Por: Anahí Yopihua
Son las ocho de la noche. No es tan tarde. María camina a la parada habitual donde toma su ruta de transporte público para ir a casa y acelera el paso al doblar la esquina, no porque tenga prisa, sino porque la calle está oscura y no hay nadie más caminando. Su cuerpo lo sabe antes que su mente: aquí no se siente tranquila. No es la primera vez que acelera el paso en ese tramo, ni tampoco es la única. Sin darse cuenta, su cuerpo ha aprendido a leer la ciudad: dónde hay sombras demasiado densas, dónde los árboles cubren la luminaria, dónde los muros son demasiado altos y no hay ventanas que miren hacia la calle, ahí debe tomar sus precauciones. Mañana tal vez elegirá una ruta un poco más larga, pero más iluminada, evitará
cierta esquina, avisará por mensaje que ya va en camino. Durante el trayecto tal vez sostendrá las llaves de su casa entre los dedos para abrir la puerta lo más rápido posible y sentirse un poco más a salvo. Son pequeños gestos, tan cotidianos que parecen normales. Pero no lo son.
Lo que María siente no es exageración ni paranoia, es percepción de inseguridad; es diseño urbano, o más bien, ausencia de él. Y la percepción también forma parte de la ciudad, aunque no aparezca en los planos ni en los reglamentos.

Son las ocho de la noche. No es tan tarde. María camina a la parada habitual donde toma su ruta de transporte público para ir a casa y acelera el paso al doblar la esquina, no porque tenga prisa, sino porque la calle está oscura y no hay nadie más caminando. Su cuerpo lo sabe antes que su mente: aquí no se siente tranquila. No es la primera vez que acelera el paso en ese tramo, ni tampoco es la única. Sin darse cuenta, su cuerpo ha aprendido a leer la ciudad: dónde hay sombras demasiado densas, dónde los árboles cubren la luminaria, dónde los muros son demasiado altos y no hay ventanas que miren hacia la calle, ahí debe tomar sus precauciones. Mañana tal vez elegirá una ruta un poco más larga, pero más iluminada, evitará
cierta esquina, avisará por mensaje que ya va en camino. Durante el trayecto tal vez sostendrá las llaves de su casa entre los dedos para abrir la puerta lo más rápido posible y sentirse un poco más a salvo. Son pequeños gestos, tan cotidianos que parecen normales. Pero no lo son.
Lo que María siente no es exageración ni paranoia, es percepción de inseguridad; es diseño urbano, o más bien, ausencia de él. Y la percepción también forma parte de la ciudad, aunque no aparezca en los planos ni en los reglamentos.
Cuando muchas mujeres modifican su trayecto, su horario o su forma de caminar por estas razones, ya no hablamos de una experiencia individual, hablamos de un fenómeno colectivo. Hablamos de cómo el espacio público puede limitar —de manera silenciosa— la autonomía de quienes lo habitan. La ciudad no solo se construye con concreto y asfalto, también se construye con sensaciones: iluminación adecuada que genera confianza; diversidad de actividades que genera presencia constante de otras personas y, con ello, vigilancia natural. Cuando estos elementos faltan, el cuerpo lo resiente, y aunque nadie lo registre en una estadística cotidiana, ese ajuste constante del andar de muchas mujeres, ese cálculo mental antes de doblar la esquina también es una forma de habitar la ciudad.
María no sabe que la ciudad fue pensada sin ella en mente, y no porque alguien decidiera excluirla de forma explícita, sino porque durante mucho tiempo se asumió que había un “usuario promedio” al que había que responder. Ese usuario salía de casa por la mañana, se trasladaba al trabajo y regresaba al final de la jornada laboral, sin tener que ajustar sus pasos ni calcular sombras. Su tiempo estaba organizado en torno a su actividad productiva, sus trayectos eran directos, la vida doméstica y las tareas del cuidado quedaban fuera del mapa urbano, como si pertenecieran a otra esfera, menos visible y menos planificable.
Las ciudades crecieron priorizando esa lógica, la del desplazamiento rápido, la eficiencia productiva, el flujo vehicular; para lograrlo, se ampliaron avenidas que pretendían acortar tiempos de traslado —sin lograrlo del todo—, se zonificaron actividades: el espacio se organizó pensando en funciones separadas, vivir en un sitio, trabajar en otro, comprar en otro más. Pero la vida cotidiana rara vez funciona de manera tan ordenada y lineal; muchas
personas —particularmente muchas mujeres— no hacen un solo trayecto al día, sino varios, organizando sus recorridos en cadena: llevar a un hijo a la escuela, pasar por el mercado, acompañar a una persona mayor a consulta, regresar al trabajo, volver a salir. Sus recorridos son múltiples y no responden solo a la productividad, sino a los cuidados; la ciudad no siempre fue pensada para esa superposición de tiempos y responsabilidades. Sin embargo, esa complejidad no siempre fue considerada un dato urbano, la planeación urbana se enseñó y se practicó durante décadas como un ejercicio técnico y aparentemente neutral. Y toda técnica responde a prioridades, durante décadas la prioridad fue mover autos más que acompañar cuerpos; acelerar el tránsito más que garantizar permanencias seguras. Por eso María ha aprendido a adaptarse, porque la ciudad fue diseñada pensando en alguien que no es exactamente ella. Reconocerlo no es un gesto ideológico, es un ejercicio de justicia espacial. Y también es el primer paso para transformar la ciudad.
Cuando muchas mujeres modifican su trayecto, su horario o su forma de caminar por estas razones, ya no hablamos de una experiencia individual, hablamos de un fenómeno colectivo. Hablamos de cómo el espacio público puede limitar —de manera silenciosa— la autonomía de quienes lo habitan. La ciudad no solo se construye con concreto y asfalto, también se construye con sensaciones: iluminación adecuada que genera confianza; diversidad de actividades que genera presencia constante de otras personas y, con ello, vigilancia natural. Cuando estos elementos faltan, el cuerpo lo resiente, y aunque nadie lo registre en una estadística cotidiana, ese ajuste constante del andar de muchas mujeres, ese cálculo mental antes de doblar la esquina también es una forma de habitar la ciudad.
María no sabe que la ciudad fue pensada sin ella en mente, y no porque alguien decidiera excluirla de forma explícita, sino porque durante mucho tiempo se asumió que había un “usuario promedio” al que había que responder. Ese usuario salía de casa por la mañana, se trasladaba al trabajo y regresaba al final de la jornada laboral, sin tener que ajustar sus pasos ni calcular sombras. Su tiempo estaba organizado en torno a su actividad productiva, sus trayectos eran directos, la vida doméstica y las tareas del cuidado quedaban fuera del mapa urbano, como si pertenecieran a otra esfera, menos visible y menos planificable.
Las ciudades crecieron priorizando esa lógica, la del desplazamiento rápido, la eficiencia productiva, el flujo vehicular; para lograrlo, se ampliaron avenidas que pretendían acortar tiempos de traslado —sin lograrlo del todo—, se zonificaron actividades: el espacio se organizó pensando en funciones separadas, vivir en un sitio, trabajar en otro, comprar en otro más. Pero la vida cotidiana rara vez funciona de manera tan ordenada y lineal; muchas
personas —particularmente muchas mujeres— no hacen un solo trayecto al día, sino varios, organizando sus recorridos en cadena: llevar a un hijo a la escuela, pasar por el mercado, acompañar a una persona mayor a consulta, regresar al trabajo, volver a salir. Sus recorridos son múltiples y no responden solo a la productividad, sino a los cuidados; la ciudad no siempre fue pensada para esa superposición de tiempos y responsabilidades. Sin embargo, esa complejidad no siempre fue considerada un dato urbano, la planeación urbana se enseñó y se practicó durante décadas como un ejercicio técnico y aparentemente neutral. Y toda técnica responde a prioridades, durante décadas la prioridad fue mover autos más que acompañar cuerpos; acelerar el tránsito más que garantizar permanencias seguras. Por eso María ha aprendido a adaptarse, porque la ciudad fue diseñada pensando en alguien que no es exactamente ella. Reconocerlo no es un gesto ideológico, es un ejercicio de justicia espacial. Y también es el primer paso para transformar la ciudad.
