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Cuando no había internet y todo era libros y más libros

Recuerdo que cuando chamacón copié un latinazgo del Larousse Ilustrado

Publicado Hace 5 días el 11 de Abril de 2019

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Recuerdo que cuando chamacón copié un latinazgo del Larousse Ilustrado, para ser exacto, de las páginas rosadas. Ahí, tal compendio de sabiduría y “Tumba-burros” traía una serie de frases célebres que las incluía en varias lenguas, entre ellos el griego antiguo y el latín clásico. Me acuerdo mucho de una, decía: “Gaudemos igitur, juvenes dum sumus”. Según esto, era parte de la letra de una canción medieval que acostumbran cantar en sus festejos los egresados de determinadas universidades europeas. El significado de tal frase es: “¡Divirtámonos ahora que somos jóvenes!”. Obvio, esto corresponde a una juventud cronológica y no a la del estado de ánimo a la que en ocasiones, para efectos de consuelo aludimos los que estamos más para allá que para acá.

DE TODAS LAS EDADES, LA DE LA JUVENTUD ES LA MÁS BONITA (de ello hablan, no nada más yo, sino las grandes obras maestras escritas a todo lo largo de la Historia Universal).
Pues la juventud, hasta el gran escritor francés, Víctor Hugo, lo explica no solo en su inmortal novela “Los Miserables” al describir a la mamá de Cosette, habla de lo bella que era de joven al estar ella reunida con otras tres amigas con las que se iba de día de campo, según esto, narra Víctor Hugo que al ver un vecino a tal cuarteto de bellezas, piensa: “Verdaderamente no son Tres Gracias, ¡sino cuatro!”. Ella termina perdiendo toda lozanía concluyendo sus días en la más absoluta decadencia física y extrema pobreza. Víctor Hugo, en su mismo poema “Te deseo”, dice en una parte: “Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa, y que ya maduro, no insista en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero. Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que fluyan entre nosotros”.

HE AQUÍ LO QUE DICE UNA DE LAS GRANDES GLORIAS DE LA LENGUA HISPANA
Otro gran escritor, gloria de la lengua hispana, Gabriel García Márquez (Gabo, para los cuates), que, con la gran fama que gozó y disfrutó, si algo le debió sobrar es compañía, dejó para la posteridad una frase lapidaria al escribir que: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. O sea, cuando envejecemos, irremediablemente un síntoma de ello es la soledad. Y creo, tal situación surge cuando casi sin percatarnos comienzan a partir gente de nuestra generación y captamos tal, cuando toca irse a algún amigo cercano. Y si llega uno a tener la suerte de sobrevivir a muchos contemporáneos, con toda seguridad, si no evita uno el desespero al que alude Víctor Hugo o se hace el pacto honesto al que refiere Gabo, irremisiblemente vendrá la melancolía (incluyendo amargura y dolor en el alma), al tocar a nuestra puerta Doña Soledad.

TODO ARRANCA CON LA FINALIZACIÓN DE LOS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS
Imperceptiblemente todo comienza cuando sale uno de la universidad e inicia la toma de derroteros distintos a los de los otros compañeros y salvo ocasionalmente se vuelve uno a encontrar con ellos, pero, con tal diáspora arranca el camino hacia la “ruquez”. Y se constata fehacientemente cuando comienzan a irse los amigos.

SOLO NOS TOMÓ DELANTERA
Apenas el martes se fue uno de ellos, muy cercano, con el cual incluso compartí los años de oro de la juventud estudiantil universitaria ¡Nadamenos que en Xalapa!, con quien compartí no solo el pan y la sal, sino unas guarapetas de lo mejor y, el martes se marchó, así nada más, se quedó dormido. O sea, fue hasta afortunado.
Pero en fin, la mazorca comienza a desgranarse por la sencilla razón de que nuestra generación, esa generación cuyos integrantes consideramos éramos inmortales, ha comenzado a diezmarse, por estar de plano en la línea de fuego.

EN CUANTO DE ALTA, ME AVIENTO UNOS TEQUILAZOS A SU SALUD
Pero ni llorar es bueno, apelo (y ahora parodio) de nuevo a García Márquez, cuando dice: “No lloremos porque acabó, sino sonriamos porque existió”. Por lo tanto, vaya este sencillo homenaje a mi gran amigo y compadre del alma, el arquitecto Alfonso Peña Betancourt. Quien solamente se nos ha adelantado. Un abrazo solidario a mis amigas de toda la vida, las Liverpool (“porque forman parte de mi vida” y porque son la familia que escogí tener), las Lorenzo Licona, en especial a Marthita (esposa de Alfonso) y a sus hijos, mis sobrinos (me dicen tío).

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