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viernes, septiembre 25, 2020

El fino control entre glucosa y estrés

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Dr. Alexander O. Krouham

El estrés no es cosa de risa; el estrés lastima, trunca oportunidades y acorta vidas. Es un monstruo de mil caras, donde la angustia y la depresión son sólo algunas de ellas pero la obesidad y la compulsión por comer también lo son. ¿En realidad existe el “gordito feliz”, o más bien se trata de una persona frustrada, desmotivada y preocupada por su incapacidad para bajar de peso y por los riesgos para su salud que ello representa?

Hablamos de los desequilibrios metabólicos cómo si fueran condiciones que dependiesen de la herencia o de actitudes, como si el individuo que los padece quisiera encontrarse en esa situación y no se esforzara por corregirla. Nada más alejado de la realidad. En muchos casos existen alteraciones genéticas, químicas, hormonales, intestinales y de otros tipos, responsables de la resistencia a insulina, la obesidad y la diabetes.

Estos problemas se vinculan estrechamente con el estrés en una relación bidireccional, donde una cosa lleva a la otra y viceversa. Las preguntas planteadas en el artículo de “Estrés y Adaptación” están diseñadas para desenmascarar los diversos mecanismos fisiológicos involucrados en estas descompensaciones:

¿Experimentas mareo, temblor o neblina mental entre o después de comidas? La pérdida de concentración, el cansancio y sueño excesivo en ciertos horarios no necesariamente son por aburrimiento.

La glucosa (coloquialmente conocida como “el azúcar en la sangre”) es la fuente primaria de energía para el organismo en general y la única para el cerebro. Proviene de todo tipo de alimentos (incluso grasas y proteínas) y su concentración fluctúa todo el tiempo de acuerdo al consumo alimentario, la actividad física y el estrés. En ayuno prolongado puede bajar mucho (hasta 35 mg/dl en la mujer y 40 en el varón) sin producir síntomas, pero cuando disminuye en forma brusca genera una crisis ya que el cerebro pierde su combustible. En esas circunstancias se liberan 4 hormonas, incluidas adrenalina y cortisol (mediadoras del estrés agudo y crónico), que tienen el efecto contrario a la insulina, sacan la glucosa de las células para elevarla en sangre.

Man Pinching Nose Close-up Photo

¿Frecuentemente evitas o retrasas comidas? ¿Se te “cierra el estómago” cuando estás bajo tensión? En estrés de larga duración una de cada tres personas pierde el apetito, a pesar de lo cual el exceso de cortisol produce depósitos de grasa en células abdominales.

En estos casos el hambre activa el proceso ya mencionado y el metabolismo se hace más lento e ineficiente, contribuyendo a mayor acumulación de grasa.

Desmitificando obesidad, resistencia a insulina y diabetes

Estrés y adaptación

¿Frecuentemente presentas antojos de azúcar o carbohidratos? El eslogan comercial “A que no puedes comer sólo una” es real. La industria alimentaria sabe que el azúcar es la sustancia más adictiva que existe, por eso la utiliza en la elaboración de muchos de sus productos para que los consumamos más.

Existen genes que regulan la compulsión por comer, pero eso no significa que estemos indefensos ya que nosotros los activamos dependiendo de qué y cuánto ingerimos. Además, en momentos de depresión y ansiedad buscamos alimentos dulces pues estimulan la producción de la dopamina, el neurotransmisor con efecto gratificante y tranquilizador.

¿Consumes azúcares o carbohidratos refinados en exceso? Al margen de lo ya comentado, los dulces y postres en general se absorben rápidamente por el intestino, forzando al organismo a producir grandes cantidades de insulina y depositándose en forma de grasa en el hígado. También estimulan al sistema nervioso central, propiciando inquietud, ansiedad y pérdida de concentración; muestra de ello es lo que ocurre cuando los niños comen mucha azúcar: se ponen como demonios, se irritan, no pueden dormir y todos la pasamos mal. En conjunto, estos efectos desencadenan respuestas de estrés.

Baked Bread on White Plate

¿Padeces diabetes o pre – diabetes? ¿Te quedarías tranquila(o) si te dijeran que tienes una enfermedad crónica, que puede crear graves complicaciones futuras y que de ahora en adelante requerirás de tratamientos y cambios importantes en tus hábitos de vida? Seguramente no. Un diagnóstico de este tipo implica confrontarnos con nuestra vulnerabilidad y finitud, y eso no pasa desapercibido. Más aun, considerando que ya hubieses asumido esta nueva realidad eso no significa que te mantendrás en total control y que serás inmune a descompensaciones y malestares.

El estrés asociado a estos problemas tiene un doble origen, físico y emocional. Es consecuencia pero también causa de los desequilibrios y con frecuencia opera como un perpetuador y mediador del trastorno metabólico.

¿Consumes alcohol o cafeína con regularidad? Recurrir a estos productos refleja la necesidad de relajación o bien de activación para conservar funcionalidad. Su ingesta constante y en cantidades crecientes es señal de que la persona se encuentra alterada.

Se piensa que el alcohol es un relajante y que ayuda a dormir, sin embargo, actúa como estimulante y produce sueño superficial, agitado y no reparador.

Cuando el estrés ha sido de larga duración puede precipitar la incapacidad para seguir fabricando cortisol, la denominada fatiga adrenal, manifestándose como cansancio extremo.

La interacción bidireccional entre estrés y desequilibrio metabólico existe tanto para el origen como para el tratamiento, si no se revierte uno no se corregirá el otro. El abordaje integral de la Medicina Funcional promueve la optimización de los hábitos de vida, como eje terapéutico primario, en asociación a medidas de apoyo adrenal y técnicas de medicina mente – cuerpo.

Para más información del tema visita Vita Plenus

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