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‘Mictlán’: el inframundo de los mexicas

La muerte es parte de la cultura mexicana, conoce este increíble lugar.

Publicado 24 octubre 2018 el 24 de Octubre de 2018

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Por: Rosalía Uribe

Cada cultura tiene una visión distinta de la muerte. Mientras que en algunas la muerte es simplemente el final de la vida, para otras prevalece el alma después de ella. En algunas culturas esta reencarna en un nuevo cuerpo, por otro lado hay quienes piensan que una vez concluida su experiencia en el mundo terrenal pasa a descansar en el plano espiritual. Las culturas del México prehispánico también tenían sus propias ideas respecto a la muerte.

Para los mexicas el alma o tonalli de la persona alcanzaba el descanso luego de morir. A diferencia de la religión católica, el destino de las almas no se dividía en cielo e infierno ni dependía de las acciones de la persona, sino que era de acuerdo a las circunstancia en las que se dio la muerte del individuo. Aquellos que murieron por alguna causa relacionada con el agua llegaban a Tlalocan (el cielo de Tláloc), para los hombres que murieron en batalla y las mujeres que murieron en labor de parto les esperaba Tonatiuhichan o la casa del Sol, mientras que para los pequeños que morían antes de nacer estaba el Chichihualcuauhco. Pero el destino común para la mayoría de los ciudadanos no era ninguno de estos, sino el Mictlán.

El Mictlán era el lugar de descanso para todos aquellos que su muerte había sido por causas naturales. También era conocido como el noveno piso del inframundo, esto debido a que las almas debían pasar ocho niveles para llegar a él. Dichos niveles consistían en una serie de pruebas que las almas debían superar para llegar hasta su destino.

La travesía comenzaba en Itzcuintlán, que significa “lugar de los perros”. En este lugar las almas debían de cruzar un río Apanohuaia con ayuda de un perro xoloitzcuintle, el cual había sido enterrado junto a ellos al momento de muerte de la persona. Si la persona había tratado bien al animal en vida, entonces este le ayudaría a cruzar el río. En cambio, si había le había tratado mal el alma se quería en ese lugar para siempre, sin posibilidades de avanzar a las siguientes pruebas.

Luego de ello venía Tepectli Monamictlán. En este lugar se encontraban dos enormes cerros que chocaban entre si de forma continua. La persona debía buscar el momento indicado para cruzar a través de ellas evitando ser triturada en el proceso. Después debían cruzar el Iztepetl, una montaña con un sendero de obsidianas, que los muertos debían de cruzar mientras las piedras le desgarraban los pies en el proceso.

En el cuarto nivel se encontraba el Cehuelóyan o Itzehecayan, un sitio cubierto de nieve donde había aristas cortantes compuestas de ocho collados que amenazaban a las almas. Luego estaba el desierto Paniecatacoyan, donde no había gravedad y soplaban vientos muy fuertes que hacían honor al nombre de “lugar donde la persona vuela como bandera”. En este lugar las almas se encontraban a merced de los fuertes vientos y debían encontrar la manera de salir del sendero y continuar el viaje.

En los últimos niveles las cosas no eran más fáciles. Una vez cruzado el desierto de fuertes vientos venía TemiminalóyanTimiminaloayan, donde guerreros invisibles apuntaban con sus flechas a los muertos y estos debían hacer lo posible por evitarlas. En el séptimo nivel estaba el Teocoyohuehualoyan, donde había jaguares que habrían el pecho de la persona con sus garras para comerse su corazón. Para el octavo nivel las personas estarían en Itzmictlán Apochcalocán donde tendría que cruzar nueve ríos en medio de una neblina que les cegaría por el momento.

El trayecto por los nueve niveles tenía una duración de alrededor de cuatro días. Al haber concluido todas las pruebas, las almas eran liberadas de sus padecimientos y tenían acceso al Mictlán donde se presentaban ante los señores de la muerte, MictlantecutliMictecacihuatl, quienes eran los encargados de regir sobre el Mictlán y de administrar las almas. De acuerdo con algunos escritos, Mictecacihuatl da la bienvenida a las almas con la frase “Han terminado tus penas, vete, pues, a dormir tu sueño mortal”.

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Con información de Cultura Colectiva

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