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martes, abril 20, 2021

Quien domina los símbolos, domina el arte de gobernar

El presidente Andrés Manuel López Obrador es, por antonomasia, un animal político. Todo su ejercicio de gobierno se basa en cálculos puramente político-electorales. Dicho con otras palabras: si una política pública o iniciativa de ley le genera suficientes réditos en su imagen presidencial, entonces la aplicará sin regateos.

Los años que el presidente ha invertido a su carrera política no han sido de balde. Este actor político entiende perfectamente el pulso de la opinión pública mexicana, además de que ha logrado identificar los principales símbolos que enarbola la sociedad mexicana para explotarlos a cabalidad.

De la Virgen y de Juárez

No es casualidad que su partido político se haya constituido con el nombre de Morena, en alusión no solo a un movimiento transformador, sino también a la imagen de la Virgen de Guadalupe. El mismo Papa Francisco ha dicho que “en México puedes no ser católico, pero sí guadalupano”.

Tampoco es casual que el logotipo de su Gobierno sea una imagen con la figura de Benito Juárez García al centro, el primer presidente indígena e ícono de la política mexicana. Andrés Manuel es también un animal simbólico que entiende que los signos manipulan las percepciones de las personas.

Conferencias de prensa: estrategia de manipulación

Las conferencias de prensa matutinas son también una estrategia de comunicación. De acuerdo con Jesús Ramírez Cuevas, coordinador de Comunicación Social del Gobierno Federal, las conferencias matutinas son efectivas para omitir a los medios de comunicación.

Al mismo tiempo, las “mañaneras”, como coloquialmente se denomina a las conferencias de prensa matutinas, fungen como un instrumento para dictar la agenda política y mediática de toda la acción gubernamental. Su fórmula consiste en comunicar para gobernar.

Lo anterior le permite al Jefe del Ejecutivo replicar a los mensajes de quienes él mismo ha denominado como “conservadores”, “neoliberales”, “neoporfiristas” y “fifís”, lo cual es consistente con una estrategia de polarización al estilo goebbeliano.

¿Y la oposición política?

Si los partidos de oposición entendieran los juegos del poder y el dominio de los símbolos verbales y no verbales del régimen actual, entonces podrían dar una batalla digna en el terreno de lo narrativo. Sin embargo, todos los liderazgos opositores continúan siendo reaccionarios de los mensajes del presidente, sin plantear una alternativa viable.

El estilo de gobernar de López Obrador puede o no gustar. Lo que es cierto es que a él le ha permitido consolidar su legitimidad de ejercicio. Vemos a un personaje cada vez más fuerte, más centralizador, más invasivo con las facultades de otros órganos de Estado. La oposición política continúa siendo presa de la narrativa obradorista.

La reputación significa para Andrés Manuel una piedra angular de su acción política. Los mensajes que emite en contra del régimen pasado y de las corruptelas en que incurrieron ciertos actores políticos, le han otorgado un halo de credibilidad y de autoridad moral a su ejercicio de Gobierno, esenciales para consumar sus objetivos de poder.

Para ello, ha utilizado una estrategia discursiva basada en mandamientos cuasirreligiosos: no mentir, no robar, no traicionar al pueblo de México. A través de la investigación de la opinión pública, Andrés Manuel López Obrador sabe que para los mexicanos el prototipo del político perfecto es alguien que no mienta, no robe y no los traicione. No piden más cosas.

Toda su maquinaria propagandística la aplica a cada una de las acciones concretas de su Gobierno. Todos sus movimientos políticos obedecen a una lógica electoral y simbólica para generar simpatías, apoyos y una suerte de devoción mesiánica. No es espontáneo que utilice nombres como “Cuarta Transformación”, “Servidores de la Nación”, “Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado”, “Secretaría del Bienestar”.

Simbolismos políticos en cada una de sus acciones

El primer caso concreto es la renuncia de Los Pinos como residencia presidencial para habitar ahora Palacio Nacional. Esto comunica tres mensajes: él no es igual a los anteriores, él no tendrá los mismos lujos presidenciales y él será visto como un rey que habita en un palacio. Este fue uno de sus primeros movimientos políticos de gran venta electoral.

Otro gran símbolo político es deshacerse del avión presidencial. Esto comunica básicamente los mismos mensajes que la táctica anterior; aún más: se muestra como alguien muy cercano a la gente, en tanto que este movimiento es compatible con su discurso de austeridad republicana. En esta segunda acción política subyace un simbolismo muy efectivo.

Además de ser un experto en el dominio de los símbolos, López Obrador controla perfectamente los juegos del poder. Ha sabido transitar y granjear gran parte de los escenarios políticos.

A través de su discurso ideológico, ha posicionado argumentos en favor de la democracia y de la federación, no obstante sus acciones indican lo contrario: otorga un ínfimo radio de acción a sus colaboradores políticos, al mismo tiempo que centraliza sus fuerzas para incrementar su poder.

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Por si fuera poco, el titular del Ejecutivo Federal llama la atención a toda costa mediante la utilización de objetos simbólicos (llámese pañuelos blancos o estampas religiosas) que, además, son compatibles con su discurso de pureza, esperanza y de transformación de la vida pública mexicana.

La última muestra simbólica se dio en vísperas del 8 de marzo, cuando decidió instalar un vallado para proteger la fachada de Palacio Nacional de los posibles destrozos. Más allá de opiniones doctrinales, el mensaje es muy claro: no va a permitir que dañen los símbolos que le han permitido ascender al poder. El mandatario volvió a hacer cálculos políticos.

Es impredecible, utiliza la ausencia para consolidar su poder, domina el arte de la indirecta, adula a sus simpatizantes, mantiene inmaculada su imagen pública, crea espectáculos atractivos y magnánimos, predica la necesidad del cambio; en fin, es la viva imagen que los mexicanos tienen sobre un político poderoso e ideal.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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