Al aceptar el paso de los años, sabemos que eso va a representar una serie de cambios que van desde lo físico hasta lo existencial, el cuerpo ahora se agota con mayor facilidad y se vive en una nostalgia eterna ante la falta de seres queridos a nuestro lado. De eso va “La grazia: La belleza de la duda” una cinta que puede ser señalada de lenta, pero que se atreve a dar sorpresas su narrativa con momentos cómicos bien colocados dentro de la ansiedad con la que vive un hombre maduro que está a punto de concluir un cargo importante, y esa llegada de un sonido electrónico y canciones “modernas” que viven a conocer por completo el ambiente que creíamos sería en que veríamos en esta cinta que trae consigo la dupla muy efectiva que se ha logrado entre el director Paolo Sorrentino y el actor Toni Servillo, quienes se permiten un drama bien estructurado y actuado por su protagonista, con un toque de surrealismo que se apodera y le da la atmósfera especial y peculiar a la cinta.

Mariano De Santis, presidente (ficticio) de la República italiana, es un veterano político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre varias importantes decisiones que debe tomar, en especial sobre si aprueba o no una ley de eutanasia, planteándose un gran dilema moral, en especial por la cercana relación que lleva con el papa negro en su actualidad. Pero al vivir los últimos meses de su mandato, el recurso de su esposa fallecida lo carcome día y noche, llevando un fuerte dolor interno que explota al tiempo en que recuerda que desde hacía varios años ésta me era infiel con un hombre.
La película está estructurada alrededor de los asuntos que el Presidente debe afrontar, desde una ley de eutanasia a la que le da vueltas y vueltas, la grazia o indulto a dos personas que por diferentes motivos asesinaron a sus perspectivas parejas y por la relación algo intensa que lleva con sus hijos, uno de ellos al que casi no ve, y la otra que trabaja con él pero siempre defienden sus ideologías diferentes, lo que los hace chocar en opiniones, pero también está angustiado por saber qué hacer con el astronauta italiano que está en el espacio, y con Elvis, su caballo que por la edad comienza a tener malestares que lo lleva a vivir unos días de agonía.

Pero lo que más le molesta a nuestro querido presidente, y que le carcome la existencia, es algo que sucedió no ahora, sino hace mucho, ya que Aurora, “la mujer perfecta”, como sabe definirla, lo engañó y nunca le dijo con quién. Él tiene su candidato, un viejo compañero del colegio, que ahora integra su gabinete y que quiere sucederlo en la presidencia, pero las sorpresas llegarán en el camino de su búsqueda en la que tiñe la esperanza de dar con la verdad para poder estar en paz ahora que ha decidido renunciar a su puesto unos días antes de la conclusión, para poder tener derecho de votar por su sucesor.

El filme se permite ahondar en las decisiones del poder, pero hasta con cierto grado lleva a su protagonista a un dejo de ternura, en especial por la calidez con la que interpreta su papel, sintiendo con él ese espacio de soledad mortal que lo hace permanecer incómodo en cada una de sus actividades, y que pese a que se encuentra rodeado de trabajadores que lo apoyan y asisten en todo lo que necesita, no se siente del todo feliz, por lo que su dolor se convierte en una desesperación por entender los motivos de su esposa fallecida al tiempo en que se lleva una sorpresa que a los espectadores tomará por sorpresa: La esposa lo engañaba con su amiga cercana y de confianza.

Esta cinta italiana, visualmente es deslumbrante, elegante, con un brillo seductor pero con un toque de calidez abrazable que se siente durante sus dos horas entre el perdón, la empatía, la comprensión y la experiencia de los años, y se muestra como una obra sobre la fragilidad, la duda como forma de sabiduría y la manera en que las cicatrices moldean la identidad más que cualquier ideología.
