Para aquellos con fe, ninguna evidencia es necesaria; para aquellos sin fe, ninguna evidencia es suficiente

La fe ha llegado a nuestra vida como un don de Dios. La sentimos, llegamos a tener una profunda experiencia de ella, aunque no siempre tengamos las palabras exactas para explicarla. De hecho, el don de la fe es más susceptible de mostrar que de demostrar.
Por supuesto que hay una fundamentación profunda para explicar la dinámica de la fe, pero la mayor prueba es esa forma viva, sincera, alegre y festiva como nuestra gente muestra la fe. Para nuestro pueblo esa es propiamente su forma de demostrarla, no con teorías y palabras refinadas, sino con la alegría, la perseverancia y la fortaleza que deja la fe en la vida de los creyentes.

Llega el momento en que ciertamente necesitamos regresar sobre los fundamentos de la fe, pero de suyo la fe se vive y se siente; la fe nos habita más allá de lo que nosotros nos permitamos explicar por medio de nuestra inteligencia.

Nuestro Señor Jesucristo se refiere a la naturaleza de la fe después de la resurrección, ante las dudas del apóstol Tomás. Una vez que Tomás exclama “Señor mío y Dios mío”, después de ver y tocar las heridas de Jesús, el Señor le dice: “Tú crees porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20,29).

No se trata de ver para entonces comenzar a creer, dejando a la inteligencia el control y la dirección de un don que no se puede controlar porque es un don que de suyo llega a desbordar el poder de nuestra inteligencia.

Por lo tanto, no se trata de ver para creer sino de creer para poder ver. También en este caso creer es un acto inteligente porque para ver más claramente se trata primero de abrirnos a una realidad que es más profunda que nuestra inteligencia y que tiene una naturaleza muy diferente a nuestra manera de entender, explicar y conocer las cosas.
Dice Fabrice Hadjadj: “Para creer, Tomás pide no sólo ver, sino meter su dedo en las llagas del Resucitado. Exige una especie de milagro al revés. En un milagro normal, las llagas desaparecen. Con el Resucitado, las llagas permanecen para la eternidad. Es lo que espera Tomás, porque él rechaza una gloria espiritualista que no se tome en serio las tragedias de la historia, que rechace el horror como si no hubiera existido”.

Cuando la fe no va acompañada de un estilo de vida no siempre nos alcanza para iluminar los grandes misterios de la vida y para sostenernos en las pruebas. No nos alcanza no porque la fe sea de corto alcance y nos otorgue un conocimiento limitado sino porque no vivimos la fe, no nos implicamos en una vida de fe, y por eso no alcanzamos la visión y las bondades de una vida de fe.

Quisiéramos los dones y los frutos de la fe pero sin recorrer su camino, y al desalentarnos y desesperarnos por no lograr los resultados renegamos de una vida de fe, descalificamos su dinámica y sin que nos conste el poder de una vida de fe negamos lo que no pudimos alcanzar por falta de esfuerzo.
Se nos hace muy fácil, entonces, decir que no existe la resurrección, que la vida se acaba con la muerte y que Dios no existe. Nos pronunciamos con autoridad sobre una materia tan delicada, simplemente porque no aceptamos la fatiga y la dinámica de la fe.
No nos esforzamos para caminar en la fe, no aceptamos su propia dinámica como se acepta la dinámica del conocimiento científico, pero al final pretendemos hablar con autoridad afirmando que Dios no existe.

En otras áreas nos movemos con cautela y honestidad para no descalificar a priori lo que no nos consta ni hemos estudiado. Yo no tengo los elementos suficientes para explicar la consistencia del sol ni el carácter maravilloso del universo. Pero me fío de los científicos y de los que se han consagrado a esta investigación.

Yo cito, por ejemplo, algunas cosas que corresponden a otras ciencias con el respeto, la prudencia y la mesura que se requiere, considerando a los expertos en esos temas.
En el caso de la religión, aunque no se viva la fe, se suele hablar de los conceptos religiosos muy por debajo de su comprensión, pretendiendo pronunciarse con dominio de la materia. No se percibe que el conocimiento de las cosas de Dios implica un estilo de vida.
El otro Tomás tuvo la visión y la sabiduría para mostrar y demostrar, en su obra teológica, la naturaleza de la fe. Y llegó a decir: “Para aquellos con fe, ninguna evidencia es necesaria; para aquellos sin fe, ninguna evidencia es suficiente”.

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