Crítica: MIDSOMMAR

⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

Mario E. Durán/Cinéfilos

Algo debemos dejar en claro: Esta película no puede considerársele de algún género en particular, tiene tintes de horror, pasa por situaciones psicológicas y emocionales intensas que se permite entrar en la desesperación de un buen thriller que camina hacia una cinta de arte. Aquí no vas a brincar, pero si te vas a estremecer, no sentirás miedo cortesía el suspenso, porque todo lo tienes frente a tus ojos; puede que para algunos resulte ser demasiado pausada, pero el llanto de la protagonista, que se apodera de nosotros, te desgarrará por completo y te hará salir de tu zona de confort para entrar rápidamente a esta historia de la que sentirás la necesidad total de prestar atención para ver qué ocurre y como se va dando la transformación (el mejor regalo que nos puede dar sin duda la historia).

Para aquellos que de alguna forma nos hemos sentido identificados con la situación emocional que vive Dani, resulta aún más atractiva su personalidad; es una chica que se minimiza, que no está de acuerdo con un par de situaciones, pero que con tal de llevar la fiesta en paz opta por dar su brazo a torcer ante una situación que la está consumimiento poco a poco, viniendo de la mano con la desesperación de lo ocurrido con su familia, y de la necesidad de sentirse protegida por alguien que no le da la importancia que ella merece; está consciente de sus errores, es algo que extrema para no consumirse tanto, pero existe un detonante que la hace vivir una metamorfosis, no tanto por voluntad propia, sino por la constante insistencia de pertenecer a un nuevo lugar, del que primeramente siente miedo, igual y hasta desesperación, pero del que no le quedará otra opción más que aprender a entender para no ser excluida nuevamente en algo dentro de su vida.

Hablo de “Midsommar: El terror no espera la noche”, una película que desde el principio nos maneja una atmosfera distinta, en el que su juego de cámaras nos atrapa por completo, en donde esas secuencias que giran 360° nos permiten apreciar la fotografía, la iluminación, los colores que en ella habitan y esos tonos que nos transmiten tranquilidad, algo que varios de los personajes necesitan en gran cantidad.

Dani (para mi gusto interpretada por una excelente Florence Pugh) y Christian (Jack Reynor) atraviesan una dura crisis de pareja que ha dejado realmente tocada su relación amorosa. Sin embargo, ambos deciden darse una oportunidad, y qué mejor para ello, que disfrutar de un retiro vacacional en una idílica isla sueca; de inicio existe el problema de falta de comunicación entre ellos, pero la decisión está tomada y ambos, junto con el resto de los amigos de él, se embarcan en un prometedor viaje a un festival de verano que se celebra una vez cada 90 años en una remota aldea de Suecia, esto bajo la invitación de uno de los amigos del grupo. Sin embargo, y a pesar de su paradisiaca apariencia, el lugar no es lo que parece. Pronto comenzarán a darse cuenta de que los anfitriones realizan perturbadores rituales paganos que pondrán a prueba la relación de cada uno de los huéspedes y su instinto de supervivencia.

El trabajo que dirige Ari Aster (aquel que el año pasado nos impactara con la perturbadora Hereditary), no cuenta con la misma cantidad de momentos de suspenso, como la mayoría pensaría, pero eso lo transforma en tan solo una escena que visualmente resulta perturbadora e impactante (un par de sacrificios), los cuales a todos nos toma por sorpresa después de una también intensa introducción de la que parte toda la historia de dolor y sufrimiento de su protagonista, una joven que al percibirse extraña y desesperada por varias situaciones, cree tomar todo bajo control al ser sumisa en varios aspectos de su vida; los personajes secundarios también son necesarios y bien amoldados a la historia, entre ellos Will Poulter y William Jackson Harper, entre otros (jóvenes enamorados, intensos y necesitados de experiencias sexuales) destacando también los habitantes de aquel espacio extraño, en el que no oscurece, quienes poseen personalidades marcadas en las que se distingue bien el rol que juega cada uno.

El vestuario y los bailes destacan, pero lo que sin duda nos cautiva por completo es ese efecto especial que se realiza en varias tomas al tiempo en que los jóvenes se encuentran consumiendo bebidas y sustancias extrañas, colapsando a todos de tal manera de sentirse desprotegidos dentro de aquel luchar al que supuestamente acudirían para descansar. Tenemos escenas de desnudos, no se sienten incomodas, pero impactan por el contexto que representan (una “bella historia pagana” de tradición).

Repito, no es una película como tal de terror, porque aquí el dolor se siente en un periodo de pérdida por el que todos los seres humanos pasamos queramos o no, en donde se suma el dolor sentimental dentro de un acto folclórico; los pocos baños de sangre que vemos sorprenden, pero el desamor y la desesperanza de la chica destaca por completo, un horror interno más que el visual, sintiéndonos en varios momentos parte de ese festival en el que comienzan a desaparecer los jóvenes por un fin en común.

Soledad y ruptura interna que dan inicio a la fuerza total de alguien que enfrenta; el rostro se muestra a determinado tiempo sin expresión, pero aprendiendo del dolor vivido, se toma la decisión y la sonrisa se vuelve a dibujar.

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