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De la hospitalidad del mexicano a la hospitalidad de la fe

El hecho de que no vivamos auténticamente nuestra fe también explica la situación difícil que vive nuestro pueblo
Foto: Agencias

Publicado 29 octubre 2018 el 29 de Octubre de 2018

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De ser un pueblo sumamente hospitalario, el nuestro está pasando a ser un pueblo desconfiado, temeroso y reservado. El clima de inseguridad nos ha llevado a cerrar y asegurar nuestras puertas, cuando antes estaban abiertas y disponibles para los que necesitaban.

Pero no sólo el clima de inseguridad, también la cultura egoísta y materialista que forma nuestra mente nos está llevando a cerrar nuestro interior a los demás, a cerrar incluso el corazón a Dios. Algunos de plano no sólo cierran sino que clausuran su vida interior, desconfiando de esta parte fundamental de la vida, considerándola como una especie de amenaza a su libertad y autonomía.

Estamos, pues, perdiendo el valor de la espiritualidad que representaba fuertemente nuestra cultura y que también define una de las características de nuestra fe. Cerramos las puertas de la casa y cerramos nuestro propio interior.

El hecho de que no vivamos auténticamente nuestra fe también explica la situación difícil que vive nuestro pueblo.

ejamos de ser hospitalarios y de vivir valores que algún día nos caracterizaron como nación porque además de la inseguridad y de las situaciones políticas que enfrentamos también dejamos al margen algunos aspectos fundamentales de nuestra fe.

Hemos dicho que Dios llega a sacarnos de nuestro conformismo, de nuestra superficialidad. Viene a desinstalarnos frecuentemente para que anhelemos la conquista de otros mundos. Pero Dios que es maravilloso y sorprendente en su pedagogía también nos va mostrando otras facetas hermosas de la fe.

Hay ocasiones que Dios llega para descansar en nosotros, apela a nuestra hospitalidad, nos pide acogerlo como lo hizo con Abraham, en el encinar de Mambré, y con la familia de Betania. Se trata de detalles muy particulares e íntimos donde se ve a Dios descansar, comer, platicar, convivir, departir con los amigos.

La vida cristiana no es sólo hacer cosas buenas, llenarnos de actividades para mejorar en distintos aspectos de la vida. La vida cristiana también significa ser hospitalarios con un Dios que no se impone, que no entra por la fuerza, que no nos obliga y amenaza sino que humildemente nos pide posada.

La fe significa recibir a Dios, acogerlo y guardar su palabra en el corazón. La presencia de Dios, la visita de Dios nos enseña una nueva forma de vivir, una nueva forma de descansar, pues el contacto con Jesús, el encuentro con Él, nos libera de muchos cansancios y nos fortalece para seguir caminando en la vida.

Necesitamos experimentar que la fe no nos llena de cargas sino que nos sana, nos libera porque significa recibir a Jesús que no llega con exigencias sino para estar con nosotros, para escucharnos y fortalecernos.

Es necesario aprender a detenernos, a “perder el tiempo” con Jesús, aunque el corazón sufra deseando la acción, las emociones fuertes, las experiencias sensacionales, las vivencias innovadoras. Dejar de hacer cosas a veces es muy bueno, porque el verdadero cristiano vive consagrado a Dios y no se dedica siempre a hacer cosas para Dios.

Una persona rezaba: «Gracias por descubrirme que la santidad no es amar de forma perfecta, sino sentirme amado cada día por ti. Ha sido un regalo descubrirlo, haré de ello examen para el resto de mi vida, y dormiré cada noche con ese convencimiento. Gracias por hacerme entender que aunque a mi alrededor no se abran los corazones, ni haya grandes conversiones ni milagros, te pueda servir igual en silencio, quizás por ello mi entrega sea más fecunda».

Lo que importa es que aprendamos a descansar en Dios, a estar con Él. Hacer cosas es importante, pero no es lo central. Si no guardamos silencio, si no escuchamos a Dios, si no tenemos vida interior, no tenemos nada que ofrecer al mundo.

Si no retomamos este aspecto fundamental de nuestra fe difícilmente nuestro pueblo recuperará una de las cualidades que más lo distinguían: ser hospitalarios con el prójimo y con Dios.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de El Dictamen.

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