Lo salude sin saber que nos estábamos viendo por última vez: Gómez Cazarín

Estamos agraviados y queremos justicia.

Juan Javier Gómez Cazarín

Coincidí con Juan Carlos Molina Palacios en el Congreso del Estado un año y días. Se excusó de asistir a la sesión del 5 de noviembre, cuando iniciamos el Segundo Año del Periodo Constitucional. Así que no recuerdo exactamente cuándo lo saludé por última vez. Seguramente eso es porque, como siempre ocurre, lo saludé sin tener la menor idea de que nos estábamos viendo por última vez.

¿Quién podría imaginar otra cosa? Un hombre sano, joven, con la energía desbordante de la gente de campo, con dos años de encargo Legislativo por delante y una galaxia de proyectos personales y políticos.

El sábado estaba yo en Coatzacoalcos a punto de participar en un acto de entrega de escrituras cuando todo Veracruz se sacudió con la noticia: criminales cobardes le arrebataron la vida a Juan Carlos a las puertas de su casa.

Quiero hacer una precisión que a la vez dibuja una convicción personal: el crimen de Juan Carlos no nos duele porque era Diputado. Su crimen nos agravia porque era un ser humano, como cualquiera, que no merecía, como nadie merece, morir a manos criminales.

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Tampoco nuestra exigencia de justicia obedece a su investidura. De nuevo: todos los crímenes, de cualquier persona, en cualquier circunstancia, merecen ser aclarados. Ninguna víctima -ni sus deudos- puede descansar en paz mientras la justicia no alcance a sus victimarios.

Puntualizado lo anterior, subrayo: estamos agraviados y queremos justicia.

El año que Juan Carlos estuvo entre nosotros dejó una huella muy grata en el Congreso. La suya era una voz valiente y poderosa en la tribuna. Y fuera de la tribuna tampoco era precisamente inadvertido. Su actitud franca y sin vueltas, su saludo de frente, le ganó simpatías entre las diputadas y diputados de todos los partidos.

Fue fácil volverme amigo de Juan Carlos: él de la Cuenca y un servidor sureño, ambos con profunda identificación con el campo, en más de una ocasión defendimos posturas coincidentes. Hablábamos el mismo lenguaje.

Juan Carlos era un hombre de familia, orgulloso de sus orígenes en el campo y cuyos logros ganaderos llevaron su nombre y el de Veracruz a palestra de los concursos internacionales. Veo sus fotografías en redes sociales. Lo veo así: con su ganado obteniendo premios, disfrutando con su familia, recorriendo la Cuenca del Papaloapan -que conocía perfectamente- conviviendo afectuoso con su gente.

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