A punto de celebrar el Día Nacional del Maíz Mexicano – 29 de septiembre – cobra relevancia el resultado del estudio realizado por el agrobotánico ruso Nikolai Vavilov en el cual reconoce a nuestro país, con todo el rigor científico de dar origen de esta planta cuyos beneficios aparecen diversificados por casi todo el planeta.
Esta historia transmitida de generación en generación comenzó con un pariente lejano y salvaje, el teocintle, hace más de 8700 años en tierras de Mesoamérica, aquí, nuestros antepasados descubrieron el potencial de este pasto silvestre sometido a un proceso de domesticación que duró miles de años hasta lograr el maíz actual.
Nuestra semilla no sólo es un alimento se trata de una biblioteca genética con 20 cromosomas y más de 55 genes, tesoro biológico perfeccionado a lo largo de 10 milenios, elementos que el soviético referido al principio en 1931 lo motivaron a señalar: “México es el centro del origen del maíz”, como lo demuestran las evidencias de cuevas localizadas en Guerrero, Oaxaca y Puebla; de las 400 razas de maíz existentes en el mundo, 59 son nativas de México, herencia que los mexicanos hemos protegido.
Investigación reciente
En información recabada por el ingeniero Francisco Javier Ugalde Acosta, destaca el trabajo del Inifap que data del 2010 con la recolección de 6500 muestras y los investigadores descubrieron que, en lugar de 25, México alberga 59 razas nativas, una gran biodiversidad y lo importante que resulta su protección.
A fin de resguardar este legado nuestro país cuenta con una fortaleza denominada Centro Nacional de Recursos Genéticos construida en algún lugar de Jalisco – tema estratégico -.
Este edificio de grandes alcances, puede resistir desastres, funciona como un “Arca de Noe” para la biodiversidad agroalimentaria con capacidad para almacenar 3 millones de muestras de especies, inversión estratégica que asegura nuestro futuro. Ahora bien esa salvaguarda va más allá de nuestras fronteras al disponer de una “Bóveda del Fin del Mundo” con sede en Noruega, ubicada a 130 metros de profundidad en el Ártico.
Están depositadas más de 1.2 millones de semillas, una de cada 6 son mexicanas.
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