La Costumbre del Poder: Políticos amagan periodistas

Los periodistas somos clientes de los políticos; si dejamos de comportamos como esperan de nosotros, resulta que hacemos daño, somos nefastos. Imposible para ellos tolerar la honradez y honestidad de sus interlocutores

La mezquindad unifica el comportamiento de los políticos mexicanos en su relación con los periodistas, nunca con los propietarios de los medios. La distinción es precisa.

Los políticos de ayer y de hoy son más parecidos de lo que ellos consideran serlo. En su mayoría están cortados por la misma tijera. Tan mimetizados al actual presidente de México que, lector, resulta difícil creerlo.

Habré de referirme a mi experiencia personal para dejar constancia, pues de otra manera ¿cómo aceptar que El Innombrable y el señor presidente de la República son tan parecidos? Debe hacerse y decirse lo que ellos desean, o pierdes su favor. Carlos Salinas de Gortari se molestó cuando, por llegar tarde a una cena en la casa de gobierno de Veracruz -a la que fui llevado por José Carreño Carlón-, me negué a que Ricardo Rocha se moviera de su lugar -querían sentarme a la izquierda del señor-, lo que a mí me vendría de perlas, pues lo tendría de frente y podía verlo a los ojos. No les gusta. En ellos anida el secreto del poder.

Ya que tocamos el tema Veracruz, habríamos de preguntarnos por qué Carlos Salinas de Gortari nunca quiso apoyar la candidatura de Ignacio Morales Lechuga, y éste emigró del PRI para buscarla por su cuenta y riesgo. Usted decida, lector, con el siguiente ejemplo.

El ISSSTE padece de falta de medicamentos hace muchos años y por periodos. Al faltar el Ticagrelor, indispensable para evitar otro infarto, recordé que el notario Morales Lechuga era, en ese momento, miembro del Consejo del Instituto Nacional de Cardiología, por lo que decidí solicitarle la medicina. A los dos días me llamó su secretaria para que fuera a Río Sena por ella. Ya en el lugar, me explicó que el señor notario había preferido pagarla de su bolsillo, y lo considerara un obsequio.

Semanas después el notario me explicó las razones por las cuales participaba en el proyecto de convertir San Ángel, San Ángel Inn y Tlacopac en pueblo mágico. Escuché con atención, pero no me convenció y me opuse a esa propuesta, e hice públicas mis razones. Fue suficiente para perder la relación; quería un subordinado, no un amigo.

En cuanto advertí a José Antonio González Fernández lo que le ocurriría tras haber aceptado la presidencia del PRI, dejó de hablarme, en ese momento le desagradó la verdad. Años después coincidimos en la boda de la hija de Fernando Ortiz Arana, ahí buscó un aparte y me dijo que tenía razón, pero ya, nunca más, pudo restablecerse la relación.

Los periodistas somos clientes de los políticos; si no nos comportamos como esperan de nosotros, resulta que hacemos daño, somos nefastos. Imposible para ellos tolerar la honradez y honestidad de sus interlocutores.

Sólo cinco políticos congruentes he encontrado en mi vida profesional: Javier Wimer Zambrano, Fernando Gutiérrez Barrios, Javier Moctezuma Barragán, Fernando Ortiz Arana y Diego Valadés. Compartieron amistad e información, y nada a cambio esperaron, mucho menos exigieron. No todos son como el presidente de la República.

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