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Opinión

Era tan hermosa, que cuando se le ha visto una vez, uno querría morirse para volverla a ver

El sábado, para la mayoría de la población, puede ser sinónimo de descanso o de diversión. Se espera este día para divertirse, para encontrarse con los amigos, para relajarse y para convivir en familia.

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Era tan hermosa, que cuando se le ha visto una vez, uno querría morirse para volverla a ver

El sábado, para la mayoría de la población, puede ser sinónimo de descanso o de diversión. Se espera este día para divertirse, para encontrarse con los amigos, para relajarse y para convivir en familia.

Sin embargo, el sábado también tiene otro significado para muchos creyentes. Para Gloria el sábado significa el día en que el amor de Cristo le apremia para visitar a los enfermos, para convivir con ellos y sobre todo para llevarles el alimento que tanto añoran durante la semana.

El sábado es un día para caminar por las calles y colonias de su parroquia. Hay que soportar los días típicos y atípicos en los que cae el sol a plomo y los días fríos y lluviosos que complican el caminar constante, por el lodo y los charcos que se forman. Pero ni estas inclemencias del tiempo ni los achaques considerables de la edad detienen su caminar porque le fortalece saber que dejará un buen sabor de boca en la vida de los enfermos; le fortalece saber que para muchos de nuestros hermanos enfermos la vida merece ser vivida precisamente por ese sábado en el que el pan de los ángeles también será el pan de su vida, el pan de su semana.

Tampoco detienen a Gloria las dificultades para llegar a las casas de muchos hermanos enfermos que viven en la miseria; ni la apatía e indiferencia de algunos familiares que no reparan en la alegría y fortaleza que les deja a los enfermos recibir el pan bajado del cielo.

El sábado a Gloria le sabe a gloria porque ha descubierto que su presencia ante los enfermos, llevando en sus manos el pan eucarístico, es fuente de dicha y felicidad, a pesar de los dolores y sufrimientos que tienen que enfrentar en sus vidas.

Gloria es una de las miles de personas que han sido nombradas como Ministros Extraordinarios de la Sagrada Comunión y que, entre otros servicios, se encargan de apoyar a los sacerdotes visitando a los enfermos para llevarles el pan eucarístico. Dedican toda la mañana del sábado, del lunes, del miércoles o de algún otro día de la semana, siempre con el mismo anhelo de llevarles alegría, paz y esperanza.

Todos estos ministros, hombres y mujeres, realizan esta labor no solamente como un apostolado apremiante en la vida de la Iglesia sino también como una manera muy particular de alcanzar su santificación personal. La situación de los enfermos también los ha evangelizado y les ha permitido valorar otros aspectos de su propia vida cristiana.

Ellos les llevan la hostia consagrada y regresan a sus casas con esa inmensa dicha y satisfacción de haberles llevado el alimento que más anhelan. Pero cada sábado también regresan con una nueva lección, con una nueva enseñanza, porque todos nuestros hermanos que sufren se aferran a la vida y a la fe, luchan como gigantes con los pocos recursos materiales que tienen, le sonríen a la vida como si no estuvieran pasando por esas pruebas y le han encontrado un sentido a la vida abrazando la cruz de Cristo.

En el marco de la fiesta de la Virgen de Lourdes, el 11 de febrero, celebraremos la Jornada Mundial del enfermo. Es también una ocasión maravillosa para agradecer y hacer oración por los ministros extraordinarios ya que siguen haciendo presente a Jesús que sana las heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.

Que las palabras de Santa Bernardita Soubirous, con las que describió su encuentro con la hermosa Señora del cielo, sean el mejor regalo para los ministros de la Sagrada Comunión:
“…apareció en la gruta una bellísima Señora, tan hermosa, que cuando se le ha visto una vez, uno querría morirse con tal de lograr volverla a ver… Ella venía toda vestida de blanco, con un cinturón azul, un rosario entre sus dedos y una rosa dorada en cada pie. Me saludó inclinando la cabeza. Yo, creyendo que estaba soñando, me restregué los ojos; pero levantando la vista vi de nuevo a la hermosa Señora que me sonreía y me hacía señas de que me acercara. Pero yo no me atrevía. No es que tuviera miedo, porque cuando uno tiene miedo huye, y yo me hubiera quedado allí mirándola toda la vida…”

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.