“Todo lo que manda el rey, que va contra lo que Dios manda, no tiene valor de ley…”

Estamos pasando por un momento muy delicado en nuestra sociedad. La situación que vivimos se hace cada vez más compleja y ni siquiera con las promesas que se hicieron en esta última etapa de nuestra vida democrática alcanzamos a ver cómo salir de este momento delicado que se va tornando cada vez más peligroso.

No nos han faltado teorías que de manera estructurada explican el estado actual que guarda el mundo y particularmente nuestro país, aunque inmersos en esta vorágine no siempre entendemos por qué tuvimos que llegar a esta situación, por qué tanto odio, violencia, muerte y destrucción.

Dos filósofos españoles del siglo pasado expresan de manera puntual este estado de perplejidad en el que nos encontramos, aunque lleguemos a entender parte de lo que estamos viviendo.

José Ortega y Gasset, en un contexto ciertamente muy diferente al que ahora vivimos, llegó a expresar: “No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa”.

Podríamos decir que en nuestro caso sí sabemos lo que nos pasa, aunque no alcanzamos a entender toda la problemática, las causas que originaron este desenlace y la manera de salir de esta turbulencia.

Por su parte, Ricardo Yepes Stork afirmaba que: “En nuestra época no hay lucidez, no sabemos bien qué nos pasa, pero sabemos que no vamos bien”. Eso también lo sabemos, eso sí nos queda claro y no se necesita demostrarlo: no vamos bien, para nada vamos bien.

Aunque los creyentes también nos vemos inmersos en esta perplejidad en la que no alcanzamos a tener una explicación completa sobre el estado de la situación actual, sin embargo tenemos a nuestro alcance la visión que nos da la Sagrada Escritura para explicar por qué estamos así, que nos ha pasado y cómo podemos salir de esta situación.
A partir de la Biblia podríamos decir que la situación del mundo y especialmente la problemática de nuestro país es la historia de un alejamiento de Dios que nos está llevando a la ruina. Nos creímos con la fuerza para gestionar nuestra vida, con la capacidad para vivir al margen de Dios, es más con el criterio para expulsar a Dios de nuestra sociedad y de nuestro interior y he aquí el lugar a dónde hemos llegado: al caos, la oscuridad, la violencia, la corrupción y el desamor.

De manera académica la explicación de la crisis en la que estamos es más sistemática y estructurada; desde la fe la explicación es más completa, franca y realista: nos hemos alejado de Dios; esa es la explicación de todas nuestras desgracias. Pensamos que al alejarnos de Dios nos íbamos a liberar y vaya paradoja porque estamos esclavizados.
A nivel social así hemos procedido manipulados por gobiernos que creen tener el poder de cambiar las leyes, pisoteando la naturaleza humana y los valores. Y a nivel personal caemos en esta misma trampa cuando pensamos que podemos alcanzar la felicidad fuera y lejos de nuestra propia casa y de nuestras propias raíces.

Y así comenzamos una historia de desvinculación, creyendo que todo lo podemos y que no necesitamos de los demás, hasta que la soledad y el sinsentido de la vida nos hacen ver que la felicidad está en lo que dejamos, en nuestras raíces.

Pensando que todo es obsoleto, viejo y anticuado nos desvinculamos de la familia, de los valores, de las tradiciones, de la Iglesia y hasta de Dios. Los gobiernos han pretendido ocupar el lugar de Dios creando leyes en contra de la naturaleza humana y promoviendo un estilo de vida que niega la vida espiritual, provocando la descomposición social y poniéndonos al borde del precipicio.

¿Cómo recuperar la paz? ¿De qué manera podemos superar esta espiral de violencia? No basta cambiar los hombres en el poder porque formamos parte de una misma generación que ha venido expulsando a Dios de la sociedad y que por consecuencia está provocando los mismos resultados. Se necesita cambiar el corazón, reconocer nuestra miseria moral y emprender el camino de retorno a Dios.

Desde luego que Dios sufre estas actitudes soberbias y temerarias de nuestra parte pero respeta nuestra libertad. No tengo ninguna duda, aun sosteniendo que es Todopoderoso y Omnisciente, que sufre y llora por este giro destructivo e inesperado que le damos a nuestra vida.

Estamos a tiempo para reorientar el rumbo de nuestra vida reconociendo que al alejarnos de Dios y expulsarlo de la sociedad quitamos peligrosamente las bases que garantizan la estabilidad, la paz y la fraternidad.

Es tiempo de volver a Dios y de exigirle a nuestros gobernantes que rectifiquen respetando la ley que está inscrita en nuestros corazones. Decía Lope de Vega de manera magistral: “Todo lo que manda el rey, que va contra lo que Dios manda, no tiene valor de ley ni es rey quien así se desmanda”.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.