Acudimos a la Iglesia, hacemos oración y buscamos la manera de darle un sentido de trascendencia a nuestra vida. Esto nos permite ver que permanece vivo en nuestro corazón el anhelo de Dios. Tenemos hambre de Dios y lo buscamos de distintas maneras en nuestra vida.

Podríamos decir que el anhelo de Dios es un anhelo santo porque viene del cielo. Anhelamos a Dios, sentimos gran necesidad de Él no porque seamos buenos sino porque Dios hace posible este anhelo. Dice el libro del Génesis que el Espíritu de Dios aleteaba sobre la faz de la tierra. Y donde se manifiesta el Espíritu de Dios surge la luz y brota la vida. El Espíritu pone orden en el caos y le da armonía a todo cuanto existe.

Eso también lo experimentamos de manera personal. El Espíritu de Dios aletea en nuestro interior para mantener vigente el anhelo de Dios. El Espíritu nos hace experimentar la luz interior, enfrenta el caos en nuestro corazón y hace brotar la vida de distintas maneras. Es el Espíritu que aletea en nuestro interior el que hace posible el anhelo de Dios.

Es como si dijéramos que Dios no nos deja en paz y se asoma en nuestra vida cada vez que recapacitamos, cada vez que anhelamos lo mejor, cada vez que aspiramos a la bondad, cada vez que emprendemos este viaje espiritual.

Por eso, hace falta agradecer a Dios porque Él hace posible que podamos anhelarlo. El Espíritu de Dios aletea en nuestro interior y nos despierta para reconocer que el anhelo de Dios está vivo. Sin embargo, satisfacer esta necesidad de Dios eso depende de cada uno de nosotros.

Algunos deciden reprimir el deseo de Dios desconociéndolo o relativizándolo. Prácticamente actuando en contra de su propia esencia reprimen esta necesidad básica para el ser humano que va más allá de la profesión de una religión específica. La forma como han enfrentado algunos momentos importantes de su vida o la influencia de algunas ideas antirreligiosas llevan a algunos hermanos a reprimir el deseo de Dios.

Otros satisfacen la necesidad de Dios pero tomando el camino de las supersticiones. Se muestran como personas religiosas pero hacen cosas, practican ritos solamente para presionar a la divinidad a que les resuelva sus problemas. Las supersticiones le faltan el respeto a Dios, porque lo rebajan al nivel de un ídolo, de un muñeco. Ese Dios majestuoso y trascendente queda reducido al tamaño de nuestras ambiciones.

Y otros emprenden el camino más difícil pero el más seguro para tener un conocimiento pleno de Dios: el camino de la fe. Es el camino del amor y la donación de la propia vida, el camino de la confianza incondicional en los designios de Dios. Un camino muchas veces incompresible pero que nos ofrece la posibilidad de mantenernos firmes en nuestros ideales a pesar de las persecuciones e incomprensiones, a pesar de que los demás no valoren lo que hacemos o no correspondan de la misma manera.

Es el camino que también recorrieron los santos que no vivieron al margen de dificultades, incomprensiones y persecuciones. Decía por eso la Madre Teresa de Calcuta tratando de perseverar y mantenerse fiel a pesar de tantas dificultades en su apostolado: «Aquí estoy, Señor, con alegría acepto todo hasta el final de la vida y sonreiré a tu rostro oculto siempre».

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