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El dolor de ser indígena…

Sólo algunas voces intelectuales hacían mención de las condiciones en las que se encontraba este sector mayoritario de la población señalando los graves problemas de analfabetismo y las dolorosas condiciones de vida que sufrían en todo el territorio nacional
Foto: Agencias

Publicado Hace 29 días el 11 de Noviembre de 2018

por

Maricarmen Delfín Delgado

En el siglo XIX con la Guerra de Independencia los habitantes indígenas y sus territorios quedaron en una situación desfavorable pues perdieron todas sus garantías al suprimirse las Leyes de Indias que les otorgaban derechos, obligaciones y un estatuto legal a los pueblos que eran cultural y lingüísticamente distintos. Los conflictos entre liberales y conservadores por consolidar un Estado nación en México dieron lugar a nuevas prioridades donde la educación indígena quedó fuera. Tanto los liberales con sus Institutos de Ciencias y Artes, las escuelas primarias laicas y las escuelas normales lancasterianas, así como los conservadores con sus instituciones de corte religioso, difundían una serie de enseñanzas valiosas donde los indios no tenían cabida a pesar de que en aquel tiempo eran la mayor población del país, no había una política educativa enfocada específicamente a la población indígena.
Sólo algunas voces intelectuales hacían mención de las condiciones en las que se encontraba este sector mayoritario de la población señalando los graves problemas de analfabetismo y las dolorosas condiciones de vida que sufrían en todo el territorio nacional. Uno de ellos fue el escritor Francisco Pimentel quien describe la desgarradora situación de desigualdad económica y discriminación social, refiere también que la mayoría de la población indígena se encontraba como servidumbre en todas las haciendas del país y en condiciones infrahumanas sometidos por criollos y mestizos despiadados y crueles, su situación era tan triste al grado de que se alegraban al ver morir a alguno de ellos y lloraban al verlos nacer.
En esta época hubo otros teóricos que tenían sus propios puntos de vista como Emilio Rabasa sobre el indígena mexicano, a quien consideraba como persona “inepta para la escuela”, que a los habitantes de estos pueblos originarios “no se les podía enseñar lo que eran incapaces de aprender”. Este autor afirmaba que si al país se le consideraba ignorante, “era porque llevaba dentro de su mismo territorio un pueblo secularmente atrasado”.
Para Justo Sierra no había distinción en cuanto a la capacidad de las razas que formaban la población del país, defendía a los habitantes indígenas ante el Congreso de la Unión planteando que su disminución se debía a la ignorancia y ahí la necesidad de instrucción a esas familias, y que mientras al blanco y al mestizo se le brindaban todas las facilidades para su educación, al indio se le ponía una serie de obstáculos para llegar a la escuela quedando en situación inferior ante ellos. Fue el principal defensor de los pueblos originarios en cuanto a la educación, vio la necesidad de preparar a los niños indígenas para su perfeccionamiento pero reconocía la falta de maestros preparados, de escuelas rurales y la inasistencia escolar por parte de estos niños por tener que trabajar, por esto en 1907 se establecieron los horarios continuos en las escuelas rurales.
En la primera década del siglo XX, algunos ciudadanos escribían al presidente Porfirio Díaz denunciando la situación de abandono en la que se encontraba este segmento de la población, pidiendo la creación de escuelas de artesanos en vez de tanta escuela primaria donde el sostenimiento era caro y con poco resultado académico. Otros recomendaban una escuela indígena obligatoria donde permanecieran internados durante cinco años hasta que hablaran, leyeran y escribieran el idioma español.

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