En el umbral de la palabra, allí donde el tiempo se curva y la memoria arde sin consumirse, comparece el nombre de Martha Elsa (aquella que tantas veces me llamó su joven amigo) no como quien ha partido, sino como quien ha sido convocada por el eco antiguo del parnaso, donde las voces no mueren: se transfiguran.
Si uno atendiera al susurro de las pitonisas, se diría que su obra no fue únicamente una suma de libros, sino una navegación, un navío de tinta que, como aquellos que zarparon de Veracruz hacia el orbe, llevó consigo la sal de la identidad y la obstinación de la palabra.
En su travesía, no fue autora solitaria, sino arquitecta de comunidad al frente de la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos, tejió un territorio invisible donde la literatura dejó de ser isla para convertirse en archipiélago, cada voz encontraba puerto y resonancia.
Así, su legado recuerda a aquellos jardines de Solentiname donde tantas tardes el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal sembró una utopía, la de una poesía que no se limita a la contemplación, sino que se encarna en lo colectivo, en la dignidad de los pueblos y en la mística de lo cotidiano.
No es casual, dirían los escribas antiguos, que en la órbita de Durazo Magaña aparezca la gravitación de Cardenal, ambos comprendieron que la palabra es acto, que el verso puede ser también una forma de justicia.
En ese espejo, su paso por encuentros, antologías y foros, donde convocó generaciones enteras de escritores, se vuelve una liturgia civil. No eran simples reuniones, sino ceremonias donde la palabra se reafirmaba como herencia viva, como llama que se transmite de mano en mano, casi en secreto, casi en resistencia.
En la obra de Martha hay una constante: la voluntad de permanencia. No la permanencia estática del mármol, sino la dinámica del río que fluye y, sin embargo, conserva su nombre. Sus textos no son únicamente géneros, son estaciones de un mismo itinerario espiritual, donde el lenguaje se vuelve refugio frente al olvido.
Ahora que su presencia se ha retirado de la escena visible, queda la otra dimensión, la que los griegos llamaban “aletheia”, el desocultamiento. Porque morir, nos enseñan los antiguos, no es desaparecer, sino cambiar de plano en la arquitectura del sentido. En ese tránsito, la voz de Martha Elsa no se extingue, se disemina.
Quizá por ello, si uno afinara el oído en los corredores del tiempo, escucharía aún su voz entre las hojas de los libros, en las mesas de lectura, en los encuentros donde alguien, sin saberlo, repite el gesto que ella inició: convocar, unir, sostener.
Y entonces el oráculo, diría, antes de despedirle; “No preguntes por su ausencia, pregunta por la forma en que su palabra aprendió a quedarse”. Es cuanto.
Por Mtro. Luis Fernando Ruz Barros/ El Dictamen
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