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Buenos Días…

Esto es un relato real, de la noche del 30 de octubre de 1998 en las cercanías de Villahermosa, Tabasco:
Foto: Agencia

Publicado Hace 22 días el 25 de Noviembre de 2018

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La siguiente narrativa en lo absoluto es de mi autoría, se trata de un documento que al parecer alguien, con intención o no, olvidó sobre la mesa de un café al que acudí la semana pasada (la verdad, me lo envió una querida amiga vía whatsapp). Dicho esto, paso a la exposición:

SE RECOMIENDA DISCRECIÓN EN LA SIGUIENTE LECTURA
ADVERTENCIA: Esta es una historia de terror muy impactante, si eres muy sensible, te recomiendo no leerla:

Esto es un relato real, de la noche del 30 de octubre de 1998 en las cercanías de Villahermosa, Tabasco:

Un muchacho llamado Esteban, estaba parado a la orilla de la carretera del parque de Bosque de Solaya en medio de una oscura y tenebrosa noche. Estaba tratando de ver quien le echara un “aventón” o “raid”, a la vez que caía un torrencial aguacero. Pasó un tiempo, pero nadie se paraba a auxiliarlo. La lluvia era tan fuete que apenas si se alcanzaba a ver. De repente, vio como un coche negro se acercaba lentamente, el cual se detuvo justo a un costado de él. Esteban, sin pensarlo, se sube al automóvil y cierra la puerta. Al acomodarse en el asiento trasero, se da cuenta, con asombro que no hay nadie frente al volante. El vehículo arrancaba suave y pausadamente, Esteban mira hacia la carretera y ve con horror cómo el coche se dirige hacia una curva. Asustado comienza a rezar e implorar por su salvación al darse cuenta de su trágico destino.

Esteban no ha terminado de salir de su espantoso asombro cuando justo antes de llegar a la curva, entra una mano tenebrosa por la venta del chofer y mueve el volante lentamente pero con firmeza. Paralizado de terror y sin aliento, se aferra con todas sus fuerzas al asiento. Inmóvil e impotente, ve como sucedía lo mismo en cada curva del serpenteante y aterrador camino. Mientras, afuera, la tormenta aumentaba en fuerza e intensidad. Esteban, sacando fuerzas de donde ya no quedaba alguna en su extenuado cuerpo, sale del automóvil y se va corriendo hasta el lugar más cercano al que podo huir en busca de refugio y protección.

Deambulando todo empapado, se dirige a un bar que apenas, en aquella cerrada tormenta se percibía a lo lejos por unas titilantes luces. Entra al bar y pide un whisky. Y todavía sin poder controlar el temblor de su cuerpo, comienza a narrar a quienes están cercanos a él la espeluznante experiencia que recién acaba de vivir, logrando al cabo de breve tiempo captar la atención de todos los parroquianos del lugar, que para entonces, absortos lo escuchaban. Y se percibía el miedo que se iba apoderando de la improvisada audiencia.

Al cabo de una media hora, llegan al lugar dos tipos todos mojados, mejor dicho ¡Empapados hasta la médula y tiritando de frío! Escuchándose que uno le dice al otro con temblor al hablar: “¡¡¡Mira Bruno, donde está el hijo de su tiznada madre que se subió al coche cuando lo veníamos empujando!!!”.

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