La civilización moderna cría su propia barbarie

¡Cuántos sustos genera la delincuencia! Entre ¡Avemarías! y ¡Señor, socórrenos! se nos va la vida, ante tanta delincuencia, inseguridad y violencia. El cerco de inseguridad se reduce cada vez más.
Hace diez años vimos con toda claridad cómo en las ciudades de la frontera norte se concentraba la violencia y la veíamos muy lejana, como si nunca nos fuera a alcanzar. Nos indignaba y nos partía el alma cada uno de los casos e irrupciones que se reportaban como, por ejemplo, las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, Chih.
Pero con el paso del tiempo se fue extendiendo esta ola de delincuencia e inseguridad a todo el país. Cuánto se lamenta la forma como la violencia ha generado luto y sufrimiento en la vida de tantos pueblos alegres, amables y hospitalarios. Son pueblos que están perdiendo su idiosincrasia porque han sido lastimados en lo más profundo, en su propia alma.
No hay un rincón en Veracruz que se salve de este ambiente de inseguridad. Ni las grandes ciudades ni la capital del Estado, ni el mismísimo centro de la Atenas veracruzana se salva de esta ola delincuencial que nos indigna a todos.
Qué tristeza que en este ambiente de violencia y descomposición social los sustos también los generen los mismos gobernantes que en vez de reaccionar ante esta emergencia social, que no se puede aplazar, siguen su ofensiva y desprecio contra el pueblo imponiendo la agenda de género, con iniciativas a favor del aborto.
Sin respetar la sensibilidad y los valores del pueblo actúan a espaldas y contra el alma de este pueblo que les confirió el voto para promoverlo, defenderlo y generar una vida digna, rescatándolo de la desgracia en la que lo ha sumido la pobreza, la corrupción, la inseguridad y la violencia.
¡Cuántos sobresaltos hemos pasado! ¡Cuántas alarmas se han encendido! Y ahora, de donde menos se esperaría, también se prenden las alarmas a través de intentos e iniciativas que violentan el alma de este pueblo, actuando en contra de sus convicciones y principios éticos.
Tantos sustos y tantas alarmas sociales que requieren acciones inmediatas para resolver los problemas y las emergencias. No para encender otras alarmas que representan ya un peso insoportable para nuestro pueblo. No lo esperamos de nuestros legisladores y gobernantes, muchos menos en estos tiempos de desolación y descomposición social.
Y ahí está nuestro pueblo a través de tantas asociaciones y ciudadanos comprometidos exigiendo sensibilidad, conciencia, congruencia, respeto y compromiso a nuestros legisladores.
Los ciudadanos organizados, muchos de ellos cansados y alcanzados por la violencia, se levantan de sus desánimos para luchar pensando en los más débiles y en las futuras generaciones.
Tanta necesidad de defendernos ante tantos brotes de inseguridad. Pero parece que los frentes de defensa se abren cada vez más porque los ataques vienen de quienes menos nos esperamos, de nuestros legisladores que fueron vistos dignos de confianza.
Los pueblos se defendían regularmente de los invasores y de las fuerzas que desde fuera intentaban subyugarlos. ¡Hasta dónde han llegado las cosas! ya que el mismo pueblo tiene que defenderse muchas veces de sus propios representantes que en su momento buscaron el voto y el respaldo popular, pero que ahora sintiéndose en la modernidad enarbolan intereses extranjeros que están en contra de los valores que nos han constituido como nación.
Desde luego que se entiende, se valora y se impulsa el compromiso y la participación política pero no se entiende que en medio de tantas tragedias y emergencias sociales el pueblo tenga que organizarse para defenderse de sus propios gobernantes.
El pueblo tiene que manifestarse y salir a las calles porque su voz ha dejado de ser escuchada y dignamente representada por sus representantes en el Congreso y en las instituciones de gobierno.
Así hemos visto una vez más a nuestra gente salir a la calle en innumerables ciudades de México para pedir a nuestros gobernantes que respeten la vida y que paren su ofensiva contra la familia, especialmente en estos tiempos de crisis, violencia, inseguridad desbordada y corrupción.
Tenemos una tarea por delante para recuperar una vida auténticamente humana y luchar por nuestros valores, de acuerdo a la visión del Venerable Arzobispo Fulton Sheen: “La barbarie de la nueva época no será como la de los antiguos hunos; será técnica, científica, laicista y propagandística. No vendrá de fuera, sino de dentro, porque la barbarie no está fuera de nosotros; está bajo nosotros; la civilización moderna cría su propia barbarie”.

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