La regla de la Providencia es que hemos de triunfar a través del fracaso

La Providencia de Dios tiene sus caminos muchas veces misteriosos e impenetrables. Cuando todo parece perdido y ya no esperamos nada, la Providencia suscita caminos inéditos e insospechados que abren la mente y sobre todo el corazón, al reconocer que nuestra vida está en las manos de Dios.

En estos tiempos de crisis y descomposición social, cuánto anhelo que la Providencia muestre sus caminos para que la Iglesia siga realizando su misión con la urgencia que revisten estos tiempos marcados por el odio, la violencia, el sufrimiento y el desamor.
Humanamente hablando se cierran los caminos y se experimentan muchas limitaciones, como si ya no hubiera nada que hacer ante el poderío del mal. Pero en una situación extrema como ésta contemplamos sorprendidos los caminos que está abriendo la Providencia, que nos confirman al mismo tiempo que no somos nosotros sino Dios quien guía a su Iglesia.

El gozo, la gratitud y la esperanza que siento estos días con ocasión de la canonización del Cardenal inglés John Henry Newman, me llevan a vislumbrar precisamente los horizontes que abre la Providencia. Cuándo iba yo a suponer que un hombre que llegó del protestantismo, concretamente de la Iglesia anglicana, nos llevaría a amar más a nuestra Iglesia católica y a valorarla por conservar íntegro el depósito de la fe.

En efecto, un hombre que llegó del protestantismo nos provoca a amar más a la Iglesia y a confiar incondicionalmente en la Providencia que se manifiesta cuando perdemos la esperanza.
El Cardenal Newman lo tenía bien claro. No sólo lo entendía sino que lo sufría personalmente cuando animaba a los fieles a confiar en la Providencia de Dios que siempre guía a su Iglesia y jamás la desampara, aunque a veces parezca que la barca de Pedro está a punto de hundirse.

El Edicto de Milán que decretó el fin de las persecuciones a los cristianos, a principios del siglo IV, abría un tiempo de paz para la Iglesia perseguida ferozmente durante los tres primeros siglos de nuestra historia.
Pero la Iglesia no ha conocido la paz prácticamente durante toda la historia ya que ha estado constantemente sometida a una serie de ataques, a veces de manera más global, otras veces de manera más local pero siempre enfrentando diversas batallas donde busca sobreponerse, también purificarse, dejarse guiar por el Espíritu y comprometerse en el anuncio del evangelio.

A nuestra generación le está tocando enfrentar otra batalla que no será la última, como lo tenía bien claro el Cardenal Newman:
“Siempre parece que la religión está a punto de perecer, que los cismas triunfan, que la luz de la Verdad se apaga y que sus defensores huyen derrotados. La causa de Cristo siempre está en su última agonía, como si solo fuera cuestión de tiempo que sea definitivamente derrotada uno de estos días. Los santos siempre están desapareciendo de la tierra y Cristo siempre está llegando. De este modo, el Día del Juicio está literalmente a las puertas y es nuestro deber estar esperándolo siempre, sin desanimarnos por haber dicho tantas veces “ahora es el momento”, antes de que, en el último momento, contra lo que esperábamos, la Verdad vuelva a levantar la cabeza”.

A pesar de que los indicadores y previsiones humanas vaticinen el fin de la Iglesia, como ha sucedido en varios momentos de la historia, la Iglesia siempre resurge porque está animada por el Espíritu Santo. Así, lo confirma, por ejemplo, el caso de la detención y deportación del papa Pío VI.

Los franceses arrestaron al anciano y casi paralizado Pío VI, de 81 años, y se lo llevaron a Francia. El Papa murió por el camino en Valence-sur-Rhône perdonando a sus enemigos. El prefecto de la ciudad escribió en el registro de defunciones: «Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice». Muchos periódicos titularon: «Pío VI y último». No podían imaginar que vendrían otros 6 “Píos” y muchos más Papas.
Estas recuperaciones extrañas y providenciales llevaron a Chesterton a afirmar: “El cristianismo ha sido declarado muerto infinidad de veces. Pero al final siempre ha resucitado porque está fundado sobre la fe en un Dios que conoce bien el camino para salir del sepulcro”.

Este eminente converso y escritor, también inglés como Newman, profundizaba al respecto: «Al menos cinco veces, con los arrianos, los albigenses, el escepticismo humanista, Voltaire y Darwin, la Fe fue aparentemente arrojada a los perros. Pero en todos estos casos fueron los perros los que perecieron. Y cuando la fe cristiana pareció acabarse, volvió otra vez a empezar. La historia la enterró en el pasado, pero ella apareció repentinamente en el futuro».

Reconociendo, por lo tanto que no es la primera ni la última vez que la Iglesia pasa por un tiempo de crisis, de prueba y persecución, considero que la canonización del Cardenal Newman nos anima a confiar incondicionalmente en la Providencia de Dios y a esperar, como él sostenía, que la Verdad vuelva a levantar la cabeza.

“La Iglesia siempre parece estar muriendo… pero triunfa frente a todos los cálculos humanos… la suya es una historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas… y en fin, la regla de la Providencia de Dios es que hemos de triunfar a través del fracaso”.

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