Este 17 de abril se conmemora el aniversario luctuoso de Sor Juana Inés de la Cruz, una de las más grandes figuras de la literatura y el pensamiento en México y el mundo hispanohablante. Nacida en 1648 en Nepantla, Estado de México, Sor Juana fue una monja carmelita, escritora, filósofa y poeta que rompió con las normas de su tiempo, defendiendo el derecho de las mujeres a la educación y la libertad intelectual.
Conocida como “La Décima Musa“, Sor Juana dejó un legado literario impresionante. Su obra más emblemática, Inundación castálida, recoge una serie de poemas que destacan su erudición y su dominio del idioma. Además de su poesía, sus ensayos, como la Carta atenagórica y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, reflejan su lucha por el acceso al conocimiento.

Sor Juana desafió las restricciones sociales y eclesiásticas de la Nueva España, luchando por una vida intelectual plena para las mujeres, aunque debido a las presiones, tuvo que abandonar su vida académica en el convento. Sin embargo, nunca dejó de escribir ni de abogar por la libertad de pensamiento.
En su aniversario, recordamos no solo su impacto en la literatura, sino también su influencia en los movimientos feministas y en la lucha por los derechos de las mujeres. Sor Juana sigue siendo un símbolo de resistencia y un referente para las generaciones actuales.

A continuación, compartimos algunos de sus poemas más emblemáticos:
“Amor empieza por desasosiego“
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
“Soneto V”
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor hallo diamante;
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a este pago, padece mi deseo:
si ruego aquel, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.
“A su retrato”
Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
“Al mismo”
Detén el paso, caminante, advierte,
que aun esta losa guarda enternecida,
con triunfos de su diestra no vencida,
al Capitán más valeroso, y fuerte.
Al duque de Veragua ¡oh triste suerte!
que nos dio en su noticia esclarecida,
en relación, los bienes de su vida,
y en posesión, los males de su muerte.
No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,
la losa, que piadosa le recibe,
pues porque a su vivir el culto enlace.
Aunque el mármol su muerte sobrevive,
en las piedras verás el «aquí yace»,
más en los corazones, «aquí vive».
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