En la opinión de… María del Carmen Delfín!

Mi andar se vuelve cotidiano, mis pasos repasan añejos rumbos, el recuerdo toma la mano de la nostalgia y juntos me acompañan en vagabundos pensamientos que regresan...

Foto: Agencias

IMÁGENES DEL BARRIO

Mi andar se vuelve cotidiano, mis pasos repasan añejos rumbos, el recuerdo toma la mano de la nostalgia y juntos me acompañan en vagabundos pensamientos que regresan como susurro anidado en el pecho. Las piedras de las aceras brillan pulidas por andar constante, antes por zapatos suela de cuero y botines de afilados tacones, también por elegantes zapatillas que celosas guardaban a sus huéspedes envueltos en medias de seda, hoy sólo reciben el suave golpeteo de suelas de hule del zapato tenis, de sandalias con plataformas plásticas y pesadas botas combinadas con mallas y variadas faldas.
Aquellas calles y sus esquinas son mudos testigos del estilo de vida de antaño, las que aún permanecen intactas guardan la esencia de lo que albergaron hace muchos, muchos años. La ciudad cambió en un abrir y cerrar de ojos, o así lo percibo, pero la realidad me enfrenta con su modernidad, algunas cosas y antiguas costumbres ya quedaron en el archivo mental. Al hacer el recuento de las décadas pasadas me percato de la necesidad de compartir su anecdotario con las generaciones actuales, convidarles historia y nostalgia.
Hoy podemos comprar un par de medias o pantimedias, usarlas y desecharlas después de la primera puesta, su módico precio y la gran variedad de colores, tejidos y marcas nos permiten tener uno o muchos juegos fácilmente. En la Xalapa de los años 60 este accesorio era caro y la economía de muchas mujeres no permitía darse este lujo que hoy disfrutamos, si alguna media se dañaba y “se le iban los hilos” se llevaba a reparar, en el barrio de San José era conocido el salón de belleza donde, en un rincón, estaba la chica que zurcía las medias por cinco pesos cada una; lo hacía ensartando una aguja con el mismo hilo de nylon tomado de alguna de desecho, sobre un artefacto parecido a un gran dedal.
La necesidad de comunicación es parte esencial de nuestras vidas, lo hacemos por medio del teléfono celular principalmente, computadora, tableta y demás aparatos de la tecnología actual, años atrás esta acción se daba por medio de la oralidad y palabra escrita, con telegramas, recados (mensajes cortos) y cartas. En ocasiones especiales se enviaban tarjetas, de navidad, de cumpleaños y para participar un evento social o una defunción (esquelas). Además, algunos trabajos escolares y llenado de formatos oficiales debían hacerse con formalidad, con “máquina de escribir”, pero no toda la gente poseía una, entonces se recurría a los servicios del Escritorio Público, también en pequeños espacios adaptados con una mesa y una o dos sillas, una señorita se especializaba en transcribir los manuscritos o los deseos de su variada clientela; se cobraba por hoja y los solicitantes debían esperar, con mucha paciencia, su turno. Se localizaban en el centro de la ciudad, adaptados en zaguanes y principalmente dentro de los mercados.
A todos nos gusta disfrutar de alguna botana para que nos acompañe al ver en la pantalla algún espectáculo de cualquier tipo, especialmente cuando vamos al cine, entonces nos formamos en larga fila para comprar en las dulcerías todo un mundo de golosinas, refrescos y frituras. Hace algunos ayeres los antojos llegaban hasta tu butaca, un vendedor entraba con una charola de madera simulando una caja donde en pequeñas bolsas de papel de estraza se escondían las más deliciosas frituras: habas, garbanzas, cacahuates, papas, churritos de maíz.
Sitios que rememoro y que desaparecieron del paisaje en los barrios son los expendios de petróleo y las lecherías, al parecer los primeros ya no existen y las lecherías ya son escasas. En aquellos años proliferaban las estufas que funcionaban con petróleo en vez de gas metano, los calentadores para el agua del baño diario se activaban quemando leña, basura o madera de desecho donde este combustible era necesario. La leche bronca era parte de la dieta, antes de ser sustituidas por fórmulas lácteas envasadas, entonces cargabas tu olla hasta la lechería y comprabas tus litros, es esfuerzo se recompensaba cuando después de “hervida” recolectabas la gruesa y cremosa nata que se posaba como trofeo sobre tu pan. “Recordar es volver a vivir”.

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