La fe supone caminar con confianza aunque no se vea ni se sienta nada

Han sido cincuenta días de gran intensidad marcados por la alegría que provoca la Resurrección de Jesucristo. Cincuenta días en los que hemos reflexionado cómo la luz del resucitado se ha reflejado en la vida de las primeras comunidades cristianas, provocando el gozo, fortaleciendo tanto en la adversidad como en las persecuciones y aportando los criterios para la resolución de los conflictos.

La llegada del Espíritu Santo los impulsó a cumplir el mandato que Jesús les había dejado en el acontecimiento de su gloriosa Ascensión a los cielos. Quizá les tomó tiempo aceptar que ya no lo verían multiplicando el pan, curando a los enfermos, expulsando a los espíritus inmundos y confrontándose con los fariseos. Ya no escucharían sus palabras que llegaban hasta lo más profundo de su corazón, sus discursos que motivaban al encuentro con Dios.

Pero entendieron que habían recibido mucho y ahora les tocaba compartir lo que vieron, lo que escucharon y lo que presenciaron al tener la dicha de compartir con Jesús su vida y su misión.

Esta historia de salvación no sólo nos recuerda los momentos fundamentales de la actuación de Dios en medio de los hombres. De esta forma irrumpe el Señor en la vida de la humanidad, pero esta misma historia arroja luces sobre nuestra propia historia de salvación.
Hay tiempos en los que no vemos a Dios, en los que no podemos tocarlo. Volteamos a nuestro alrededor y no aparece por ningún lado. En la vida espiritual pasamos tiempos de crisis cuando no vemos la gloria de Dios como una vez la vimos, cuando no lo sentimos como una vez lo llegamos a experimentar. Llega el momento en que a nosotros nos toca llevar adelante la misión, seguir construyendo la Iglesia de Jesucristo reconociendo que lo hemos visto y escuchado, recordando que hemos sido amados y bendecidos.

En nuestra propia historia de salvación debemos ser fieles y sobreponernos a las dificultades que se van presentando para cumplir nuestra misión porque el Señor nunca nos dejará solos y porque reconocemos que lo hemos visto y escuchado, aunque pasemos momentos en los que no nos percatamos de su divina presencia.

Por eso, más que protestar o reclamarle al Señor cuando no lo sentimos en la vida debemos reconocer que esas experiencias nos ayudarán a crecer y madurar en la fe. Dios a veces nos suelta para que la fe y el amor nos afiancen en el compromiso y en la fidelidad.
Nuestras familias nos cuidan, nos acompañan y nos educan durante un tramo de nuestra vida porque algún día vamos a volar y no siempre estarán a nuestro lado las personas que nos inspiran, que levantan nuestra autoestima y nos dan seguridad. Llega el momento que tenemos que tomar nuestras propias decisiones y sobreponernos a las dificultades a partir de lo que ellos han hecho con nosotros, a partir de sus enseñanzas y las experiencias que hemos tenido a su lado.

Llega el momento en que apreciamos la disciplina y las exigencias con las que crecimos porque eso nos llega a dar fortaleza y perseverancia cuando nosotros tenemos que hacernos responsables de nuestra vida.

A nivel de nuestra fe no toda la vida vamos a sentir y a ver con claridad. La fe también supone caminar con confianza aunque no se vea nada, aunque no se sienta nada. Pero sabiendo que en nuestra propia historia de salvación hemos visto y escuchado, hemos sido transportados a una experiencia sublime del amor de Dios, lo que le da sentido a nuestras luchas y a los tiempos de fuerte confrontación.

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