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Opinión

El día que se pierda el horror del aborto será un día terrible para la humanidad

Formamos parte de un pueblo que ha sabido intuir el carácter sagrado de la vida. Por eso hace fiesta y celebra el don de la vida porque la siente en su alma como una bendición. La vida por sí misma muestra su grandeza y su belleza que es captada y reconocida por el pueblo de la vida.

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Formamos parte de un pueblo que ha sabido intuir el carácter sagrado de la vida. Por eso hace fiesta y celebra el don de la vida porque la siente en su alma como una bendición. La vida por sí misma muestra su grandeza y su belleza que es captada y reconocida por el pueblo de la vida.

Nos sentimos en deuda y por eso buscamos la manera de mostrar nuestra gratitud por el don de la vida. Nace del corazón y surge de manera espontánea hacer fiesta y celebrar la vida propia y de las personas que queremos.

Esto que caracteriza a los seres humanos lo notamos de manera más acentuada en los mexicanos. Nuestro pueblo se regocija y se desborda en detalles para celebrar la vida.
Cuando celebramos la recuperación de alguien que queremos, la superación de sus problemas y especialmente el cumpleaños, le estamos expresando a esa persona que la amamos, que sentimos su vida como una bendición y que ha llegado a convertirse en causa de nuestra alegría.

Así lo experimentamos con nuestros amigos y seres queridos, pero especialmente con los niños. Los bebés llegan a nuestras familias y se convierten en causa de nuestra alegría. Agradecemos que hayan llegado a cambiarnos la vida, a despertar nuestros más profundos sentimientos y a humanizarnos más, hasta dar la vida por ellos.

Además de sentir que su vida es una bendición, nos maravillamos con su inocencia, con su pureza y con su gracia que nos llevan a percibir los movimientos más profundos de nuestra alma. ¡Qué maravillosa es la vida! Un poeta, por eso, escribió que: “Los niños vienen a la tierra con todo el cielo enredado en los ojos”. Y Dante Alighieri sostiene que “…Tres cosas nos han quedado del Paraíso: las estrellas, las flores y los niños”.

Los niños además de movernos al amor y de despertar los más profundos sentimientos nos ayudan a reconocer la capacidad de donarnos, de proteger a los más indefensos y de cobijar apaciblemente la vida inocente, tierna y sagrada que se nos confía.

Por eso cuesta mucho entender lo que ha pasado para que gobernantes, legisladores y activistas exijan el aborto. Y duele tanto ver cómo celebran la aprobación de leyes abortivas, como si se tratara de una conquista de civilización.

La sangre que se ha derramado en este suelo bendito ante miles de asesinatos seguirá corriendo por el aborto que ha sido despenalizado en Oaxaca y que al mismo tiempo se corea y se ve con simpatía por grupos y legisladores que lo exigen en todo el país.
¿Cómo celebrarán estas personas la vida de sus seres queridos? ¿Qué les provoca la mirada de un bebé? ¿Cómo ver a un niño después de que se exige su asesinato desde el vientre materno? ¿Cómo reaccionan ante los niños que corren confiados para que los acojamos en brazos con ternura y protección?

El mes de la patria que guarda celosa y orgullosamente historias de grandeza, por las páginas de gloria que se han escrito, guardará también historias de bajeza e ignominia, como la que se acaba de escribir en el Estado de Oaxaca.

Un estado de alma grande, por su historia y su cultura que proyectan el nombre de México más allá de nuestras fronteras, ha sido ahora deshonrado por un grupo de legisladores que ha dejado de representar a México para enarbolar intereses extranjeros que de esta forma están colonizando a nuestro país por medio de la ideología de género.

Qué cinismo hablar de “interrupción del embarazo” y peor todavía hablar de “ampliación de derechos”. Qué discurso ideológico tan privado de lógica, ciencia, filosofía y sentido común. Lamentablemente han perdido el sentido del bien, el sentido común, el sentido del pecado y el sentido de lo sagrado.

En alguna ocasión el P. Pío de Pietrelcina se refería de esta forma al aborto: “El día en que los hombres, asustados por el estampido económico, de los daños físicos o de los sacrificios económicos, pierdan el horror del aborto, será un día terrible para la humanidad… El aborto no es solamente homicidio también es suicidio…”

Se está perdiendo el horror al aborto y se mutila nuestra verdadera humanidad. Con injusticias como estas no hay un mañana porque además de provocar la muerte de muchos inocentes se mutila en las nuevas generaciones la capacidad de respetar, acoger y quedar maravillados con el don de la vida.

La celebración de la vida nos remite a nuestro nacimiento, al momento de mayor indefensión en el que fuimos amados, protegidos y aceptados por nuestros padres y por una generación que contemplaba la maravilla y la belleza de la vida. Sin la convicción de esa generación no estaríamos aquí, ni tampoco habría diputados. ¡Qué deslealtad e ingratitud pedir la muerte para otros, cuando se protegió su vida, exigir el aborto porque ya nacieron!

Con leyes de muerte se acabarán las flores y dejarán de cantar los ruiseñores, siguiendo la lógica del cancionero mexicano que se alegra con el don de la vida: “El día que tú naciste nacieron todas las flores y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores”.
Es cuanto, señoras y señores diputados.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.