Las películas de grandes magnitudes visuales siempre llaman la atención del público, pero bien es cierto que aquellas que tienen que ver con el espacio, no precisamente son las que logran mayor ingreso en las salas de cine. La misión siempre es buscar mostrar una historia que nos logre atrapar, en especial cuando su duración es mayor a dos horas, y eso es algo que logra desde el primer momento “Proyecto fin del mundo”, que además de que se disfruta totalmente en una pantalla IMAX, a la que además se le valora el sonido, su historia es lo suficientemente emotiva y significativa para hacerla especial, y para brindarnos una amistad que resulta inolvidable entre un humano desconfiado de sí mismo, y una extraña criatura en forma de roca que nos demuestra la importancia de saber trabajar en equipo y valorar la oportunidad que da la vida.

El filme protagonizado por Ryan Gosling y producido por los directores Phil Lord y Christopher Miller, logra combinar espectáculo, ingenio y una narrativa fresca que conecta con el público, con una historia llena de tensión, emoción y giros inesperados, en la que conocemos a un profesor de ciencias de nombre Ryland Grace (Ryan Gosling) quien se despierta en una nave espacial a años luz de casa sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí. A medida que recupera la memoria, empieza a descubrir su misión: resolver el enigma de la misteriosa sustancia que provoca la extinción del sol en un par de años, por lo que la humanidad desaparecería. Es así como deberá recurrir a sus conocimientos científicos y a sus ideas poco ortodoxas para salvar todo en la Tierra de la extinción, olvidándose por completo de aquel refugio que sentía al ser un sencillo maestro de escuela, poco social y del que sus ideas no eran del todo aceptadas, para dar paso ahora a una amistad inesperada que hará que no tenga que hacer este trabajo solo.

Basada en una novela de Andy Weir, el célebre autor de ciencia ficción, la película se permite retomar la fórmula clásica del cine espacial, sabiendo muy bien, en cierto modo, que debe apostar muy alto para llamar la atención, y después de vivirla y experimentarla en la sala de cine, podemos decir que se logra principalmente por el carisma que le impregna a su actuación Ryan Gosling, que aquí interpreta a un profesor de secundaria común y corriente, que se despierta repentinamente a bordo de una nave espacial, sin tener idea de dónde ni cómo llegó allí, pero que se sorprende al ver que es el último superviviente de una expedición vital, ubicada a varios años luz de la Tierra, para encontrar la manera de salvar su planeta. Completamente desorientado, el hombre, que también tiene un doctorado en biología, encuentra un poderoso aliado en un extraño extraterrestre, que también intenta defender su hogar de una extinción inminente. Nombrándolo Rocky y comenzando a entablar una amistad significativa con la extraña criatura, comenzaremos a navegar entre una serie de flashbacks que nos permitirán un recorrido por el pasado del protagonista para ir revelando poco a poco cada una de las dudas que tiene y la realidad de lo que está viviendo, pero también tratando de sacarle el mejor provecho a la experiencia que le permitirá lograr su meta de poder ser alguien que aporte a la ciencia.

Entre amnesia y alternando secuencias espaciales, la cinta encuentra su ritmo ideal después de media hora, centrándose en la amistad extraterrestre, basada en la soledad compartida y una búsqueda desesperada de identidad, demostrando que la comunicación y el encuentro entre dos protagonistas completamente opuestos es el hilo narrativo que viviremos llenos de emoción en todos los sentidos, acompañados por la fotografía de Greig Fraser y el cuidado diseño de producción, agregándose la profundidad que dan a sus personajes desde los principales hasta los secundarios, todos con motivos y con el valor emotivo necesario, permitiéndose varios momentos cómicos de situación y la elección de tracks musicales ideales para acompañar los episodios que cada uno vive.

A medida que avanza el filme, la amistad entre Grace y ROCKY crece en complejidad y vitalidad, culminando en una desgarradora media hora final en la que, después de dos horas de espectáculo, la cinta parece alcanzar un equilibrio entre la ternura de su vínculo y la intensidad de su propósito compartido, en el que si bien el cine suele obsesionarse con rescatar a la Tierra de una catástrofe inminente, esta película se anima a plantear que podría existir una vida más serena, en algún rincón sumamente remoto en el que podrás lograr sentirte pleno sin importar que a tu alrededor no existan precisamente seres humanos similares a ti.
