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No se rindan, la educación pública es oportunidad de cambiar nuestro porvenir: Nadia López García

Con todas las características que podrían presagiar un futuro poco alentador: ser mujer, indígena, migrante y joven, ha construido una historia de éxito basada en el esfuerzo
Nadia López García, ganadora del Premio Nacional de la Juventud 2018.

Publicado 30 octubre 2018 el 30 de Octubre de 2018

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La educación pública permite a quienes no tienen la posibilidad de construir un futuro, lograrlo. Creo en la educación pública porque es una oportunidad de cambiar nuestro porvenir y el de nuestras familias, afirmó Nadia López García, ganadora del Premio Nacional de la Juventud 2018.

Para la poeta bilingüe, traductora y pedagoga, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, la UNAM representa riqueza y la posibilidad de acceder al conocimiento; por eso pidió a los jóvenes que acuden a sus aulas que valoren y aprovechen la condición de ser universitarios.

Con todas las características que podrían presagiar un futuro poco alentador: ser mujer, indígena, migrante y joven, Nadia ha construido su historia de éxito con base en el esfuerzo y el sufrimiento.

En conferencia de medios, la joven originaria de la Mixteca Alta de Oaxaca relató su experiencia en la Universidad Nacional. Estar en “nuestra casa” es un privilegio, porque tenemos una gran biblioteca y maestros preparados, entre otros muchos beneficios.

Nadia trabaja a diario para que historias como la de su madre –quien recibió castigos por hablar y pensar en lengua mixteca– no se repitan, para erradicar el racismo y la discriminación hacia los pueblos indígenas, para que ninguna persona sienta temor o vergüenza de decir “soy indígena”, para que las lenguas nativas y formas de ver el mundo nunca mueran. “A la Universidad de la nación pueden acudir desde los hijos de empresarios ricos, hasta alguien como yo, y el hijo del obrero o de un maestro”.

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Las letras, una tierra simbólica

Ella decidió estudiar pedagogía porque cursó la primaria en cinco escuelas diferentes. “Mis papás han sido migrantes y nos tocaba movernos de localidad en función del tiempo de los cultivos”. Luego de alcanzar los últimos años de ese nivel de estudios sin saber las operaciones matemáticas básicas, como las multiplicaciones, se percató de que la educación no está bien, y la que se imparte a los pueblos indígenas y a los niños jornaleros migrantes, es mucho peor.

Recordó que en las conferencias y coloquios de la Universidad escuchaba hablar de la gran literatura occidental, “pero nunca de la literatura en mixteco o zapoteco, y de ahí comencé a escribir en mi cuaderno y a publicar en blogs y revistas poemas que tenían que ver con la nostalgia por no estar en mi casa. Encontré en las letras esa tierra no física, pero sí simbólica, para no sentirme lejos”.

Porque vivimos un mundo en español, ahora no se hablan las lenguas indígenas. Históricamente, hablar una lengua indígena ha sido sinónimo de atraso, cuando en realidad es una riqueza. “Es como si tuvieras dos cabezas y dos corazones, y los dos piensan y van traduciendo al mismo tiempo”.

Por eso, considera que los niños deben aprender que en México tenemos 68 formas de escucharnos, todas tan valiosas como el idioma español, para que mañana sean adultos que no discriminen. “Ellos crearán una estructura de pensamiento en donde todas las lenguas son válidas, porque la discriminación es una práctica que se aprende”.

Al dirigirse a otros jóvenes, la originaria de la comunidad mixteca de Caballo Rucio –a 14 horas de camino de la Ciudad de México– les pidió “que no se rindan; las situaciones adversas que enfrentan pueden ser un impulso, una fuerza para lograr lo imposible”.

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