A quinientos años de la llegada del oro blanco a nuestro país

Retomo la frase “oro blanco”, acuñada por el escritor uruguayo, Eduardo Galeano, autor del libro Las venas abiertas de América Latina para referirme a la situación que guarda hoy uno de los productos del campo mexicano que desde hace cinco siglos y hasta el día de hoy ocupa un lugar preponderante en la economía agroindustrial de nuestro país: la caña de azúcar y su derivado: el azúcar en sus distintas modalidades: morena, blanca, refinada, mascabada, y otras.

Galeano afirma que durante tres siglos a partir del descubrimiento de América no hubo, para el comercio de Europa, producto agrícola más importante que el “oro blanco” cultivado y procesado en los cañaverales de los litorales húmedos de las islas del Caribe, la costa veracruzana y el nordeste brasileño. El ciclo del azúcar impulsó decisivamente el desarrollo industrial de Holanda, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

Se tiene constancia histórica de que las primeras plantas de caña de azúcar fueron traídas a América por Cristóbal Colón en su tercer viaje, en 1498, y su primer destino fue la isla La Española, de donde se fue extendiendo su explotación por las islas antillanas. A la entonces Nueva España llegaron con Hernán Cortés, afirma el historiador Horacio Crespo, quien introdujo la caña de azúcar a tierra continental aprovechando los logros obtenidos por su explotación en las Antillas. Fue él quien fundó el primer trapiche nacional al que puso por nombre “Tuxtla”, en Totogatl, poblado original de Santiago Tuxtla, en el actual estado de Veracruz.

A partir de entonces, la industria de azúcar se desarrolló de manera ininterrumpida en diferentes regiones, en ello influyó el sistema de haciendas durante el Porfiriato y posteriormente la construcción de ingenios azucareros, convirtiéndose en una de las actividades de mayor tradición y trascendencia en el desarrollo económico del país. Actualmente, su actividad incide en el desarrollo regional de 22 estados de la República Mexicana y más de tres millones de mexicanos dependen de ella, directa o indirectamente.

Durante las primeras siete décadas del siglo XX la agroindustria azucarera mexicana prácticamente dedicó su producción al consumo interno: los hogares mexicanos y las industrias de jugos y néctares, refresquera, panificadora, galletera, alcoholera, dulcera y de alimentos procesados; supervisada y apoyada por el Gobierno, incluso formando parte de las industrias paraestatales nacionales. Una parte residual de la producción se exportaba a Estados Unidos.

Por otro lado, el azúcar no enfrentaba competencia alguna ya que no se habían incorporado al mercado de los edulcorantes los derivados del maíz y los de alta densidad que incursionan en la década de los años noventa del siglo pasado, resultando una competencia directa, especialmente en la industria refresquera, entonces gran consumidora de azúcar.

Posteriormente, las condiciones geoeconómicas del mundo marcaron nuevas reglas en los mercados globales, y la firma del Tratado de Libre de Comercio de América del Norte, en 1994, dieron un nuevo aliento a la explotación azucarera, los excedentes de producción podían ser enviados Estados Unidos a precios competitivos, al tiempo que el jarabe de maíz de alta fructuosa sería importado del país vecino para su consumo en ciertas industrias nacionales.

De este modo se mantuvo un equilibrio entre producción-consumo doméstico-exportación e importación de alta fructuosa durante algunos años hasta que se presentó una controversia por parte de la American Sugar Coalition en abril de 2014 ante el Departamento de Comercio estadounidense, en la que exigía una investigación antidumping contra las importaciones de azúcar mexicana. Su demanda se sustentaba en la presunción de que el mercado estadounidense del edulcorante se había visto afectado por las importaciones de nuestra azúcar, supuestamente subsidiadas, lo que generaba una competencia desleal. El resultado lo padecemos al día de hoy con los Acuerdos de Suspensión que limitan la cantidad y calidad del azúcar que podemos enviar al mercado estadounidense.

La agroindustria azucarera nacional está en crisis y lleva así ya casi un lustro. Se cumplieron ya 82 días con los ingenios bloqueados como medida de presión para que nuestras autoridades encuentren una solución a las importaciones desleales de jarabe de maíz de alta fructuosa proveniente de Estados Unidos, cuya cantidad asciende ya a 100 mil toneladas anuales, situación que de acuerdo al director general de Zafranet, Alberto Pachecho, ha frenado las exportaciones de los excedentes de producción nacional.

En el ciclo de la zafra octubre 2018-septiembre 2019 se esperaba exportar dos millones 600 mil toneladas de azúcar que, aunado a las 300 mil toneladas atrasadas de la zafra anterior, agrava la actual situación. A la fecha sólo han sido exportadas 836 mil toneladas hasta el pasado 24 de marzo, lo que representa 32 por ciento del total.

La paradoja de la producción del campo es que cuando se alcanza un rendimiento extraordinario se pueden tener efectos negativos en los precios de mercado por sobre oferta y disminuirlos generando menos ingresos para sus productores.

El problema de la agroindustria azucarera es estructural, producimos más caña, más oro blanco, pero no podemos colocar el producto en los mercados globales. Tenemos que encontrar soluciones, México no puede quedar rezagado ante el surgimiento en el mundo de la biotecnologías y las así llamadas fábricas de energía, dentro de las cuales la caña de azúcar juega un rol de altísima preponderancia.

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