“Bebiendo sueños”

Muchos años después frente al envase cristalino receptor del tintineo de las cucharas habría de recordar la vez que mi abuelo inyectó en mis venas la tradición.

“¿Café negro, señor…? Respondía furibundo: “No, señorita… café café”. Porque, en efecto, salvo en el caso de que sea torrificado y por ende impuro, el café no es ni debe ser negro, sino café.”

Renato Leduc

EL ORÁCULO DE DELFOS….

Muchos años después frente al envase cristalino receptor del tintineo de las cucharas habría de recordar la vez que mi abuelo inyectó en mis venas la tradición. Aún puedo verlo ya en su invierno a paso lento adentrarse en aquél “otro universo” que encontraba al llegar al Gran Café. Emilio siempre supo que una taza de buen café llama a la inspiración, la creatividad y le invita a uno a trabajar e idear lo que sea de una forma más animosa y fructífera, ¿o no? El café despierta, inspira y ayuda. Fue en mi etapa de pantalones cortos cuando conocí la historia de aquél tranviario que a las 7:00 am pasaba por el Café tocando la campana al hacer la parada esperando a que el propio dueño del lugar le llevara un lechero, el cual iría bebiendo a lo largo de su recorrido; al regreso de su ruta volvía a tocar la campana para devolver el vaso de cristal en el que le habían servido su bebida convirtiéndose en una escena cotidiana por mucho tiempo a la que los comensales tempraneros estaban ya acostumbrados pues formaba parte del ambiente del lugar. Como el paso del tiempo resulta inexorable aquella rutina encontró su final a la muerte del tranviario provocando el reconocimiento que al unísono dueño y comensales efectuaron chocando sus cucharas contra el vaso recordando su memoria y sin saberlo creando cultura popular. En servilletas el abuelo vaciaba en tinta lo que después tomaba forma de ritmo y métrica, y es que bebiendo sueños regalaba sonrisas, provocaba suspiros y albergaba recuerdos. Ahora ese Gran café al que tantas veces le prestó esencia le retribuye con un sentido homenaje un espacio en sus muros colocando su prosa lírica dedicada al recinto. Estoy cierto que esta es no solo mi historia sino la de muchas generaciones que han encontrado en una taza de café el motivo de convivencia e intercambio de experiencias que le van dando sentido a nuestros días y es que solo basta recordar que la vida es aquello que sucede después de un buen sorbo de café.

En agradecimiento a la Familia Fernández Ceballos por colocar en su espacio la Poesía “El Gran Café de la Parroquia” de la autoría de Emilio Ruz Ávila

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.