad es un sistema técnico convencional, constituida por relaciones entre los seres humanos; y, por ello, no es un simple mecanismo o un mero artefacto en el sentido en que lo son, por ejemplo, un reloj o una lavadora. No puede, por ello, ser operada, dirigida y administrada de manera mecánica o automatizada; ni de acuerdo a los estándares de la eficiencia industrial. De ahí la imperiosa necesidad de incorporar de manera central en el currículum la reflexión sistemática sobre la tecnología; una reflexión que no sólo debe hacerse desde el punto de vista ingenieril, sino sobre todo desde el punto de vista antropológico, histórico y filosófico.

Esta reflexión se justifica de manera formal y sistemática porque la tecnología, más que un simple medio para llevar a cabo el trabajo universitario, tiende a convertirse en una forma de vida que en muchos casos damos por sentada -como si fuera algo “natural”- y que suele tener impactos no siempre deseables sobre nuestra libertad actual, que es tener impactos sobre nuestros futuros posibles.

La inevitable y creciente incorporación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en el quehacer universitario; pues, nos presenta un amplio y también creciente conjunto de posibilidades para mejorar sustancialmente la calidad de nuestras funciones de docencia, investigación y difusión; pero no existe un vínculo necesario o una relación causal inevitable y segura entre lo primero y lo segundo.

Y con esto vuelvo al inicio: será el uso de la razón reflexiva lo que eventualmente pueda hacer racional la utilización de las TIC en nuestra universidad y, como su nombre lo indica, la razón sólo puede ejercerse en el diálogo constante entre los diversos agentes que la constituimos; esto pese a intereses y cosmovisiones diferentes, que en no pocas ocasiones implican conflictos que sólo podremos resolver racionalmente mediante el ejercicio de esa misma razón.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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