“Aunque Dios nos lo quite todo, nunca nos dejará sin Él…”

Pasan las fiestas pero quedan muchas reflexiones y compromisos. Aunque ya sabemos lo que celebramos, sin embargo la Palabra de Dios nos sensibiliza y nos deja siempre cosas nuevas. En este caso hemos vuelto a considerar que cuando la muerte toca a nuestra puerta deja mucho sufrimiento y confusión. Nos cuesta mucho recuperarnos de la muerte de un ser querido.

En la fe encontramos consuelo y esperanza, más que resignación, y esto es lo que nos permite recuperarnos y seguir luchando, sabiendo que la muerte no se sale con la suya ni tiene la última palabra en esta historia que será siempre una historia de eternidad.
Sin necesidad de jactarnos de ser fuertes y firmes en la fe, llega el momento en que tenemos que fortalecer a otros cuando la muerte toca a su puerta. Hemos tenido que acompañar a otras personas cuando enfrentan la muerte de uno de sus seres queridos. Regularmente nos preparamos, como se dice ordinariamente, para dar el pésame.
Ir a dar el pésame es ir a decirle a los dolientes que lloramos con ellos, sufrimos con ellos, nos solidarizamos con ellos. Les hacemos saber, a través de palabras y de gestos concretos, que no están solos y que nos conmueve su situación.

A diferencia de otros países, todavía entre nosotros hay mucha solidaridad para acompañar a los dolientes y en los pueblos incluso se nota una gran participación en los cortejos fúnebres.

Sin embargo, debemos tener bien presente que los cristianos no sólo damos el pésame. Desde luego que ya es importante ser solidarios y hacernos presentes en los momentos de dolor de otras personas. Pero nosotros no sólo damos el pésame. También dan el pésame los que no son cristianos e incluso los que no creen en Dios. Hay personas que sin vivir y estar insertados en una religión también se conmueven y solidarizan ante la muerte de una persona.

Los cristianos, además de dar el pésame, también llevamos esperanza, nos hacemos presentes para encender una luz en medio de la oscuridad que causa la muerte de un ser querido. Esto es lo específico de los cristianos frente al misterio de la muerte.
La cercanía, el afecto, la solidaridad y el acompañamiento espiritual son fundamentales para que los dolientes se ubiquen de una manera más esperanzadora frente al misterio de la muerte. No vamos a dar el pésame y nos regresamos gustosos a nuestras actividades ordinarias. Debemos esforzarnos por infundir esperanza y sobre todo mantenernos en profunda oración por los dolientes, para que en medio de las lágrimas alcancen a ver la mirada bondadosa del Señor.

También damos testimonio de cómo algunas veces un acontecimiento difícil como este se convierte en el punto de partida para iniciar un proceso de acercamiento a Dios.
El acento del pésame no está tanto en las palabras. De hecho casi siempre se dice lo mismo y hay ocasiones en que de plano las situaciones difíciles nos rebasan y no encontramos palabras adecuadas. Se trata, por tanto, de un gesto de solidaridad y de misericordia donde no sólo vamos nosotros sino que llevamos por delante la fe y la esperanza cristianas que nos permitan sentir la misericordia de Dios en momentos difíciles como estos.

Así que los cristianos no sólo vamos a decir fórmulas que nos hemos aprendido, sino que vamos a ofrecer calor humano frente a la experiencia del dolor y sobre todo vamos a dar testimonio de la vida nueva y definitiva que trae Jesucristo muerto y resucitado.
Como decía San Francisco de Sales: “Aunque Dios nos lo quite todo, nunca nos dejará sin Él, mientras no lo queramos. Pero hay más; nuestras pérdidas y separaciones no son más que por breve plazo”.

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