Francia cierra la ENA, “para revitalizar la economía”

Después de la II Guerra Mundial, Charles de Gaulle, nombrado presidente de Francia, creó la École Nationale d’Administration (ENA), para democratizar el acceso a la administración pública superior, pues cada ministerio tenía su propio proceso de contratación y estándares de selección. Fue diseñada para ampliar y estandarizar la capacitación brindada a los funcionarios públicos de mayor jerarquía, y para garantizar que posean un amplio conocimiento de las políticas y la gobernanza.

Desde entonces, la ENA forma a los altos funcionarios y se considera académicamente excepcional, por sus bajos índices de aceptación. Originalmente ubicada en París, se trasladó a Estrasburgo para enfatizar su carácter europeo. Produce de 80 a 90 graduados cada año.

El pasado 25 de abril, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, prometió que cerraría la ENA, luego de una protesta populista de que la escuela es responsable de crear una clase gobernante de élite totalmente fuera de contacto con la población. La medida marcaría una diferencia para la gente que se encuentra en la cima de la élite empresarial francesa, y para cualquiera que esté pensando en invertir en el mercado de valores del país.

La abolición de la élite de la ENA, como propone Macron, podría ser el detonante para revitalizar la moribunda cultura corporativa de Francia. Después de meses de protestas y un largo debate nacional, Macron presentó este mes una serie de tibias reformas, ajustes en los impuestos y las pensiones y algunos cambios menores en el sector público. Que los “enarques”, como se les conoce, ya no dominen las instituciones del país, aunque el propio Macron se graduó en ENA, y cuatro de los ocho presidentes de la Quinta República, así como su primer ministro Edouard Philippe, con otros ocho primeros ministros en el mismo período, y su ministro de

Finanzas Bruno La Marie, y la mayoría de los altos funcionarios.
Espera que su cierre marque una diferencia importante en la política y el Gobierno franceses, pues de las 100 primeras empresas francesas, el 40 por ciento de los directores se han graduado en esa escuela, y se les acusa de una cultura empresarial estrecha y cerrada, muy conservadora y demasiado resistente a las nuevas ideas. Pero cabría otra solución: Aprovechar la exitosa infraestructura académica y cambiar el rumbo, por medio de nuevos programas de estudio, como lo han hecho otras instituciones centenarias, como Harvard, Yale, Oxford, o la francesísima Sorbona.

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