Las terribles Danaides, princesas asesinas de los mitos griegos

La mitología griega nunca termina de ser interesante, ya que en ella podemos encontrar una gran variedad de mitos e historias que van desde lo inimaginable, hasta aquello que nos llegamos a cuestionar si en realidad sucedió. Cabe decir que los antiguos griegos no tenían ningún reparo en pintar a las mujeres de su mitología como asesinas. De entre ellas, las más letales fueron sin duda las Danaides, cincuenta princesas cuyos crímenes las condenaron a castigos dignos de Sísifo en el Inframundo.

Pero, ¿hasta qué punto eran tan malvadas como para que el poeta Horacio se refiriese a estas traviesas muchachas como “la infame semilla de Dánao”?

La historia da comienzo, como en la mayor parte de los mitos griegos, con una genealogía. Dánao y su hermano gemelo Egipto formaban parte de una de las más ilustres familias de la mitología griega, según el Pseudo-Apolodoro. De este linaje nacieron Perseo, Heracles y Argos, el guardián de muchos ojos.

Sin embargo, todo empezó cuando el Dios del río, Ínaco tuvo una hija, Ío, sacerdotisa de Hera en Argos; Zeus se enamoró perdidamente de ella, la raptó y la convirtió en vaca para protegerla de la que había sido su divina señora, Hera. Por supuesto, Ío se quedó embarazada, y tras ser perseguida por un tábano enviado por Hera, dio a luz en Egipto a un niño al que puso de nombre Épafo.

Finalmente, Épafo llegó a ser rey de Egipto. Tuvo una hija, Libia, que dio su nombre a una nación. De Poseidón, Libia tuvo dos gemelos, Agenor y Belo. Tiempo después, Agenor partió a Fenicia y reinó allá, convirtiéndose así en el ancestro del gran linaje del que formarían parte Europa (madre del rey Minos) y Cadmo (fundador de Tebas y antepasado de Edipo). Belo, sin embargo, se quedó por Egipto y tuvo dos hijos gemelos, Dánao, padre de las Danaides, y Egipto, cuyo nombre otorgarían posteriormente Homero y compañía al antiguo reino de los faraones.

Las hijas de Dánao

Siendo adultos, Dánao y Egipto se enzarzaron en una lucha terrible en donde discutían por cuestiones relacionadas a su reino. Dánao temía a los hijos de Egipto, de modo que Dánao reunió a sus hijas y huyó con ellas a Grecia, refugiándose en su ciudad ancestral de Argos.

Sin embargo, los cincuenta hijos de Egipto le siguieron, suplicando a su tío que les perdonase y que les concediera las manos de sus hijas como sus futuras esposas. A Dánao no le gustaba la idea, sin embargo aquellos jóvenes también le ayudarían a defender su reino. De modo que accedió a casar sus cincuenta hijas con sus cincuenta sobrinos, aparentemente.

Así, Dánao asignó a cada uno de sus sobrinos una de sus hijas, y dio asimismo a cada una de ellas una daga para que asesinaran a sus sospechosos maridos en la noche de bodas. ¿Pero por qué habrían de hacer algo así?

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El crimen de las Danaides

En la tragedia de Esquilo ‘’Las Suplicantes’’, en la cual el Coro está compuesto por Danaides, consideradas bárbaras egipcias, las mujeres justifican su violencia afirmando que deseaban evitar un pecaminoso matrimonio con los hijos de Egipto. Las Danaides exclaman en la obra que estaban aterrorizadas por estos hombres, señalando que sus primos eran orgullosos, lascivos y en general no muy dignos de confianza.

Los Egiptidas no eran virtuosos griegos, afirman las Danaides, sino hombres violentos, impíos y codiciosos. En la obra, el Coro juzga estos matrimonios entre primos y primas como pecaminosos y aunque Dánao consigue persuadir a sus hijas para que se casen con la intención de forjar una alianza con sus sobrinos, al fin y al cabo habían salido en persecución tanto de él como de sus hijas, y lo último que quería Dánao era una guerra.  “Lo que siguió es de todos conocido: el crimen que cometieron las hijas de Dánao al asesinar a sus primos,” recuerda el antiguo escritor y viajero Pausanias. De hecho en este crimen todas las Danaides menos una, asesinaron a sus maridos antes de consumar su matrimonio.

Tras dar muerte a sus maridos, cuarenta y nueve de las Danaides enterraron las cabezas de sus esposos y rindieron honras fúnebres a sus cuerpos ante la ciudad. Por suerte para las Danaides, Hermes y Atenea, siguiendo las instrucciones de su padre Zeus, las purificaron. Pero tras la muerte, las cuarenta y nueve asesinas se vieron obligadas a afrontar un destino especialmente cruel en el Inframundo.

Las Danaides se vieron obligadas después de la muerte a realizar una tarea en vano durante el resto de la eternidad, en un castigo similar al de Sísifo, que debía empujar una roca hasta la cima de un monte una y otra vez. Las Danaides fueron castigadas con la tarea de sacar agua de un pozo (o, según la versión del relato, vino de unas cráteras), pero las jarras que utilizaban tenían agujeros por los que el líquido se escurría, con lo que no les quedaba más remedio que volver a empezar. Eternamente.

Hipermnestra y Linceo

Así pues, ¿quién fue la hija de Dánao que evitó este funesto destino y salvó a su marido? Su nombre era Hipermnestra, y le perdonó la vida a su esposo Linceo porque había respetado su decisión de permanecer virgen por un tiempo. Furioso por su desobediencia, Dánao la encerró, aunque finalmente le permitió volver con su marido. Posteriormente encontró nuevos esposos al resto de sus hijas ofreciendo su mano en matrimonio a los vencedores en competiciones atléticas.

Hipermnestra y Linceo por su parte vivieron felices durante el resto de sus días. Su hijo Abas reinó en Argos, aunque también tuvo dos gemelos problemáticos: Acrisio y Proteo. Como ocurre a menudo con los gemelos de los mitos griegos, estos dos también lucharon el uno contra el otro. Acrisio, concretamente, dio origen a una dinastía de semidioses (fue abuelo de Perseo, quien a su vez sería antepasado de Heracles).

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