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Opinión

Hay que ser rápidos para perdonar a los enemigos

Se trata prácticamente de una experiencia mística sentirse, de la nada, alegre y renovado, con ganas de hacer mejor las cosas y superar las adversidades.

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Hay que ser rápidos para perdonar a los enemigos

Se trata prácticamente de una experiencia mística sentirse, de la nada, alegre y renovado, con ganas de hacer mejor las cosas y superar las adversidades.
Eso es lo que sucede cuando tenemos un encuentro con Cristo en muchos momentos de la vida. Conocer a Cristo y encontrarse con Él produce gozo y paz. Esto que va dejando Cristo en el alma nos hace intuir la belleza de la vida cristiana. Por eso uno quiere más, siente la necesidad de conocerlo más y de estar más de cerca de Jesús. De esta forma el Señor Jesús se convierte en el fundamento de nuestra vida y de nuestras decisiones.

Sin embargo, la vida cristiana también nos lleva a situaciones en las que el amor a Cristo se debe expresar en la fidelidad, paciencia y perseverancia. La vida cristiana cuando es auténtica también experimenta una serie de pruebas, tribulaciones y persecuciones porque el mal intenta disuadirnos, decepcionarnos y cansarnos de la cruz de Cristo.
Quizá esta parte nos cuesta aceptarla y entenderla. Llegamos a pensar que si es bello seguir a Cristo, si nos hace sentir su amor y su paz estando en la Iglesia, por qué se presentan estas dificultades. A veces incluso nos llega un pensamiento puritano según el cual pensamos que si hacemos el bien, si llevamos una vida honesta y si seguimos a Dios, por qué, entonces, surgen dificultades, por qué somos atacados y hasta perseguidos.

Los cristianos no debemos sentirnos sorprendidos por estas experiencias difíciles. No debemos reaccionar como si estuvieran pasando cosas que no formaban parte de la pureza de nuestra fe. El mismo Jesús lo profetizó cuando insistía en las persecuciones y dificultades que vendrían. Pero al hablar de esta condición difícil para el creyente también nos aseguró la gracia del Espíritu Santo. Profetizó, por lo tanto, las persecuciones pero también el auxilio necesario para mantenernos fieles a su reino.

No podemos sentirnos sorprendidos y decepcionados por las dificultades que se experimentan en la vida cristiana. No podemos decir que nunca se nos habló de esto, pues el mal buscará siempre desalentarnos del camino de Dios.
Lo que sí nos sorprende, en este caso, es la fidelidad de los discípulos y de los santos, a lo largo de la historia, que imitaron al Maestro perdonando a sus perseguidores.
Los mártires y los santos siempre están dispuestos a perdonar a sus verdugos y perseguidores. Imitan al Maestro que en todo momento y especialmente en la agonía ocupaba sus últimas fuerzas para abrir su corazón y perdonar a todos los hombres.

Estamos llamados a dar testimonio de nuestra pertenencia a Cristo tanto en las alegrías como en las persecuciones y a sostener nuestro amor al Señor en los momentos de paz y tribulación.
Por eso se puede asumir como un principio de vida espiritual aquello que Chesterton sostenía: “Es bueno ser rápido para perdonar a nuestros enemigos; pero es mejor no estar demasiado ansioso por perdonarnos a nosotros mismos”.

Hay que ser rápidos y sentir la urgencia de perdonar a los enemigos para no dejar que la ofensa siga provocando amargura y desolación. El dolor que provoca una ofensa, una injusticia y una traición puede llevarnos a cavilar más el asunto llegando a distorsionar o exagerar lo que de suyo ha pasado y desde luego es reprobable. Se puede perder objetividad y llegar a reaccionar con agresividad y odio asumiendo así la misma lógica del agresor.

Además tenemos que perdonar rápido como Jesús para salvar a las almas, para quitarles un peso de encima y para ganar a estas almas para Dios. Dios nos enamora para estar con Él y para sumarnos a esta obra de construcción del reino a través de amor, el perdón y la misericordia. No sabemos cuánto vamos a vivir, por lo que mientras tengamos vida hay que salvar a las almas.
En lo que respecta a nosotros debemos recapacitar también en el dolor que hemos causado, en las injusticias que cometemos y en el mal que hemos hecho. Por eso, no debemos perdonarnos tan rápido a nosotros mismos para que nos duela un poco el mal que provocamos y de esta forma aprendamos bien la lección.

No se trata de fomentar un complejo de culpabilidad sino de dimensionar bien nuestras acciones para valorar más el perdón de Dios, para no negar el perdón a los demás y ser conquistados para siempre por el amor.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.