Al pie de la letra

Hago una pausa para descansar sentado en la banca en medio del parque, bajo la vista y capto apresurado al azulado cienpiés...

Foto: Agencias

Los pies como pilares me sostienen, avanzo con su impulso, algo me sorprende, me detengo y miro hacia el piso, los siento como de plomo, pero sigo y me quedo al pie del árbol majestuoso enclavado a unos pies del pórtico, sus raíces profundas y fuertes lo apoyan en su magnificencia, esto me da pie para pensar en el arraigo, en lo que me sostiene en todo terreno.
Al final de la calle resalta un pie de casa, imagino cómo será cuando sus muros le den forma y sostengan el techo, dentro se cobijará la familia con su cotidiano y sus ilusiones, presiento su felicidad. La mía no es completa, una breve punzada me impide caminar, es el pie de charcot que me aqueja desde tiempo atrás, lo que hace lento mi andar.
Hago una pausa para descansar sentado en la banca en medio del parque, bajo la vista y capto apresurado al azulado cienpiés, se desliza y remolinea, al parecer le urge llegar, a dónde no lo sé pero con esa rapidez lo logrará. Ahora abriré mi libro para penetrar en mil historias que en ocasiones me confunden, tengo que apoyarme en el pie de página para poder seguir. En sus hojas se encierran mundos lejanos, paisajes maravillosos recrean mi mente, mis ojos viajan 6000 pies para llegar al lago y contemplar los cisnes.
Esos cisnes como bailarinas vestidas de blanco encaje se deslizan en la brillante pista, espejo de luna llena, sus extremidades largas y redondas como pies de loto los hacen danzar con gracia y elegancia, sus estilizados cuellos rematados en largos picos dibujan su perfil, una imagen artística para ser captada por la cámara donde sólo faltaría mi verso como pie de foto.
Atardece, el airecillo travieso me despeina, es hora de regresar a casa, suspendo la lectura y guardo el libro bajo el brazo, inicio mi camino pero un leve cosquilleo me pica en la planta del pie, me quito el zapato para frotar la piel y me percato de otro problema, ahora también padezco de pie de atleta.
Al fin llego, saco la llave que abrirá la puerta, la introduzco y se rompe, estaba dañada, pido a mi vecina una herramienta para arreglar la cerradura, nada me sirve, sólo tiene un calibrador o pie de rey, no me ayuda para esta labor, así que me siento en el escalón al pie de la puerta para esperar que llegue mi mamá, ella lo soluciona todo, al verla emocionado me pongo de pie.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.