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La Costumbre del Poder: Palabra y poder

Advierte, amonesta, sanciona, amenaza, denuncia, pero no castiga, porque es un poder cuya única munificencia posible es el perdón

Publicado Hace 12 días el 10 de Febrero de 2019

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Vivimos ya tiempos difíciles. No por la “nueva” realidad política, sino por lo que quieren que creamos que será nuestro futuro.

Nada que ver con adquirir joyas o coches, sí con la posibilidad de poner la cabeza sobre la almohada y dormir en paz, ante la certeza de que tenemos un gobierno que honra el mandato constitucional recibido.

Solo hay que escuchar el lenguaje elegido por el poder para dirigirse a los gobernados.

Unas palabras sustituyen a otras y, por ensalmo, los enemigos de ayer son sustituidos por los de hoy: los narcotraficantes dejaron su lugar a los huachicoleros, pero la sociedad continúa poniendo los muertos.

Es la narrativa, la inducción por la palabra. Dejó anotado Emilio Renzi:

“Entonces comprendí lo que ya sabía: lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño”.

Después entran en juego la confianza en quien manda, o la fe en la divinidad.

Imposible que haya lugar a interpretaciones equívocas, el mensaje es claro y directo.

En la celebración del rito católico siempre llega puntual el momento de la verdad, cuando el oficiante afirma: “Palabra de Dios”; es decir, hay que creer.

En política ocurre lo mismo. El dinero y el Estado de bienestar van a llegar.

¿En qué momento? ¿Quién lo sabe? La oferta desde el poder, la palabra de quien lo ejerce, está más allá del compromiso. Se va a cumplir porque él lo dice.

Es el proceso de estructuración de una narrativa política, del oficio de mandar, que equivale a una óptica precisa de la comprensión del mundo.

En este ámbito nadie mejor para su descripción que Cesare Pavese:

“He ignorado la palabra pensada. Mis palabras fueron sólo sensaciones. Mis retratos fueron cuadros, no dramas. Me he obsesionado con figuras y las he rumiado y contemplado tanto, que las reproduje en una transfiguración satisfecha. He simplificado el mundo a una trivial galería de gestos de fuerza o de placer. En estas páginas está el espectáculo de la vida, no la vida. Hay que recomenzarlo todo”.

Equivale a la apuesta por la purificación de una sociedad ciega y sorda, negada para escucharse a ella misma, para ver sus propios errores, porque lo que realmente desea es que no cese la presencia del Estado munificente, siempre dispuesto a quitarle un peso de encima.

La palabra que advierte, amonesta, sanciona, amenaza, denuncia, pero que no castiga, porque es un poder cuya única munificencia posible es el perdón.

www.gregorioortega.blog @OrtegaGregorio