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domingo, septiembre 20, 2020

La fe es un acto superior de amor que arrastra también a la razón

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Habituados a sus beneficios y al ambiente que nos ofrece para ir tejiendo nuestra relación con Dios, hablamos de ella de manera muy general, refiriéndonos quizá con cierta simpleza a uno de los dones más trascendentes que recibimos en la vida.
Pero con el paso del tiempo y en la medida que vamos avanzando caemos en la cuenta del poder que tiene una vida de fe, de todas las posibilidades y recursos que ofrece una vida de fe.

No es fácil definirla ni encapsularla. Nos referimos a ella como si agotáramos su gran potencial. Sin embargo su dinámica nos va llevando a probar cada una de las dimensiones que conlleva una vida de fe. Sin la pretensión de agotar todo su significado podemos señalar algunas de las dimensiones más importantes de una vida de fe.
Al señalar estas dimensiones, parto sobre todo de la experiencia de nuestros fieles, de su anhelo por conocer más a Dios y de su compromiso por construir una vida auténticamente cristiana.

Casi siempre nuestra vida espiritual tiene como punto de partida creer en Dios. La fe se percibe en primer lugar como creer. No siempre lo sabemos explicar, pero tenemos razones profundas para sostener que Dios existe. Creemos en Él y esta experiencia no la asumimos como el resultado de una conquista personal, como la meta de nuestras investigaciones y pesquisas, sino que se trata de un don de Dios.

No quiero con esta afirmación faltar al respeto a mi propia inteligencia, o desconfiar de la capacidad de la razón humana para elevarse en el conocimiento de Dios. Pero en esta primera aproximación, en esta experiencia espiritual, hay algo más sublime y poderoso que lo que alcanza mi razón. Se trata, pues, del don de la fe, del regalo que Dios hace posible para no sólo llegar a conocerlo sino sobre todo llegar a tener una relación con Él.
Muy pronto la fe nos va llevando a progresar en nuestra relación con Dios. Así como creemos en Dios, la fe también nos lleva por el camino de la confianza. No basta creer sino que estamos llamados a confiar sobre todo cuando hay cosas que no entendemos o no aceptamos de acuerdo a nuestra razón.

Llega el momento en que no tenemos todas las explicaciones y respuestas a lo que nos pasa, por lo que la fe nos va llevando a la confianza en los designios de Dios. Hay cosas que no entendemos, que no se nos hacen lógicas, que percibimos incluso como injustas desde nuestra propia manera de juzgar, por lo que en situaciones complejas como éstas hace falta confiar, considerar que Dios sabe más que nosotros, que Él ve más que nosotros y que la fe requiere de nuestra parte un acto de confianza.

Mons. Fulton Sheen se expresaba de esta manera acerca de la fe: “La fe no es, como muchos creen, una confianza emocional; no es la creencia de que algo te va a pasar a ti; no es ni siquiera una voluntad de creer a pesar de las dificultades. Más bien la fe es la aceptación de una verdad por la autoridad de Dios revelador”.

Ya desde esta perspectiva alcanzamos a ver el potencial de una vida de fe. Pero llega el momento en que la fe también pide un acto de abandono. Debemos hacer lo que nos toca a pesar de las contrariedades y de que no veamos con claridad. El futuro depende de Dios y de nosotros depende el presente, donde podemos hacer las cosas por amor y abandonándonos a la providencia.

No se trata de estresarnos o amargarnos la vida calculando nuestro futuro a partir de lo que vemos actualmente o a partir de los pronósticos que hacemos. Un acto de abandono nos lleva a confiar en la Providencia y a reconocer que Dios siempre acompaña a sus hijos en su historia.

Por eso, para san Francisco de Sales la “Fe es un acto superior de amor que arrastra también a la razón y a la inteligencia”. De ahí que la fe no sólo es creer en Dios sino que nos va llevando a vivir una relación íntima con Dios a través de un acto de confianza y abandono.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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