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El pan nuestro de cada día

Le pregunté si había probado el pan que hacía mi madre y me dijo que sí...
Foto: Agencias

Publicado 20 febrero 2019 el 20 de Febrero de 2019

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El otro día, andando en una tienda departamental vi en uno de los pasillos a una amiga que tenía como mil años de no ver, su nombre: Estela. Vivía casi contra esquina de la casa de mis amigos los Lorenzo Licona, en Iturbide y el callejón 21 de Marzo. Iba con mi escudero y le dije: “Mira, esa señora que va ahí con esa joven, fue mi vecina y muy buena amiga, pero, dudo que se acuerde de mí, pero, no me voy a quedar con las ganas y la saludaré”. Y así fue, me le aproximé y cuando iba cercano a ella y le dirigí la palabra, la pobre, junto con su hija, ambas pusieron cara de susto. Pero, de inmediato le dije que yo había sido su vecino en Iturbide, le di mi nombre y como que le comenzó a caer el 20 y agregué: “Soy Wily”. Entonces, se le puso la cara radiante y nos abrazamos. Rápidamente le dijo a su hija sobre el tema y nos echamos una buena charla. Y le dijo a su hija: “Te acuerdas que te hablaba yo el otro día de una señora que siempre hacia pan en su casa porque eran muchos los hijos que tenían y sabía muy sabroso”. Clásico de mí, reí muy discretamente (hasta más risa me produce recordar mi carcajada), a lo que le pregunté si había probado el pan que hacía mi madre y me dijo que sí, que luego una de mis hermanas le regalaba alguna pieza.

A LA DISTANCIA, ME CONVENZO CADA VEZ MÁS QUE MI MADRE FUE ALGUIEN MUY SINGULAR
Y sí, creo nunca les había contado a ustedes que en aquellos años de los sesentas, mi madre luego nos cocinaba pan. Sí les conté que nos hacía pasteles en nuestros cumpleaños y nos hacía sentirnos las personas más importantes de la familia ese día (creo de ahí me viene el gusto por cumplir años, aunque cada vez esté más viernes). Pero, mi madre se volvió una buena repostera cuando vivió con mi padre en El Mante, Tamaulipas, cuando, se podía vivir en paz en esos lares (hoy Tamaulipas es uno de los estados con mayor índice de violencia). Y mi abuela paterna le enseño todo ese arte. Creo el pan que más nos gustaba era uno que hacía con piloncillo, se le denominaba “Chichimbré” (no me pregunten por qué, porque me reprueban). Nos hacía pan de “sal”, de “huevo”, esta era muy suave al tacto y al comerlo y como les digo, sus clásicos pasteles. Recuerdo las cenas con el pan hecho en casa por mi augusta madre, eran de fiesta. Y sí, convidábamos a los amigos y les gustaba mucho el pan.

INTENTÉ SACARLA AL BALCÓN, PERO, ELLA, COMO BUENA MUJER ¡SE VENGÓ!
Pero, esos tiempos ya se fueron para no volver. Pero, Estela yo, recordamos esos tiempos de maravilla que nos tocó vivir en la niñez y la adolescencia. Y ella fue hija única y siempre andaba en compañía con su mamá. Nos platicamos de las bajas en mi familia y, para no hacer esto tan tedioso a su hija, le dije: “Y nena, te felicito porque eres tan guapa como tu mamá y a la vez, aunque no me costa porque tu abuelita cuidaba mucho a tu mamá, creo ella fue novia de mi hermano Gerardo”. Estela entre risas lo negó y la joven quedó con cara de recibir una grata confidencia respecto a su mamá. Esto lo hice con la intención de dar por concluida la ya extensa salutación, y Estela se desquitó, porque ya de salida me dijo sonriente: “Oye, Wily, cómo me acuerdo lo flaquito que eras”. Ya solo me quedó reír yendo en retirada.

SÍ, CAERÍA MUY BIEN UN LIBRO SOBRE LA BARRIADA DE MI INFANCIA Y ADOLESCENCIA
En serio, que ahora hasta en guardia se pone uno cuando alguien no conocido se nos aproxima ¡Hasta en lugares públicos! Pero… ¡Qué padres tiempos nos tocaron vivir! Y como les digo, todo el barrio era una inmensa casa para todos los vecinos. Algún día que me sienta inspirado, trataré de escribir un libro sobre ese barrio tan singular en el que nos criamos. Lupita Lorenzo me daba la idea el otro día, pero, se necesita estar más tranquilo para recordar tantas y tan buenas cosas de ese sitio frente al mar.

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